“El confinamiento nos enfrenta a nuestros propios demonios”

¿Por qué hay tanto prejuicio en ir a un psicólogo? ¿Nos da vergüenza que nuestros amigos y gente cercana sepa que vamos a un loquero? ¿Merece la pena aguantarse las emociones y no hablar las cosas antes que estar estigmatizados con pagar a alguien para que nos “arregle” la mente?

Son las preguntas que deberíamos hacernos todos al menos una vez en la vida porque, si no, nunca vamos a tomar en serio esta profesión. Igual que vamos al pediatra con cinco años, o al médico de cabecera con 50, ir a un psicólogo es para cualquier edad y tiene la finalidad de mantener una buena salud mental. “Recuerda que no estás solo”.

En plena covid-19 las consultas de psicólogos se han disparado. Los traumas se han potenciado debido al confinamiento: muchas personas se agobian o tienen crisis de ansiedad; las parejas con problemas se ven obligadas a estar juntas durante todas las horas de la semana; la soledad acusa a quienes no tienen compañía habitualmente.

La COVID-19 como crisis humanitaria

Maribel García lleva trabajando como psicóloga autónoma durante más de 15 años. Antes del confinamiento atendía a sus pacientes en su consulta. Pero a partir de marzo tuvo que multiplicar las sesiones online.

“Bueno, cada vez hay menos prejuicio. Las personas van aceptando más que somos unos profesionales en el ámbito de la salud y que ayudamos a la gente a gestionar sus emociones”, comenta Maribel García en su consulta. “Las personas de alrededor de mis pacientes ven su mejoría, el cómo evolucionan, y eso nos da un reconocimiento social, eliminando los tabúes y dándonos esa pizca de orgullo que quiere todo profesional en su ámbito, además de que nos recomiendan en sus círculos, y la cadena de contactos se va haciendo cada vez más larga”, reconoce feliz.

“En el atentado del 11-M nos tocó improvisar”

“El confinamiento, junto a la crisis de la covid, ha puesto de manifiesto que nos ha enfrentado a nuestros propios demonios: al estar encerrados en casa, nos hemos encontrado con nuestras miserias, sin posibilidad de evadirnos de ninguna manera, ya que las relaciones sociales, el ocio o el deporte al inicio estuvieron vetados; menos mal que fue de lo primero que se liberó”, explica.

“Hay una relación directa entre el auge de nuestros servicios profesionales y las crisis humanitarias, las catástrofes, como el terrorismo o esta crisis sanitaria, sin ir más lejos. Ya no es atender a los civiles, sino a los propios profesionales, como médicos o bomberos. Fue a raíz del 11-M cuando se creó una formación específica para atender en este tipo de emergencias, porque en aquel atentado fuimos como voluntarios, y nos tocó improvisar dentro de aquel caos -recuerda Maribel-. Ese hito hizo ver al Colegio de Psicólogos de Madrid que teníamos una laguna, y no el Ministerio de Sanidad, aunque ahora sí han tomado cartas en el asunto”.

Pero en marzo, con el confinamiento, las consultas presenciales se frenaron en seco. Plataformas como Skype, Zoom o Hangouts se convirtieron en una herramienta vital de trabajo. “Hasta las videollamadas de Whatsapp he tenido que utilizar, porque es algo que a todos nos pilla a mano y es cómodo”, cuenta Maribel sobre su adaptación. “De esta forma no hay límites –explica-. He atendido a pacientes en Milán, Hong Kong, Irlanda o Ámsterdam”. Como análisis de la profesión, considera a los psicólogos como “gestores de emociones, del caos que tenemos y que ayuda a la persona a buscar la luz dentro del cúmulo de problemas que nos abordan día a día”.

Los menores, los peor parados

El confinamiento, lo que cortó de raíz, fue el ocio. Los medios de desfogarse, ya sea jugando en el parque, haciendo deporte o estando con los amigos por ahí. María Ortega es psicopedagoga para la empresa Plumaria, y los niños son su día a día.

Sobre la adaptación al confinamiento, diferencia en rangos de edad. “En los niños de infantil, entre 0 y 4 años, el hecho de vernos con mascarillas, les chocaba mucho, y el no poder abrazar ni nada. Son edades que necesitan expresar el cariño“, comenzaba Ortega. “Pero en adolescentes la historia cambia, empiezan con la edad del pavo y quieren estar más tiempo con los amigos”, terminaba.

Sin embargo, cuando empezó la primera desescalada, fueron los primeros que se escapaban de casa para juntarse con los amigos. La psicopedagoga analiza las razones: “El hecho de estar todo el día con los padres les quemaba mucho, porque es lo típico, que dicen que no les comprenden y que quieren estar con sus colegas”.

“Vivir con miedo me parece que es dar un mal ejemplo”

Tiene muy presente el aluvión de niños que tuvo que atender tras la vuelta al cole: “Desde octubre el teléfono nos echa humo. Nos están llegando niños que les está costando mucho el volver a la rutina, a tener que ir al colegio a estudiar, porque estaban acostumbrados a las clases online y a no tener tanta carga de estudio”. Pero también hay otro tipo de pacientes: “Sí que es cierto que están viniendo muchos de motu proprio, que ven que necesitan ayuda para organizarse, para sobrellevar esa vuelta a la rutina”.

Los videojuegos y las plataformas online (como Twitch y Discord) han ayudado a este sector a desfogarse. “Para muchos chavales ha sido el único medio de escape, el estar hablando con sus amigos mientras juegan en verano. Los padres han pasado del “deja la consola que te vas a quedar tonto” a ser más comprensivos con su situación”, analiza María Ortega sobre las vías de escape.

“Además muchos chavales se han aficionado a cosas a raíz de ver youtube, como al skate, y sus padres tienen miedo de que se lesionen. Vamos a ver, si tu hijo ha encontrado un hobbie durante la cuarentena, no le cortes las alas; si se rompe algo, pues no pasa nada, la vida es así y es una experiencia más”, reflexiona.

Como idea final, deja un mensaje para todos aquellos padres sobreprotectores que meten miedo a los hijos y les cortan las alas: “Tenemos que aprender a vivir con las cosas que nos pasan. Vivir con miedo me parece que es dar un mal ejemplo“.

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