De Venice Beach a Santa Mónica, un paseo de ensueño

Los sueños pueden hacerse realidad. La sensación de estar inmerso en una película también es factible, y el sentimiento de no querer despertar nunca de esa fantasía envolvente se convierte en hábito en la ciudad de Los Ángeles.

Venice Beach  y Santa Mónica son dos elementos indispensables en esa máquina de generar ilusión que es esta ciudad. Ambos son lugares maravillosos. Sus inmensas y estéticas palmeras, el sonido del salvaje oleaje del Pacífico, el ambiente de paz que se respira y el paisaje que se divisa en el horizonte atrapan a cualquier persona y la hacen soñar despierta. Sin duda un lugar imprescindible para visitar.

Primeras sensaciones

Ya en la carretera se advierte un cartel en el que figura Venice Beach que va aumentando las ganas de bajar del coche e ir corriendo a ver la playa. Una vez en la entrada, los puestos de ocio aparecen y otorgan un toque distintivo por la estética de sus fachadas y ese estilo tan californiano que suscita un tremendo interés por alquilar una tabla de surf e ir directo al mar.

A lo largo del paseo se pueden encontrar distintos tipos de negocios, desde tiendas de souvenirs a ventas de comida. Ese olor a perrito caliente que está latente en el paseo invita a ir directo a satisfacer el hambre que la playa siempre provoca.

Una vez saciada, y puesta la vista al frente, se aprecia a lo largo del litoral la abundancia de palmeras que otorgan un toque característico y único a la costa californiana, que invita a seguir disfrutando de la belleza de Venice Beach.

Venice Beach es una confluencia de distintos estilos de vida

El buen rollo que se advierte en toda la zona, ese estilo bohemio y hippie que tiene la gente y la convivencia entre distintos modos de vida hacen aún mas bello el lugar, y cumplen con esa función de hacer de una playa un sitio de disfrute y encanto. Venice Beach cuenta con un carril para bicicletas, que despierta el deseo de alquilar una y disfrutar del paseo pedaleando, sintiendo la brisa del mar, y sumergirse en un mundo paralelo.

Comienza el sueño

El camino en bicicleta crea un efecto propio de cualquier tipo de sustancia alucinógena, en el sentido de tener la percepción de estar viviendo algo que no es real, la sensación de ser el protagonista de una película o de estar en un videoclip está presente durante todo el trayecto, y cualquier tipo de pensamiento, preocupación o problema queda completamente desterrado en ese universo mágico que la mente dibuja.

A medida que se avanza se empieza a ver Santa Mónica, la noria y la montaña rusa, que acompañado del primer atisbo de la puesta de sol, provocan un estado de felicidad y euforia plena que difícilmente se puede imaginar si no se ha vivido.

Momento mágico

El Pacífico comienza a teñirse de morado, el sol comienza a diluirse y destella una luz mágica, el cielo se torna a un naranja oscuro con una degradación azul que impide poner la mirada en otro lado, y al frente, el Pier de Santa Mónica comienza a iluminarse, generando una extraordinario paisaje, que acompaña al asombro, la incredulidad, la admiración y al enamoramiento que este paseo de ensueño causa en cualquier persona.

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