Diez miradas al coronavirus (X): qué guapos están los nietos en la videollamada

Ángeles Redondo

“Buenos días nos dé Dios”, dice Ángeles Redondo de 85 años ataviada con una bata azul celeste y su pelo plateado peinado hacia atrás. Se dispone a bajar las escaleras para poder desayunar.

Se coloca de lateral y agarra con ambas manos la barandilla. A paso lento llega hasta el salón y se para frente a la estantería; sobre ella hay tres vasos con una etiqueta cada uno en la que se lee: desayuno, comida y cena; en su interior, las pastillas para cada momento. Ángeles empieza a abrir botes mientras su hija Rosa Martín calienta el café con leche. “¿Está bien?”, pregunta Ángeles abriendo la palma de la mano y mostrando 10 medicamentos de todos los colores.

Empieza el día

El tazón, que cubre su cara, solo permite vislumbrar unas cejas despeinadas y una frente rugosa “pos anda que vaya piscina”, se queja. “Ale, pues ya hemos matado a quien nos mataba“, añade cuando se ha terminado todo el desayuno.

“Ale, pues ya hemos matado a quien nos mataba”

“¿Te he contado lo que me pasó una vez con Don Orestes?”, pregunta aún sentada en la mesa. Todos niegan con la cabeza, pero con una sonrisa. Ángeles empezó a servir en la casa de los ricos del pueblo a los siete años, primero cuidando a los niños y después como interna. “Llegué de comprar corriendo a la casa y me encontré con el señorito. Me dijo ¿qué te pasa Ángelita? Y claro, yo le conté que me habían dicho que La Mancia había perdido la cabeza”, explica sonriendo mientras aparta las migas del desayuno con una servilleta para, después, echarlas dentro de la taza y proseguir “¿ah sí? ¿Y dónde la tiene ahora? Me preguntó Don Orestes y yo le dije, pues mire señor eso sí que no me lo han dicho”, suelta la servilleta y empieza a reír. “Qué ignorantes éramos”, añade entre carcajadas.

Su hija pone los ojos en blanco y sonríe. “Me voy a teletrabajar, no ahogues las plantas eh, si quieres te pongo la televisión”, dice.

“Qué ignorantes éramos”

En el patio trasero de la casa se escucha un ruido, Ángeles está arrastrando las sillas. Las macetas tienen la tierra mojada, provocando un color parecido al petróleo, los platos que descansan bajo ellas están encharcados.

Las nubes avanzan por el cielo debido a la leve brisa. Ángeles está sentada en una silla de plástico mientras sus piernas están posadas sobre otra, el sol ilumina su pelo y lo hace más claro, más blanco, su mirada recorre cada esquina. “Ojalá mi madre levantara la cabeza y viera todo lo que tenemos ahora”, susurra. Las nubes siguen surcando el cielo celeste.

Alza la mano izquierda y observa su reloj de pulsera, doce y media, entra en la casa y levanta la voz “¡Rosi, va a hablar el hombre que te gusta!”, dice. Su hija aparece en el salón y enciende la televisión. “Hija súbelo un poco que no me entero”, pide Ángeles. Rosa empieza a darle a un botón y en la pantalla unos números ascienden deprisa. “Si te pusieras aparatos te enterarías”, contesta. “¿Aparatos? Si yo no estoy sorda, reconozco que un poco falta sí, pero mientras me apañe ¿para qué me voy a meter nada en la oreja?”, responde Ángeles mientras la pantalla muestra que el volumen está en cincuenta y la voz del ministro se escucha desde cada punto de la casa.

“Esto ha sido un tío cabrón que ha ido con un avión lanzando el bicho ese”

Al terminar la comparecencia, la anciana que había estado plantada frente al televisor se dirige a la cocina murmurando: “Jesús bendito de verdad qué de muertos. Esto ha sido un tío cabrón que ha ido con un avión lanzando el bicho ese, porque si no no me lo explico”.

Hora de comer

El sol está en lo más alto, la casa huele comida y Ángeles está doblando las servilletas con formas diferentes para colocarlas sobre la mesa. Se toma sus pastillas mientras da un trago a su vaso de agua. Se escucha la puerta de la entrada abrirse y aparece Juan Carlos, su yerno, con una barra de pan y dos bolsas de la compra. “Hombre machote, al fin llegas”, dice la anciana sonriendo para, después, empezar a toser. Todos se quedan parados, Rosa ordena a su marido irse a la ducha inmediatamente y echar la ropa a la lavadora. Mientras, corre a por un gel desinfectante y le pide a su madre que se vaya a lavar las manos. Ángeles consigue dejar de toser y se dirige al baño sonriendo: “hija, que aún no me muero”, bromea.

La voz del presentador se cuela en la estancia, Ángeles está muy concentrada intentando leer lo que pone en la pantalla. “Nada, que no me da tiempo si es que lo pasan muy rápido ¿cuánto dinero han dicho que van a necesitar?”, pregunta. “200 mil”, responde su hija. Ángeles aparta la manta que cubría sus piernas y se yergue en el sofá “claro, por eso están matando a tantos viejos para quedarse con nuestras pagas y sacar de ahí el dinero”, dice muy seria.

“Claro, por eso están matando a tantos viejos para quedarse con nuestras pagas”

En pantalla aparecen diversos políticos hablando sobre la crisis del coronavirus. “Uy qué mal me cae ese chico”, dice Ángeles señalando el televisor, Rosa levanta la cabeza y la mira “pues es al que votas”, le responde muy seria. La anciana sigue mirando el televisor pensativa y responde: “No, yo voto al partido porque el otro bando nos robó las ovejas durante la guerra”.

Juan Carlos aparece en el salón: “Mire, están diciendo que una mujer de 95 años se ha curado para que vea que los viejos también se curan”, dice. Ángeles juega con las arrugas de sus manos y responde: “¿viejos? Pero si yo no soy vieja lo que pasa es que tengo paga”.

Resistiremos

Ángeles, de 85 años, aplaude en la puerta de la casa de su hija con los ojos brillantes y una sonrisa. La canción de Resistiré se mezcla con las palmas.

Pasadas las ocho de la tarde, vuelven al interior y Rosa le muestra el teléfono móvil. Sus otros hijos y nietos juntan la cabeza frente a la cámara mientras la saludan por la videollamada. “Uy qué guapos están”, dice Ángeles achinando los ojos para enfocar mejor. Diversas voces responden desde el aparato “Ay que me oyen”, se sorprende la anciana. Unos minutos después está gritando al móvil para que la escuchen porque “están muy lejos y si no no la oyen”.

Con el pelo plateado, los ojos brillantes y el aparato entre las manos pregunta: “¿Os he contado lo que me pasó una vez con Don Orestes?”. Todos niegan con la cabeza y sonríen como respuesta.

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