Jurar bandera… sin besar una bandera

Jurar bandera

Jurar bandera es, para muchos, algo que sólo ocurre una vez en la vida. Lo cierto es que uno puede jurar las veces que desee. Sin embargo, para esta civil, de 21 años, redactora de cuv3, esa primera vez es un acontecimiento sin precedentes.

Casi 500 civiles llegan al Paseo del Prado. Una semana antes, una invitación firmada por el Almirante Jefe de Servicios Generales, Asistencia Técnica y Sistemas Información y Telecomunicaciones de la Armada, Juan Garat Caramé, daba instrucciones a los jurandos sobre la hora de asistencia (y tratándose de la Armada, sobre la estricta puntualidad), y por supuesto, sobre la indumentaria: de etiqueta. Hombres en chaqueta y corbata, mujeres de vestido corto.

Se trataba de la Jura de Bandera celebrada con motivo de la VI Semana Naval de Madrid. Jóvenes, mayores e incluso algún niño de la mano de sus padres hacían cola en la calle Montalbán para que los uniformados de blanco comprobasen su identidad y le dejasen pasar al espacio vallado de unos 300 metros donde tendría lugar el acto. Justo en la puerta del Cuartel General de la Armada. En su fachada, un escaparate de estandartes y banderas españolas. Y justo en el centro, un atril y una tarima, donde ocuparía su lugar el Excmo. Sr. Almirante General D. Jaime Muñoz-Delgado y Díaz del Río, Almirante Jefe de Estado Mayor de la Armada, quien presidiría el acto.

Un “curso improvisado” de “mili”

Pero, dos horas antes de que uniformes blancos y banderas ocupasen el vallado, el personal civil que juraría bandera ya estaba preparado. La convocatoria, a las 10.45. La jura comenzaría a las 12.30. El tiempo que quedaba fue un ensayo. O más bien, varios ensayos. Primero había que aprender a desfilar. Un curso improvisado de “la mili”, o al menos para los más jóvenes, que sólo en las películas habíamos escuchado la voz de mando “¡AR!”. Y, ni mucho menos, sabíamos distinguir entre lo que el cabo encargado nos definió como “voz preventiva”, con la que indicaba la dirección; y “voz ejecutiva”, cuando había que realizar la acción.

Así, ensayo tras ensayo, los jurandos iban aprendiendo qué hacer en cada momento (cuando llegase la banda, en el desfile del Almirante…). Y aunque nos encontrábamos tras un edificio bastante elevado, el sol empezaba a despuntar por el lateral de la fachada. Y vestidos de etiqueta (más para los jurandos masculinos), la sensación de calor hizo que hubiese aún más voluntad por jurar bandera. Y rápido.

Había que aprender a desfilar; los más jóvenes sólo en las películas habíamos escuchado la voz  “¡AR!”

Después de tres ensayos y varias nuevas amistades entre los compañeros de fila, el silencio era absoluto. Iba a dar comienzo el acto. El reloj aún marcaba las 12.23 y nos preguntábamos por qué no aparecía el Almirante General. Podíamos verlo desde la puerta lateral, esperando. Y los jurandos nos preguntábamos a qué esperaría. Unos minutos después, nos respondíamos a nosotros mismos. Cuando sonaran las campanadas de las doce y media, comenzaría el acto. Así es la Armada.

Firmes para estar a la altura

De modo que cuando ya el reloj nos dio permiso para comenzar, comenzó el desfile de cientos de oficiales. Portando sus armas, y sin dejar ni una milésima de diferencia al seguir el paso del que tenían delante. Tras ellos, la banda de la Armada Española, que se situó enfrente del estrado. Por último, despertando en todos y cada uno de los armados una rigidez absoluta (acompañada de la mano derecha en posición de saludo), desfiló el Almirante General, ocupando su lugar en la tarima.

A partir de ese momento, los civiles dejamos de ser espectadores. Con cada sonido de trompeta, cada entonación de los himnos de la Armada, empezábamos a ser, queriéndolo o no, más partícipes del acto. Poco a poco, las piernas estaban más rígidas, los rostros estaban más serios (y solemnes), y cada vez se escuchaban menos quejas por el calor, más aún, al ver como el último de la formación del desfile, quieto como una estatua, dejaba que el sol apretase en su inmaculado uniforme, sin quejarse ni siquiera con la mirada.

