Diez miradas al coronavirus (VI): volver de la guerra y no poder besar a tu hija

Suena el despertador. Son las 6 am. A pesar de que su insomnio crónico no la deja dormir, Inmaculada se levanta de la cama, aún cansada, para ir al frente de batalla. En la guerra contra el coronavirus las enfermeras como ella están en primera línea. Se asea, se viste y sale a por el coche, no sin antes limpiar y recoger su casa todo lo posible.

En la guerra contra el coronavirus las enfermeras están en primera línea

Fue reclutada al comienzo de la crisis por un gran hospital de Madrid. Allí la colocaron en el “área de digestivo”, por lo que no tuvo que enfrentarse directamente con el COVID-19. Aunque sí tuvo que callar sus problemas de espalda a la hora de ayudar a trasladar cajas y objetos pesados (que no debería levantar), para poder añadir camas a lo que antaño fueron consultas.

Por el aumento de los contagios, fue redirigida a un hotel medicalizado donde debe trabajar más horas todavía.

El hotel medicalizado

En torno a las 7:30 llega al hotel en Villaverde: su nueva trinchera. Le esperan 12 horas intensas. Se pone su uniforme en una habitación habilitada como vestuario y sube al control de enfermería. Entonces, sus compañeras nocturnas le dan el relevo, trasladándole (a ella y al resto de sanitarias) toda la información de la anterior jornada. También allí se coloca su EPI, puesto que es una labor complicada que requiere de ayuda para hacerse correctamente. Toda una coreografía.

Para colocarse su EPI requiere de ayuda

Con su armadura puesta, se dirige a las habitaciones de los pacientes. Mide sus constantes, busca irregularidades y atiende sus necesidades, como monitorizar la glucemia o suministrar los medicamentos pertinentes. Además, debe comprobar si los médicos han cambiado el tratamiento de algún enfermo y, de ser así, proporcionárselo.

Aunque esta rutina parezca corta, no lo es. Inmaculada entra en cada habitación y repite el proceso una y otra vez, siempre tomando las anotaciones necesarias. Realmente, le ocupa toda la mañana.

El descanso

Al fin tiene un momento para descansar, el almuerzo, cuyo horario varía en función del trabajo. La comida proviene de un catering, ya que en el hotel medicalizado todos los servicios se han externalizado, y es presentada obligatoriamente sin plato ni bandeja. Todo debe ser desechable. Las enfermeras comen por turnos, siempre a metro y medio de distancia, por supuesto.

Las enfermeras comen a metro y medio de distancia

No deja que el agotamiento afecte a su trabajo, cueste lo que cueste. Prueba de ello fue su primer día en el hotel medicalizado. La noche anterior tuvo que llevar a la mayor de sus hijas a urgencias. Llegó a casa, durmió una hora y, cual soldado al toque de corneta, se levantó diligente para ir a cuidar a los enfermos.

La tarde

A lo largo del día, las llamadas que realizan los pacientes a través del teléfono del hotel son atendidas. Pero, por la tarde, Inmaculada se centra en contactar con cada uno de ellos para comprobar su estado, incluso el psicológico. También se ocupa de mantener actualizada la información de los enfermos vía on-line.

Comprueba el estado de los pacientes, incluso el psicológico

Finalmente, a las 8, acaba su turno. Sin embargo, hasta que no termina de dar el parte a las compañeras que entran, no sale. Esto puede significar que se alargue hasta pasadas las 8:30, teniendo en cuenta que tiene que volver a cambiarse.

Fin de la jornada

A las 9 llega casa. Su hija pequeña es persona de riesgo, por lo que debe tomar todas las precauciones posibles, incluyendo no besar o abrazar a su familia. Entra por el garaje y se desviste dejando ropa y calzado para lavar directamente. Luego, sin perder tiempo, sin tocar a nadie, sin saludar propiamente más que con la voz, entra en la ducha. Por fin descontaminada, come su primera comida caliente del día: la cena. Y, exhausta, se acuesta. Mañana tiene que seguir luchando.

Suena el despertador. Son las 6am. La guerra continúa.

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