El pintor de los ojos vivos

Otoño: hojas que caen. Otros que se levantan. Como Ataúlfo Casado, artista desde la Navidad de sus 5 años, cuando los Reyes Magos dejaron a su nombre un cuaderno y lápices de colores.

Ataúlfo Casado Bustarviejo (Madrid, 1948) fue el copista más joven del ya bicentenario Museo Del Prado. Con solo 14 años pintó la parte central del Moisés salvado de las aguas. Más tarde, Boda campestre de Brueghel, El jardín del amor de Rubens, y para aprender la pincelada suelta de Goya, El quitasol. A los 18 ingresó en la Academia de Bellas Artes y el verano anterior, empezó a fumar.

Y a los 40 años… ceguera

“Una mañana, cerca de la hora del Ángelus, miré el reloj para ver si eran las 12. Cuando levanté la mirada, ya todo era borroso. Había comenzado mi ceguera”, explica Ataúlfo Casado. Cuando fue al hospital, el médico no sabía cómo decirle que estaba perdiendo la vista y que era irremediable. El paciente fue el primero que puso normalidad.

“Estuve once años sin pintar”

“Después de darme cuenta que ya no veía nada, dejé la pintura, once años estuve sin pintar”, relata Ataúlfo Casado. No se vino abajo, simplemente fue un tiempo de espera. Seguía fumando. Un día, con esperanza pero sin esperarlo, muchas imágenes le vinieron a la cabeza: su pueblo (Navalagamella), los paseos con su abuelo, las arboledas de El Escorial, las primaveras, los peces, los otoños. Y volvió a coger el pincel.

“Abbou, un té”

Ata, como le conocen sus amigos y como firma en sus cuadros, conoce sus limitaciones. Necesita a alguien para poder pintar. En estos 30 años de ceguera han pasado por su estudio desde aprendices, jóvenes y no tan jóvenes, hasta amigos de la familia. Todos han olido su tabaco y han respirado su humor.

Sabe qué color utilizar para cada elemento

El tocadiscos suena, Dinah Washington entona “What a Difference a Day Makes“. Ya no le queda vida al cigarro. Ataúlfo Casado está preparado: antes de cada trazo se imagina -a la vez que pone la mano sobre el lienzo para calcular distancias- lo que va a crear. Sabe qué color utilizar para cada elemento, qué y cuántas medias cucharadas son necesarias para cada mezcla. Si necesita un pincel o una brocha.

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Ataúlfo Casado apaga las luces que no necesita, pero deja encendido el tocadiscos: suena “Il mondo”. Cierra la puerta con algo de esfuerzo y sale a la terraza del Gibraltar, un bar regentado y frecuentado por amigos marroquíes. Pide lo de siempre:

– Abbou, un té -dice mirando al infinito.

– Ahora mismo Ata -responde amablemente el camarero mientras le ayuda a tomar asiento.

Se enciende un Fortuna. Llega el té, caliente, en una taza blanca, rebosando. Es otoño, y sobre sus pies, están las mismas hojas marrones, rojas y amarillas que no ve, pero que imagina y pinta.

(Con información de Javier Roca)

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About Gabriel Serrano Herrería

Estudiante 4º de Periodismo en Villanueva C.U.

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