La utilidad del Palacio de Hielo que sirvió como “joyero”

El 23 de marzo de 2020 la percepción de la vida de muchas personas cambió. El Palacio de Hielo, uno de los grandes emblemas del entretenimiento de Madrid, se convirtió en la morgue principal de la pandemia del coronavirus en España. Cadáveres abarrotando una pista de hielo que pocos meses antes estaba a rebosar de ilusiones de miles de niños, adolescentes, y también de adultos, todo sea dicho, que acudían allí para evadirse de sus preocupaciones, y para que el hielo de la pista de patinaje, sobre la que flotaban, se convirtiera en su antídoto frente a la rutina. El 23 de marzo se convirtió en otro tipo de antídoto, probablemente más necesario. Aunque eso lo debe juzgar cada uno.

Fue un antídoto contra la saturación hospitalaria, el bloqueo de las funerarias, y la preocupación de miles de familias que veían, si tenían la suerte de que les dijeran la verdad, que sus familiares no entraban en habitaciones de hospital porque las ocupaban cuerpos sin vida con los que ya no sabían ni que hacer.

El hielo de la pista, en sus menos cuatro grados bajo cero, pasó de contener la ilusión de quienes querían evadirse, a contener, nunca mejor dicho, las pruebas físicas del final de la vida.

El Palacio de Hielo funcionó como morgue durante veintinueve días. Casi un mes albergando las historias de 1.146  personas que ya no podrían contar la suya a causa de un virus que pilló a todos desprevenidos, y que obligó a la conversión de un centro de ocio, en un centro de defunción.

La historia de lo que ocurrió allí dentro puede ser contada por un número muy reducido de personas. Ni los propios dueños del local tuvieron acceso a las instalaciones desde que fue ocupada por los operarios de la UME. Los miembros de la Unidad Militar de Emergencia, los trabajadores de algunas funerarias, y cinco sacerdotes de iglesias cercanas, fueron los únicos que realmente saben de primera mano que sucedió en aquel lugar durante esos veintinueve días.

El sacerdote testigo

Vicente Esplugues, sacerdote de la parroquia de Nuestra Señora de las Américas, fue uno de esos “privilegiados” que tuvieron acceso al centro comercial en sus días más grises. Don Vicente, o páter como lo llamaban los operarios de la UME, es un sacerdote misionero que rompe con los cánones tradicionales con los concebimos a un sacerdote. Una camiseta de Harley-Davidson, unos vaqueros remangados bien decorados por una cadena de metal que colgaba de su bolsillo, una acumulación de pulseras de color negro que ocupaban gran parte de su muñeca, y tres anillos repartidos entre sus dedos, entre los que destacaba una voluminosa calavera. Este fue el conjunto elegido por el páter para contar cómo fueron para él esos días de servicio en la morgue.

Tal y como explica, la idea de asistir surge de la Diócesis de Madrid, que al enterarse de que se iba a poner en marcha la morgue “se ofreció a la Comunidad y al Ayuntamiento por si querían que la Iglesia católica tuviera un acto de presencia” como hacían ya antes de la pandemia en los cementerios y los tanatorios.

Por proximidad al Palacio de Hielo se seleccionaron las dos iglesias más cercanas, la de Don Vicente, que aportaba cuatro sacerdotes, y otra de la zona, que aportaba uno más. Un grupo de curas que se convirtió también en un grupo de Whatsapp “un poco paranoico”.

“Llevaros calzado diferente que luego no lo introduzcáis en casa”. “Nada más llegar ducharos”. “Echar la ropa a lavar inmediatamente”. Estos eran algunos mensajes que fueron llegando a ese chat durante los días que pudieron ir a ayudar al Palacio de Hielo.

La llegada a la morgue no era algo sencillo que digamos. Tenían que pasar tres controles, “primero pasábamos el filtro de la Policía Nacional, enseñábamos el salvoconducto, iba vestido de sacerdote con el clériman, el hisopo para echar agua bendita…, entonces pasábamos por el control de la Policía Nacional y nos acompañaban donde la UME, nos acreditábamos una vez más y entrabamos”.

Esto que el padre Vicente hizo en varias ocasiones no fue algo fácil la primera vez que tuvo la oportunidad de ir. “Yo cuando llegue la primera vez al Palacio de  Hielo me puse a llorar, porque era una experiencia de que algo que había seguido a través de los medios de comunicación: Wuhan, el murciélago, el pangolín. Algo que queda como muy lejano, de repente, fui viendo como si fuera un tsunami que se iba acercando cada vez más hasta que lo tenía delante de los ojos”.

Él empatizó mucho con los trabajadores de la UME, a los que apenas podía distinguir si eran hombres o mujeres por los EPI. “Ellos tenían turnos de doce horas a cuatro grados bajo cero. Doce horas con todo el estrés que eso significa. Yo creo que son experiencias impactantes que toda la vida recordaremos”.

