“Selfies” en la tumba de Franco 40 años después

Seis automóviles en fila esperan turno para llegar a la puerta. La entrada cuesta 9 euros pero el importe se reduce a 4 para menores de 16, mayores de 65 o familias numerosas. También para estudiantes, siempre y cuando no superen los 25 años. En un sábado cualquiera del mes de noviembre, el clima primaveral hace dudar sobre qué fecha marca el calendario. Pasada la barrera, una carretera forestal custodiada por árboles conduce, pendiente arriba, al Valle de Cuelgamuros, un rincón alejado de la gran ciudad que alberga un conocido Patrimonio Nacional.

No está permitido hacer fotos a la tumba de Franco

El Valle de los Caídos es un lugar silencioso y solitario. Grandes explanadas se extienden infinitas en el horizonte, hasta que el gris granito choca con el intenso verde que baña las vistas. Un espacio desnudo en el que los visitantes se advierten a cuentagotas. Una joven posa por los rincones ante la destreza del cámara que capta con ahínco sus movimientos. Tres amigos pasean tranquilamente. Dos niños corren hasta cansarse y las parejas aprovechan para sacarse fotos, ya que dentro de la Basílica están prohibidas.

Historia bajo tierra

Una vez en el interior, a la derecha, el detector de metales registra las pertenencias de cada uno y un guardia de seguridad avisa: “Guarden los móviles y las cámaras. Las fotos no están permitidas”. A la izquierda, una tienda de recuerdos con un único cliente. El ambiente es húmedo y huele a cerrado. Más de 10 cántaros de acero negro se disponen en lugares estratégicos. Su función: recoger las gotas de agua que caen sobre el misterioso templo subterráneo.

Las goteras invaden el interior de la capilla

Dos ángeles escoltan el vestíbulo de entrada que permite el paso a la nave central. Una gran verja negra separa el exterior de 8 tapices y 6 capillas que amenizan el camino al altar. Diez escalones conducen al esperado santuario. En él, dos lápidas históricas. Primero, el sepulcro del militar Primo de Rivera, bajo el rótulo José Antonio. Unos pasos más allá, el del caudillo, Francisco Franco. Vigilado por un gran Cristo con los ojos abiertos y por un guardia de seguridad que intenta pasar desapercibido sentado en uno de los bancos de la iglesia. En cuanto la luz de una pantalla móvil se enciende, su voz impacta en la gran cúpula semiesférica y retumba, exactamente, 14 segundos: “Fotos no. Apague ese móvil”. Las letras del dictador están poco visibles. Quizá el desgaste o la poca iluminación obligan a fijarse en el grabado. Una cruz y un centro de rosas blancas y rojas decoran cada una de las lápidas.

Un monumento cuestionado

La poca utilidad de un recinto de tales dimensiones se comenta entre los asistentes. Mientras, el vigilante llama la atención una vez más. Un selfie con la tumba de Franco es el objetivo de los allí presentes que buscan cualquier descuido para tomar la ansiada instantánea. La tensión con una pareja obliga al guarda a permanecer alerta. En vista de la situación, la gente se dispersa y abandona el lugar. A la salida el libro de reclamaciones suma una página más.

Este 20-N se cumplen 40 años de la muerte del caudillo

El sol proyecta una impactante sombra de la cruz católica más alta del mundo en el suelo del perímetro. 150 metros de altura visibles a 40 kilómetros. El funicular que permite visitar su base se encuentra en restauración y el restaurante solo tiene cuatro clientes. En el merendero, una familia despliega el pícnic sobre una de las mesas de madera al lado de un riachuelo, afluente del Guadarrama.

A la salida, cinco coches esperan la cola para acceder al valle. 52 kilómetros separan años de historia del ajetreo de la capital. La reconciliación de las “dos Españas” y el homenaje a los caídos en la Guerra Civil quedan lejos del día a día de los españoles. El 40 aniversario de la muerte de Franco se cuenta cuando la generación de sus bisnietos dispara el flash.

About Rocío Durán

Estudiante de 4º de Periodismo en Villanueva C.U

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