La cara más humana del coronavirus

Antes de que saltara el Estado de Alarma, Pilar llevaba casi dos semanas trabajando con pacientes que daban positivo en coronavirus. En ese tiempo, ni ella ni sus compañeros contaban con medidas de protección. Lo más duro, cuenta, era al principio: esos primeros días viendo cómo enfermaban sus compañeros de trabajo por haber estado trabajando en esas condiciones. Todas las medidas eran precarias.

A finales de febrero y principios de marzo, los hospitales no disponían de plantas con camas vacías para el Covid-19. Los medios eran escasos, por no decir nulos. Empezó la histeria y la gente que iba a visitar a sus familiares ingresados por otros motivos robaba los geles de manos y las mascarillas: “A nosotros, el personal sanitario, nos daban material con cuentagotas. Con nombre y apellidos”.

“Muchos, cuando les despiertas para la medicación, se asustan o se desorientan por cómo vas vestido”

Estas condiciones empezaron a progresar. Los hospitales ya están habilitados y el personal sanitario cuenta con algo más de material. El outfit del personal sanitario cuenta con un traje de plástico, guante doble, bolsas de basura en los pies, gorro, gafas como de buceo y una doble máscara (si las hay). “Muchos, por la noche, cuando les despiertas para la medicación, se asustan o se desorientan por cómo vas vestido”, asegura Pilar.

Pero no es solo la barrera visual, sino el dolor de cabeza que sufren los sanitarios por la presión de las gafas y la mascarilla, las marcas que les dejan en la cara y el calor que produce el plástico que llevan en el cuerpo… Todo esto son muros que se construyen ante el paciente. La entrada de los pacientes al hospital suele ser la misma: llegan solos, cansados, desesperanzados. Muchos llegan con lo puesto y se quedan así los 15-20 días que están en el hospital, si no son más.

“Parece mentira lo feliz que les puede hacer un cepillo de dientes. Ver esto no te deja indiferente”

Las primeras semanas, los medios de comunicación decían que la curva estaba bajando y que había mejora, pero lo que se veía en los hospitales no tenía nada que ver con la realidad que contaban. En las primeras semanas, había más de 300 personas a la espera de una cama para su ingreso en el hospital donde trabaja Pilar; se quedaban en las sillas o en el suelo del hospital; con malestar, asfixia y mucha angustia.

“Desde que empezó todo esto, no veo las noticias. Para mí, el telediario es mi planta”

Pilar tiene 23 años y lleva ejerciendo 10 meses en el Hospital Universitario La Paz de Madrid. Una de las experiencias más duras que está viviendo es la cantidad de éxitus (así es como llaman a los pacientes que fallecen) de las personas que tuvieron que atender esos primeros 20 días. No había protocolo. El enfermero que había estado con el paciente avisaba a su compañero, en el cambio de turno, que el infectado estaba muy inestable, y una vez llegaba a atenderle ya se había ido. Se morían solos, nadie podía ir a despedirles. Los sanitarios se los encontraban así en la cama. Una escena devastadora que se quedará impresa en todos nuestros trabajadores: “Ver esto cada día que vas a trabajar es psicológicamente muy duro de llevar. Llegas a casa y tampoco cuentas mucho para que no se asusten y no se preocupen demasiado. Al final cargas día tras día tú con ello”.

Un ingreso muy cercano

En el caso de Pilar, esta presión aumentó el día que ingresaron a su padre tras dar positivo. Es entonces cuando empezaron esos sentimientos de culpabilidad, por si había sido ella la transmisora del virus. La preocupación se agrandaba cada día en su casa. Ella era consciente de lo que podía pasarle a su padre, esa imagen la llevaba viendo varias semanas. Cada vez que alguno de sus pacientes se ahogaba, ingresaba en la UVI o se moría solo, porque no había nadie que en ese momento pudiera atenderle, rezaba para que esa persona no fuera él. Sin embargo, esta lucha no se quedaba en el hospital. Pilar tenía que volver a casa, debía mantener viva la esperanza y contarles que todo iba a salir bien, aunque sabía que las probabilidades de que todo empeorase podían cambiar en décimas de segundo.

Ante este escenario tan oscuro, esa esperanza florecía y Pilar tuvo la suerte de tener a su padre ingresado en la planta donde ella trabajaba. No le podía tocar, no le podía besar ni abrazar y muchas veces no la reconocía por el “disfraz” que llevaba encima. Día a día, su padre le preguntaba por sus compañeros de la habitación, muchos ya fallecidos. Tener que quitarle el miedo a un padre no es fácil.

Cuesta hacer memoria de las cosas negativas que se ven diariamente, y más si se vive en medio de una película de terror. Que se  mueran ahogados en tus brazos, ver cómo la preocupación se apodera de sus caras, que la escasez de medios te impida actuar correctamente, el estrés que genera esta circunstancia… no es una batalla fácil, ni siquiera para los más valientes.

Pero siempre hay gente que trata de ver la luz en medio de todo el caos: Pilar se emociona contando la lucha diaria de los enfermos, la emoción del primer día que hablan con su familia después de estar incomunicados durante semanas, la ilusión y las lágrimas por la sanación de un compañero, cómo se cuidan y se preocupan unos de otros, los aplausos, los mensajes de motivación, las miradas de gratitud, las llamadas de amigos o familiares que se preocupan, las frases de algunos pacientes que te repiten incansablemente que te cuides mientras que ellos se van muriendo poco a poco…

“A veces necesitamos un “golpe” para sacarnos de nosotros mismos y pensar así en los demás”

El padre de Pilar salió hace unos días del hospital, sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer. Su padre se siente inseguro con el traslado a casa, le genera ansiedad pensar que puede contagiar a alguno de los suyos por no estar “completamente a salvo del virus”, además de una lucha interna al no poder manifestar su cariño en besos y abrazos a sus hijos y a su mujer.

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