La justicia del cambio.org

Tenía 15 meses cuando una vacuna en mal estado cambió su vida. Hoy, Sergio, de 21 años, sufre tetraparesia y solo puede mover con facilidad una mano. Por tanto, vive en una silla de ruedas propulsada y solo puede comunicarse con su entorno con ayuda de un ordenador y un altavoz. No obstante, desde hace varios meses, su calidad de vida, y la de sus padres, ha empeorado: la Seguridad Social ha suspendido el tratamiento que al que llevaba sometido más de 5 años con buenos resultados por considerarlo muy caro.

De haberse dado esta situación hace varios años, la familia de Sergio se vería en una situación de la que les resultaría bastante difícil salir: serían un caso más de David contra Goliat, de ciudadanos luchando contra las administraciones para cambiar algo que no solo consideran injusto, sino que les afecta de una forma directa y pesonal. Ahora, Internet les ayuda y, en la versión más democrática de la revolución digital, plataformas como change.org hacen posible que su voz pueda ser oída por muchas más personas y, sobre todo, por aquellas que tienen poder para cambiar las cosas.

Esta página, fundada en 2007 por Ben Rattray y Mark Dimas en California, permite a cualquier persona realizar cualquier tipo de petición con el fin de generar un cambio social. La mecánica es simple: un ciudadano preocupado por un tema elabora una petición y solicita a los usuarios de la página (y al conjunto de la ciudadanía) que firme a favor de su iniciativa.

No obstante, change.org no persigue que todo lo que se publique en su espacio se convierta obligatoriamente en ley sino que pretende crear el suficiente ruido mediático y social como para llegar a influir en aquellas personas que pueden ejercer el cambio para mejorar la vida de aquellos que iniciaron la petición.

Anorexia, cárceles y libros de texto

Esto ha sido posible gracias a más de 75 millones de usuarios en más de 196 países y un equipo de 150 trabajadores en 18 naciones. En España, la web recibe más de 150 peticiones nuevas al día y cuenta con  alrededor de 6 millones de usuarios.

Datos como estos avalan la plataforma, en cuya lista de éxitos encontramos una petición contra el desorbitado precio de los libros de textos, que ha llegado al Congreso, el regreso a España de una madre con cáncer de mama encarcelada en Bolivia o la regulación de la situación de familias que, ante la imposibilidad de hacerlo en España, acuden a otros países para tener hijos mediante reproducción subrogada.

Sin embargo, a pesar de haber conseguido numerosas victorias como estas, la página sigue en marcha y miles de iniciativas siguen abiertas: por ejemplo, podemos encontrar la encrucijada de una madre contra páginas web que fomentan la bulimia y la anorexia. Las descubrió después de que su hija le confesara que las había visitado y que había leído frases como “Consejos para vomitar sin que tus padres se enteren”. Hoy, esta iniciativa cuenta ya con más de 230.000 firmas.

Ejemplos como estos llevaron a Fernando Polo, director de change.org en España, a declarar, en una entrevista en “El Objetivo” de La Sexta, que la plataforma era “un altavoz para los ciudadanos y un auricular para los políticos”.

Change.org contra change.org

Sin embargo, la página no se ha visto exenta de polémica: entre otras cosas, se le ha acusado de permitir “hackear” el sistema de firmas para aumentar el número de estas que existen en una petición en concreto. Además, se le achaca no verificar los datos de las personas que apoyan a las iniciativas, lo que hace que las peticiones puedan verse como algo con menos fundamento de lo que a la página (y, sobre todo, a los solicitantes) les gustaría.

Asimismo, una duda lógica que cabe plantearse ante esta plataforma es: ¿cómo se sostiene? ¿Cuáles son sus fuentes de ingresos? ¿Es realmente tan desinteresada como nos quiere hacer creer?

Según declaró Polo en una entrevista a lainformacion.com, la página sigue un modelo similar a YouTube. Esto es, permite la publicación de contenido de forma gratuita pero también cobra por promocionar ciertos enlaces y darles mayor visibilidad. Así, esto suele suceder, sobre todo, con ONGs, no con ciudadanos independientes, y hace posible que cuando alguien firma una petición sobre algún tema en concreto, la página le invite a adherirse a una causa relacionada impulsada por la ONG que ha pagado ese patrocinio.

De esta manera, la moralidad de la empresa (que, al fin y al cabo, es lo que es) podría quedar en entredicho y hacer que change.org se aleje de la imagen de desinterés y búsqueda de una mayor justicia social que persigue.

Tanto es así que, en un ejemplo de ironía, y de transparencia por parte de la página, existe una petición que pide el cierre de la plataforma, acusándola de enriquecerse a costa de “calmar tu conciencia y no conseguir nada”. Además, la iniciativa defiende que change.org propicia la apatía de la población e instaura un modelo de queja social mucho más cómodo (“a golpe de clic”) y que se aleja de lo que opina que relamente tiene resultado: la movilización ciudadana. De hecho, sostiene que aquellas iniciativas que han tenido éxito han venido respaldadas por protestas en las calles y no solo por clics desde el sofá.

Pero las victorias que se han conseguido gracias a change.org respaldan a una plataforma que ayuda a mejorar la vida de personas como Sergio y su familia, con quienes 171.281 firmantes ya están de acuerdo.

About Javier Pérez Santana

Estudiante de 4º de Periodismo y Comunicación y Gestión de Moda en C.U. Villanueva

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