La “lección vital” de José Antonio Ortega Lara

“No hay que olvidar lo inolvidable”, decía José Antonio Ortega Lara. Y así, con paso decidido y sonriente, como alguien que ya lo tiene todo ganado -¡la vida!-, aparecía en el aula del Centro Universitario Villanueva, donde podía oírse el silencio. Nadie quería perderse la entrada de un hombre que, en palabras del periodista de EL MUNDO Fernando Lázaro, “había marcado un antes y un después en la historia de España”, y que proporcionó una valiosa “lección vital”.

Todos conocían de sobra la historia de Ortega Lara, el funcionario de prisiones secuestrado por la banda terrorista ETA en 1996. Pero pocos conocían a José Antonio, aquella persona que había aprendido a perdonar a los terroristas que le habían robado dos años de vida en un zulo de 2,40 metros de ancho por 1,70 de alto. “Yo creía que sería sencillo perdonar, pero me llevó 15 años”, admite con una entereza que a la audiencia se le antojaba imposible. “El perdón es una regla básica que te hace más feliz, cuando llevas ese odio dentro, te afecta a ti y a las personas que están a tu alrededor”, confiesa, y añade que si tuviera delante a uno de sus secuestradores, el ya fallecido Josu Bolinaga, le diría que “al fin le conseguí perdonar, no olvidar”.

Con una naturalidad contagiosa contestó a todos los alumnos que, impacientes, querían saber más sobre su historia. “Queréis saber cuáles son las patas del banco que te mantienen vivo, ¿verdad?”, bromeaba. Acto seguido enumeró sus tres grandes apoyos: la familia, las creencias religiosas y lo que él llama “el método”. “Yo tenía el alma y el cuerpo destrozados pero me obligaba a mí mismo a hacer una serie de rutinas que aunque no me gustaban eran necesarias. Nunca dejé la higiene personal y la oración”, confesaba.

[La entrevista en vídeo a José Antonio Ortega Lara]

Las sonrisas también fueron bienvenidas cuando recordó con cierta ironía que aquel 17 de enero en que fue secuestrado “era también el día del patrón de los animales”, añadiendo que “jamás se nos pasó por la cabeza la posibilidad del secuestro, hasta que aquel día me apuntaron con una pistola, me amordazaron y me llevaron a Mondragón”.

“Me pregunté por qué a mí mil veces, pero no había una respuesta”

Los presentes miraban con admiración a un exfuncionario de Prisiones que relataba con una entereza admirable cómo habían sido esos 532 encerrado bajo tierra. Su rostro entonces cambió radicalmente y, con los ojos empañados, contó que aquel sufrimiento y desesperación le había llevado a pensar en una cosa durísima para un cristiano: “Llegué a planear mi suicidio, que para un creyente es lo peor. Me emociono porque estas cosas no son fáciles de contar, pero no me avergüenzo”.

Para Ortega Lara la vida se paralizó una tarde de 1996 sin entender muy bien por qué. “Me pregunté por que a mí mil veces, pero no había una respuesta”, recuerda. “Pensar en lo que estabais haciendo hace dos años, pensar cuantas cosas han cambiado desde entonces”, invitaba a reflexionar.

Para Cayetano Gónzalez, periodista, exdirector de comunicación del Ministerio del Interior y profesor del Centro Universitario Villanueva,“José Antonio Ortega Lara es un héroe del siglo XXI, que resistió 532 días a la sinrazón del terrorismo”. Además, quiso recordar la importancia de que los jóvenes conozcan la historia de su país y más concretamente la historia del terrorismo.

“Tienes que volver a retomar el tren de la vida”

Ortega Lara no dudó en quitarse protagonismo y poner el foco en las víctimas que ya no están y a las que sus familiares nunca vengaron: “Sus proyectos de vida quedaron truncados, pero sus familiares nunca han actuado con espíritu revanchista, sino solamente en demanda de la justicia y de la memoria que como personas merecen”.

Una lección de vida

El destino parecía querer que ese día José Antonio Ortega Lara cambiase un poco la vida de los presentes. Entre las peticiones que la víctima de ETA lanzó al auditorio había una especialmente llamativa: “Siempre que podáis, donad sangre”. Casualmente un camión del Centro de Transfusiones esperaba, esa mañana, en la entrada a jóvenes voluntarios que finalmente acudieron incitados por el invitado.

Aquellos años en los que permaneció secuestrado dejaron una gran huella en él, que transmite allí a donde va. “Mi secuestro me ha enseñado a ser más humilde, a ser más empático con los que sufren y a fijarme en más cosas no solo en lo material, pero también me ha vuelto mucho más desconfiado. No fue fácil, pero como me dijo mi cuñado: tienes que volver a retomar el tren de la vida”, finalizaba.

El encuentro lejos de dejar indiferente a nadie, hizo reflexionar a los asistentes que, en palabras de un alumno del centro, “enseñó que incluso de lo malo se pueden sacar cosas positivas, se puede perdonar y se puede seguir adelante”.

(Con información de Fátima Gracia)

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