La presencia de los sacerdotes fue un alivio para los operarios militares que fueron viendo como la cantidad de ataúdes pasaba de 17, a 24 al día siguiente, luego a 40, y ya en los últimos días todo estaba lleno. “Muchas gracias páter por venir, por ellos y por nosotros”. En varias de las ocasiones los operarios le acompañaron en la celebración de las exequias, de alrededor de quince minutos, que daba.

La humanización fue uno de los recursos que Don Vicente utilizó para poder sobrellevar aquella situación. “Yo pensaba cuando miraba los ataúdes que ahí había mucha historia de vida, mucha historia de amor. Nietos llorando a los mayores, o esposas llorando a su marido”.

“Me imaginaba que dentro de cada ataúd había una joya y lo que veía eran las cajitas de las joyas”

Gracias a una pequeña entrevista con un amigo suyo periodista, la historia del padre Vicente se hizo viral y atrajo la atención de los grandes medios de comunicación. El poder contar la historia le ayudó a sobrellevarla. “Sí que se ha ido formando un relato que me ayudaba a vivirlo. Yo sí que creo que cuando algo lo puedes poner en palabras y lo puedes expresar va cogiendo un orden y un lugar dentro de tu propia vida”.

La repercusión de su historia llegó, como todo, a ambos sectores de la sociedad el que agradece y el que critica. “Mucha gente me ha escrito diciendo jo pues me dio alegría saber que fuiste tú, porque ahí estaba mi padre”.  “Una tía mía estuvo allí saber que has rezado por ella me pacífica”. Y luego también apareció un sector crítico, que aunque sea menos numeroso también manifestó sus opiniones contrarias a que hubiera gente de la Iglesias. El padre Vicente explica que ellos no lo hicieron “como una marca de publicidad” si no que querían acompañar a las víctimas desde la fe. Independientemente de que fueran ateos, musulmanes, judíos o de una secta.

La última vez que se acercó a acompañar a los difuntos en la pista de hielo, se le acercó un miembro de la UME y le dijo “páter, no hace falta, ya no queda ninguno”. El padre Esplugues lo cuenta como uno de los grandes momentos de felicidad que ha vivido. En el cómputo global él se alegra de haber podido ayudar no le ha dejado “ninguna herida o depresión”. También puede ser porque como él dice por su labor de misionero “su cercanía con la muerte no es de ahora”. “He estado en Venezuela y he hecho exequias de chavales de diecinueve años que le ha pegado cuatro tiros la banda rival”.

Recobran el Palacio de Hielo

Una vez se fue la UME, el control del Palacio de Hielo lo tomaron, de nuevo, sus dueños. Maribel Bermúdez, es la hija del presidente de la empresa concesionaria del Palacio de Hielo, y también es adjunta a gerencia y la responsable del marketing del centro desde que se abrió en 2001.

La primera medida que tomaron fue contratar a una empresa externa de desinfección. “La UME se encargó de la logística, montaje y desmontaje. La desinfección corrió por nuestra cuenta”.

Como parece obvio fue una limpieza exhaustiva milímetro a milímetro de operarios, que según Bermúdez, “parecía que llevaban trajes de la NASA”. Esta desinfección se hizo dos veces, y después aplicaron todas las medidas obligadas por Sanidad, y algunas más que ellos quisieron hacer para “que la gente se sienta segura”. Ejemplos de estas medidas son los purificadores de aire que hay por todo el centro y el techo retráctil de la pista de hielo.

Como la encargada de comunicación del centro tiene el objetivo de recuperar los 7 millones de visitantes de media que tenían al año. En contra de lo que mucha gente puede pensar, el ceder las instalaciones es algo que ellos han querido hacer para poder ayudar. “Fue algo para contribuir y para ayudar”.

“Unos se pusieron a hacer mascarillas, otros a hacer mamparas, y nosotros pusimos la pista de hielo”

Maribel espera que la gente no olvide que fue una morgue, porque recordar eso significa recordar que ayudaron a “salvar vidas y descongestionar los hospitales, mientras las funerarias iban a marchas forzadas”.

Ellos se han dedicado a dar una comunicación “muy escueta”. Han ido contando lo que pasaba, fueron dando noticias sin justificar sus actos. Y son los vecinos de la zona los que deben decidir si les parece apropiado o no volver.

Pasear por el Palacio de Hielo a día de hoy, no difiere en tanto a hacerlo en 2019. Están las mascarillas, los aforos y algunas tiendas cerradas, especialmente las pequeñas “que se han arruinado”. Sin embargo, la gente sigue yendo a las tiendas que están abiertas, y también a la zona de restauración y ocio. “No digo que esto haya vuelto a la normalidad, pero están. Y si están es porque les compensa”.

Ahora como centro se enfrentan a algo nuevo que no les había pasado desde que abrieron. Tienen huecos libres que tiene que rellenar. Normalmente tenían listas de espera, y tenían que rechazar a algunas tiendas que no entraban o no encajaban con su idea. Ahora están dispuestos a tomar medidas extraordinarias, y ya están rebajando los alquileres a corto plazo con sus arrendatarios. “No podemos pretender tener los mismos alquileres que antes del covid, porque los ingresos no son los mismos”.