El acto siguió con un homenaje a los que dieron su vida por España, para los cuales se había dedicado un pequeño estrado enfrente del Almirante, y para los que la banda tocó solemnemente, tras la ofrenda de una corona de flores. Los disparos de la carga al aire arrancaron un aplauso a todos los presentes. Después, daría comienzo la jura. Por fin, los civiles sabíamos que era nuestro turno, y también sabíamos que un tropiezo o una equivocación no era una opción. A la vista de una coordinación que muchos no habíamos visto antes tan cerca, había que estar a la altura. Las señoras se acomodaban los vestidos, los caballeros anudaban bien sus corbatas. Y, antes de desfilar, llegó un momento clave. El juramento.

Una bandera intocable

Con voz potente, el Almirante preguntó: “Españoles, ¿juráis o prometéis por vuestra conciencia y honor guardar la Constitución como norma fundamental del estado, con lealtad al Rey, y si preciso fuera entregar vuestra vida en defensa de España?”

La respuesta, como antes nos habían explicado, era opcional. A la orden del día en lo que a política se refiere, ahora hay que distinguir. Jurar o prometer. Pero aquello era, valga la redundancia, una jura de bandera, así que, al unísono, la frase “¡Lo Juramos!” sonó por encima del resto. Y tras esa exclamación, que todos los jurandos entonamos tan firmes como si fuéramos uniformados, comenzó el desfile.

Para la gran mayoría de civiles que nunca hayan jurado bandera, puede tratarse de “un beso a una bandera de España”. Aparte de ser un símbolo inconfundible, hay algo en lo que muchos podemos equivocarnos. Y es que no es un beso. Ni siquiera es una bandera de España.

Para la mayoría, puede tratarse de “un beso a una bandera”. No es un beso. Ni siquiera es una bandera.

Es la bandera de España. La bandera de la Flota de la Armada, que tiene más de cien años, y la cual explica por qué no se ha de besar: lleva más de cien años sin lavarse. Y así debe permanecer. Por eso, desde el principio, los jurandos (sobre todo, las mujeres), eran advertidos de la importancia de no dejar pintalabios o cualquier otra cosa en la bandera. Tampoco podía tocarse la bandera, un oficial bien entrenado para ello, subía y bajaba el brazo cada vez que un jurando llegaba al punto de la Jura. Así que nuestra misión, después de desfilar sin tropezar y guardando la distancia adecuada con el anterior y el siguiente, era hacer un amago. Y posar para la foto mirando la bandera con solemnidad.

Siendo civil, sentirse Armado

Y así es como se jura bandera. Al menos para un civil. Lo cierto es que, después del desfile y satisfechos de haber pasado por la bandera sin incidentes, se respiraba un alivio entre los jurandos. Al otro lado del vallado, se agrupaban los que nos habían sustituido como espectadores: españoles curiosos y extranjeros maravillados por tal patriotismo, hacían fotos y vídeos a cada uno de los que desfilaban. Tras desfilar, unas palabras del Almirante General. Todas ellas servían para que los civiles nos sintiésemos aún menos civiles por aquella mañana. Del orgullo que sentía la Armada de nosotros, una frase del breve discurso nos dejó firmes del todo: “Tened seguro que la carga será llevadera, pero también que estáis preparados para afrontarla”.

El cierre del discurso fue el colofón del acto. Tras el himno nacional, un “¡Viva España!” llamaba hasta a las voces más potentes de los ancianos que habían llegado con afonía. Un “¡Viva!” de respuesta que terminaba por dejar claro que cualquiera, aunque sea civil, puede ser un Armado. O al menos sentirse un Armado. A veces, no hace falta un uniforme, sólo las palabras de quien sabe dirigirlas para hacer, por tu país, algo más que “no besar” la bandera.

About Sara Delgado García

Estudiante de cuarto de Periodismo en Villanueva C.U.

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