Prueba superada: sí, quiero ser madre

Cuando imaginaba cómo sería un parto solo lo podía hacer pensando en ese primer sonido que emite un recién nacido después de nueve meses ansiando su llegada al mundo. Adriana cumplió los plazos y con buenos datos: un día antes de lo estimado, más de tres kilos y un pelazo envidiable. Ese señalado día siempre llega con un llanto. Con Adriana algo fue diferente. Mi llanto quitó por unos segundos el protagonismo a esta pequeña y morada niña.

Sólo una salvedad. Adriana no es mi hija. Pero gracias a ella he descubierto que sí. Que quiero ser madre.

Llegué al hospital a la una de la tarde y la mamá, también llamada Adriana, estaba en urgencias tras confirmarse que estaba de parto. Esperé durante horas en la sala de espera y, como si de un familiar se tratase, la matrona me iba informando de la situación de la madre. Contracciones cada 10 minutos, 4 centímetros de dilatación, y unos dolores cada vez más intensos.

La madre necesitaba la epidural, no podía más. En solo veinte minutos dejaría de sentir dolor pero la pequeña Adriana no podía esperar tanto. Eran las 16:30 cuando corríamos hacia la habitación después de horas entre aquellas paredes entre las que laten corazones y lloran bebés.

La mamá estaba de parto. Pocas cosas en la vida resultan tan impactantes como el nacimiento de un niño. Una habitación con la banda sonora de Pearl Harbour, la residente de segundo año que atendería el parto, una enfermera, la matrona que lo supervisaría y allí estábamos mi compañera y yo mudas y tensas sin apenas poder sujetar la cámara.

Conversaciones, ánimos, una madre asustada con muchos dolores que agarraba con fuerza la mano a su pareja Esteban, y una serie de instrumental donde todo me parecían tijeras. Todos estos elementos adornaban la habitación con aquella cuna donde había un gorrito y una toalla que secaría nada más nacer a la recién nacida.

A dos minutos de nacer

Eran las 16:48 de la tarde. Silencio. Empuja. Respira hondo. Está asomando la cabeza. Es muy morena. Ya se le ven las orejas. A solo dos minutos, ese era el ambiente que se respiraba en la habitación. Exactamente a las 16:50, Adriana notaba el pecho de su madre. La madre le abrazaba emocionada. Algo “moradita” de los esfuerzos, temblando y con un llanto que mostraba fuerza llegaba al mundo para hacerme llorar a mí.

“Sí, soy una blanda. Probablemente es lo más bonito que he visto hasta ahora”

Compañera de emergencia

Sin poderme resistir a la emoción, mi compañera de emergencia me sujetó la cámara ya que las lágrimas nublaron mi vista. La matrona me daba más ánimos a mí que a la mamá. Probablemente es lo más bonito que he visto hasta ahora. ¿Te has planteado ser madre? Tienes que verlo.

Y todo ello, entre aquellas paredes donde las horas se convierten en una eternidad y la esperanza y la preocupación pasean de lado a lado… “Sí, me encantaría ser madre”. Lo simple se convierte en extraordinario cuando el gorrito y la toalla de aquella cuna envuelven aquel precioso bebé que llega al mundo.

(Con información de Claudia Kohlvelter)

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