Kamala Harris, la mujer que reventó el techo de cristal

Kamala Harris

De padre jamaicano y madre india, Kamala Harris (California, 1964) se acaba de convertir en la primera mujer y en la primera persona negra en ser elegida vicepresidenta de los Estados Unidos. A sus 56 años, hace ya mucho tiempo que Harris aprendió lo que era conquistar espacios de poder que solo habían estado en manos de hombres blancos. 

Kamala Harris como fenómeno

Su nombre empezó a figurar en la prensa cuando en 2011 pasó a ser la primera mujer en ser fiscal general de California, un puesto con mucho peso dentro del sistema judicial del país. Siete años después fue elegida senadora, siendo la primera mujer de ascendencia asiática y la segunda de raza negra en acceder al puesto. En cuanto a la brecha de género por trabajo, Estados Unidos se sitúa en el puesto 53 de 145 países, mientras que por ejemplo España es el octavo.  Respecto a la presencia de la mujer en la vida política, caen hasta el puesto 86. Con estos precedentes, Harris ha pasado a ser la segunda persona más poderosa de la primera potencia del mundo, abriendo la puerta de los puestos de poder a las que vengan detrás. 

Hay dos momentos que la han convertido en un fenómeno viral, y que la han acercado mucho a los votantes. El primero fue durante las primarias demócratas, cuando habló de una niña que se benefició del programa de autobuses de integración racial, que en los años 60 mezclaba a niños de distintos barrios (y, por lo tanto, etnias y color) en los mismos autobuses escolares para pulir las desigualdades raciales entre los menores del país. “Esa niña era yo”, dijo, para a continuación explicar las decisiones que tomó como fiscal para proteger a las personas negras de, entre otras cosas, la violencia policial, provocando una de las ovaciones más sonoras de aquel acto. La segunda fue durante el debate contra el que ha sido vicepresidente de Trump, Mike Pence, en el que tras varias interrupciones de Pence mientras ella intentaba argumentar sus posiciones le espetó “señor vicepresidente, estoy hablando yo”, provocando un silencio sepulcral en la sala. Muchas mujeres de diferentes sensibilidades ideológicas reconocieron en redes sociales sentirse identificadas con Harris, víctima de esa sutil misoginia que implica pisar constantemente a las mujeres. Desde entonces la frase se convirtió en protagonista de la campaña e incluso se hicieron camisetas con el rostro de Harris en las que se leía “I’m speaking” (“estoy hablando”). 

Heredera de la lucha de su madre

Suele vestir blazers oscuros, camiseta, vaqueros y zapatillas converse, un outfit que le da un aspecto juvenil y agradable. Pero detrás de esa informalidad y de sus bailes en mítines a ritmo de Cardi B está la historia de una mujer con una infancia complicada que tuvo que aprender muy pronto a enfrentarse a las deficiencias de un sistema que no estaba pensado para que las mujeres negras llegasen a puestos de poder. En una entrevista con Efe antes de las elecciones, Harris afirmaba que “romper barreras implica romper cosas. Y cuando rompes cosas, es posible que te cortes. Podrías sangrar. Puede que sea doloroso. Y valdrá la pena, todas y cada una de las veces. […] No podemos dejar de luchar”. Porque la suya es una historia de persistencia, como la de su madre y su hermana, tres mujeres que tras el divorcio de los padres de la ahora vicepresidenta permanecieron unidas contra la incertidumbre de un futuro que se auguraba muy complejo. “Mi madre fue mi influencia más importante, es imposible resumir todo lo que aprendí de ella en una sola lección”, le dice Harris también a Efe. Ella le enseñó que no hay que quedarse sentado, “sino hacer algo”. Siempre habla de su madre, que falleció en 2009 víctima de un cáncer, la cual le educó para conseguir las cosas trabajando duro y no esperando que nadie le regalara nada, haciendo de ella una luchadora incansable, virtud que ha canalizado intentando cambiar las cosas para las minorías sociales y los más desfavorecidos.

Harris: “No podemos dejar de luchar”

Harris suele citar como heroínas a la activista por los Derechos Humanos Ella Baker (1903-1986) y a la senadora, jueza, abogada y activista Constance Baker Motley (1921-2005). Fueron mujeres negras que, como ella, ocuparon puestos que habían estado exclusivamente bajo el mando de hombres blancos. A lo largo de estos años como fiscal y senadora Harris ha sido testigo de las graves diferencias por motivos de género, nacionalidad o color que todavía se viven en Estados Unidos, y que según ella se han acrecentado con el gobierno de Trump. Sin embargo se muestra optimista, ya que a través de movimientos como el Black Lives Matter se vislumbra un cambio en la mentalidad del país, de generaciones nuevas (y no tan nuevas) que se niegan a mirar para otro lado: “Estos últimos cuatro años –dice Harris, en referencia al gobierno de Trump- han sido un desafío increíble para nuestro país. Pero también hemos visto a gente con diferentes experiencias que se ha levantado a hacer algo en temas de desigualdad de ingresos, injusticia racial, derechos de las mujeres y cambio climático. Y eso es lo que sigue inspirándome y por eso soy tan optimista sobre nuestro futuro”.

La suya es una victoria individual como candidata, pero colectiva como figura. Porque con ella ganan todas. Y todos. Que Harris haya roto este techo de cristal implica que más mujeres accederán a puestos de poder después de ella, y la balanza se irá equilibrando lentamente. No será fácil, pero merecerá la pena. Porque solo hay democracia cuando todos podemos participar de ella y cuando factores como el género o el color dejan de ser impedimentos para ser, por ejemplo, vicepresidenta de los Estados Unidos. 

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