“O nos ayudamos entre todos, o todo se va a la mierda”

La normalidad en el centro se va alcanzando, y esperan haberla recuperado para las Navidades porque “ahí si que nos afectaría”. La pista de hielo está llena por las mañanas, los acuerdos con colegios y clubes siguen en marcha. Y pese a que entre semana los pasillos del centro comercial no estén llenos, cosa que tampoco era habitual antes de la pandemia, en fin de semana parece haberse recobrado la normalidad. La pista de hielo se llena de gente que quiere patinar como antes, los recreativos de jóvenes que quieren pasar un buen rato y probar las nuevas máquinas que se están poniendo, y los restaurantes que siguen, tienen gente, con sus limitaciones sanitarias y con las limitaciones que la crisis económica permite.

Impresiones de los vecinos

Entre los vecinos de la zona y los que deciden ir al Palacio de Hielo, hay disparidad de opiniones sobre su tranquilidad a la hora de estar allí.

A Diana Sánchez le ha cambiado su percepción del Palacio de Hielo. Antes le gustaba mucho ir, especialmente a patinar. Ahora no cree que a nadie “le guste ir a patinar sabiendo que ha habido un montón de cadáveres allí”.

A Juan Carlos Pérez y su mujer, ambos sanitarios, no les supuso un mayor problema enterarse de que el Palacio de Hielo se iba a convertir en una morgue. Admiten que el otro día, por ejemplo, al ir con sus niños han estado viendo la pista y les ha dado un poco “ de cosa pensarlo”, pero “una vez que se limpia todo, debe volver a la normalidad”.

A Ricardo, vecino de la zona, la noticia no le impactó pero le pareció triste que tuvieran que meter ahí a los cadáveres y no en un sitio más propicio para velarlos. A él le genera respeto la situación, pero “miedo no”.

Eso mismo le sucede a Natividad, que a su larga edad, y pese a haber visto pasar desde su decimo quinto piso “furgones y furgones”, no tiene miedo, porque ella es “una persona fuerte”.

Caso opuesto es el de Paula San José, otra vecina de la zona. Ella ha pasado en el Palacio de Hielo toda su infancia y adolescencia y le choca en gran medida saber que donde ha celebrado tantos cumpleaños, se convirtió, durante un periodo de tiempo, en un deposito de cadáveres.

Sabe que “en algún momento” volverá. “Me pilla bien de casa y tiene muchas cosas, pero siempre quedará en el recuerdo que ha sido una morgue, aunque intentemos no pensarlo”.

Alba vino la pasada semana por primera vez al Palacio de Hielo. Sabe lo que pasó y “lo he pensado cuando venía, pero no me ha afectado”.

Otros, como Julia Hervas, han tenido que volver “obligados”, pero al final han normalizado la situación. “Pensé que me iba a costar volver a ir, pero realmente luego como me vi obligada a ir porque llevaba el tabaco a los bares por obligación se me fue esa cosa, y al final es verdad que sigo yendo con la misma normalidad que iba antes”. Ella ve al Palacio de Hielo siempre lleno, y valora muy positivamente que lo dejaran utilizar como morgue. “Era la opción más rápida, y es un sitio que por condiciones es muy bueno para albergar cadáveres”. Lo mismo piensa Blanca Gil sobre la idoneidad de la pista de hielo para almacenar, de manera temporal, los ataúdes. “Al final es una pista de hielo, un lugar frio en el que se podían conservar bien los cadáveres, y pienso que fue una decisión acertada.

La normalidad del futuro

Prácticamente todos los entrevistados coinciden en lo mismo. Tarde o temprano esto volverá a la normalidad. Los más asustadizos volverán cuando acabe el covid. Los más críticos olvidaran o dejarán diluir el recuerdo de aquello que ha pasado. Y la gente que está yendo, seguirá yendo.

El Palacio de Hielo es un emblema del ocio en Madrid. Desde el 23 de marzo también es un recuerdo de los días más grises y un ejemplo más de la solidaridad de los españoles en pandemia.

Las reformas que están preparando y los nuevos negocios que ya se están buscando le darán un nuevo aspecto al Palacio de Hielo. Un nuevo aspecto que ayude a atraer gente nueva. Sin embargo, es un nuevo aspecto que no pierda la esencia de lo que fue.

Lo que el sacerdote Vicente Esplugues, junto a decenas de operarios de la UME vivieron ahí, les acompañará el resto de sus vidas, y puede que a mucha honra. El gesto del padre de Maribel Bermúdez y de su familia cediendo su negocio cuando más falta hacía, también será contado a sus predecesores.

El coronavirus encontró en el Palacio de Hielo un muro de contención, y los vecinos y visitantes parece que saben valorarlo, o al menos, sabrán en un futuro, que los dueños del centro y de los locales esperan que no sea muy lejano.