El puerto de Tánger, esperanza de muchos y oro de unos pocos

Sus estrechas callejuelas te envuelven, hacen que te pierdas entre ese olor a especias que invade la calle. Cuando sientes que no sabes dónde estás y no hay salida aparece una plaza. Así es Tánger, una mezcla de pequeñas y angostas calles repletas de mercados intercaladas con grandes plazas llenas de cafeterías.

Al norte de Marruecos, a orillas del Estrecho, yace esta ciudad pequeña siempre inundada por los turistas. ¿De dónde viene el encanto tangerino?

No tiene grandes museos, tampoco lujosos centros comerciales, ni es una ciudad a la moda. Es más, los intentos de progreso se mezclan con la tradición y casas centenarias, que te pueden lanzar casquillos y trozos de pared mientras paseas; aún están habitadas.

Un té a lo Churchill

Sin embargo, ahí está el secreto de su encanto, otra mundo nuevo se abre a ojos del turista cuando pisa suelo marroquí. Es como retroceder sesenta décadas atrás y disfrutar  de los paisajes que aún resisten a la globalización. Hay que dejarse llevar, echarse andar y subir hasta el Café Hafá, uno de los acantilados más altos, donde se podrá disfrutar de un refrescante té de hierbabuena mientras se contempla toda la bahía mediterránea. Así lo hicieron  Los Beatles, Los Rolling Stones, Truman Capote, Tennessee Williams o Sean Connery. La brisa acaricia, el sol ilumina la tarde y si hay suerte y las nubes no salen al encuentro, mira bien porque verás Tarifa a tan solo catorce kilómetros de donde estás.

La alegría se respira en las calles abarrotadas de niños. ¿Cómo es posible tanta vitalidad de niños huérfanos que esnifan pegamento y viven en la pobreza? Otro misterio del encanto tangerino. No se sabe de dónde vienen, ni cuántos hay, ellos se buscan la vida. Sin embargo, cuando el rey, Mohammed VI, viene a la ciudad los meten a todos en la plaza de toros para que no vea la pobreza que asola.

Para sorpresa de muchos y en contra de los numerosos prejuicios europeos, el tangerino es una persona amable y atenta. No hay que confundirla con los mercaderes picarescos que intentan aprovecharse del turista. El resto del pueblo es gente muy variada, que aunque tajantes y férreos con su religión, están dispuestos a ayudar y empaparse de nuevas culturas. El tangerino es una esponja que absorbe y observa las costumbres del extranjero, si bien el tangerino paupérrimo aprenderá inglés para sobrevivir con los turistas, el tangerino rico lo hará por afán de saber.

Se pueden ver grandes iconos de la ciudad como el Hotel Minzah, que se alza majestuoso en el centro. En él se han alojado distinguidas personalidades como Wiston Churchill o Sean Connery, además se puede visitar. Pero hay que tener en cuenta que la magia se acabará al salir del edificio cuando, sin haber dado más de cinco pasos, un niño se  acercará para pedirte comida.

La grandeza de sus paisajes y el puerto

Pese a ello, hay que descubrir Tánger, que lo malo no impida saborear lo bueno. Tánger también es multicolor, ya no solo por las casas variopintas, sino por las calles abarrotadas de bazares que exhiben todo tipo de telas, pieles, alfombras y demás productos de calidad de la tierra.

Las azoteas, típicas de las ciudades africanas, dejan al descubierto toda una gama de paisajes; desde el mar hasta la periferia donde se está creando la zona moderna con el dinero que entra del puerto. El puerto es la principal fuente de riqueza de Tánger, segunda ciudad comercial más importante de Marruecos por detrás de Casablanca. Todo tangerino quiere trabajar ahí aunque, Tánger no conozca la palabra igualdad y, el puerto siga siendo esperanza de muchos y oro de unos pocos.

About Nazaret Moris

Estudiante de 4º de Periodidmo y RRII en Villanueva C.U.

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