Cuando Kierkegaard entusiasmaba y no era una búsqueda en Google

Alegoría de Kierkegaard

“Al día siguiente corríamos a la biblioteca para descubrir los libros del filósofo danés olvidado, pues ignorar algo extraño que otro conocía constituía para nosotros un descrédito”, narra Stefan Zweig en su mundo de ayer cuando un compañero de café -de ese típico café europeo donde nació una primitiva democracia– exponía la idea del egotismo del seductor Kierkegaard frente a las ilusiones de Nietzsche.

Los artistas, en cualesquiera que sean sus expresiones, siempre han hablado de sus tiempos y de cómo éstos cambian. Hasta Dylan lo cantó. Las comparaciones son odiosas, pero esa juventud de la que habla Zweig en sus memorias dista mucho de la de hoy.

Cuando podías pedir un café para toda una tarde o una mañana -así lo narraba semanalmente Joseph Roth en Der Neue Tag– y alguien ignoraba algo que otro conocía, para Zweig y amigos significaba un descrédito. Hoy, el oráculo san Google, -bajo una capa sucia de eufemismos- hace complicado un posible resbalón: en 0,44 segundos aparecen más de 11 millones de resultados acerca del filósofo danés, ahora efímeramente recordado. ¡Cuánto se aprende de un resbalón!

El café de hoy

El café, como caldo que aligera el alma, es hoy la batería de un móvil -que cuanto más uso, menos dura-. El café, como lugar físico de encuentro y de entusiasmo, es hoy la multitud de redes asociales -contaminadas por las divergencias y apatías-que han cambiado algunas percepciones.

Cuando Zweig, siendo niño, fue presentado a Johannes Brahms y éste le dio un golpecito amistoso en el hombro, pasó varios días trastornado e hizo lo que el leproso, divulgarlo con entusiasmo durante toda su vida. Hoy, el que un youtuber o una instagramer dé “me gusta” a una fotografía o a un tweet, significa media hora de reenvíos de captura de pantalla por cuatro canales diferentes.

Un mundo sin nubes

Esa exaltación de la pasión, en el caso de Stefan Zweig literaria, es propio de todos los tiempos. Solo hay que echar la vista atrás y aprender de los que se entusiasmaban con entusiasmarse. Pues sin el asombro, escribe Ratzinger: “El hombre caería en la repetitividad”.

“El asombro es poner de rodillas a la inteligencia ante la naturaleza”

El antiguo profesor de la Fcom de Villanueva, José Julio Perlado escribe en la revista Nuestro Tiempo sobre la necesidad del asombro: “El asombro es poner de rodillas a la inteligencia a la naturaleza”.

Y para eso, afirma Perlado, está la atención, la comprensión y la compasión: “El aprender a ver al otro lado y dentro de los demás, el aprender a ver dentro de uno mismo”.

Asombrarse hasta con las nubes, como Szymborska, poetisa polaca y premio Nobel en 1996:

Las nubes son una cosa tan maravillosa, un fenómeno tan magnífico, que se debería escribir sobre ellas. Es un eterno happening sobre el cielo, un espectáculo absoluto; algo que es inagotable en formas, ideas; un descubrimiento conmovedor de la naturaleza. Intente imaginarse el mundo sin nubes”.

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About Javier Roca Ibáñez

Estudiante de 4º Curso de Periodismo y Relaciones Internacionales en Villanueva C.U. De cuando en cuando me da por leer, pensar, escribir, hacer fotos y viajar. No necesariamente en ese orden.

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