Universitarios que recogen la uva

Finales de septiembre. Las maletas preparadas para viajar Oviedo. Allí, Alejandro se prepara para ser empresario, algo para lo que solo le quedan dos años. Entre todos los recuerdos de este verano, las tardes de piscina y sol, queda otro recuerdo menos común entre su grupo de amigos, la viña. La necesidad de pagar la carrera de Administración y Dirección de empresas y una vida fuera de casa es lo que ha llevado a este joven de 21 años a agacharse en la viña a recoger uva.

El de vendimiador no es el único trabajo que ha desempeñado en los últimos meses: entrenador de baloncesto de niños y profesor de clases particulares son los otros trabajos que Alejandro ha desempeñado, ya en la ciudad.

“Conoces a mucha gente, pero es un trabajo muy duro”. Es la conclusión de una semana de trabajo del primer protagonista, Alejandro Crespo. Más allá del dinero, este universitario busca una experiencia nueva, conocer el trabajo que ya hacían sus padres y abuelos es el otro motivo que lleva a este joven a saltar a las viñas. “El dinero me hacía falta, pero este trabajo tiene un encanto especial a pesar del duro esfuerzo”, asegura Alejandro.

Los vendimiadores, también universitarios

Mientras sus amigos han disfrutado de los últimos días de vacaciones, para él, septiembre se ha convertido en el mes de la uva y en una oportunidad para ayudar en casa con los gastos de los primeros meses de universidad.

Mayores de 45 años y extranjeros es el perfil de los compañeros de trabajo en las viñas en las que ha trabajado Alejandro.Pero entre toda esa gente cada año se cuela algún joven al que, en la mayoría de los casos, como en el de Alejandro, la necesidad le lleva hasta las cepas.

“El dinero me hacía falta, pero este trabajo tiene un encanto especial”, confiesa Alejandro

Nicolás Postigo,  un joven vendimiador al que le mueven otros motivos, la familia, pisa el barro de la viña con los zapatos de moda, que volverán al asfalto de la ciudad con restos de tierra, y posa ante la cámara junto a los racimos vistiendo camiseta  de una marca internacional propia de un joven que ha crecido entre edificios, pero que jugaba entre las cepas.

Esta es la imagen de contraste de otro joven vendimiador que vive este trabajo sin perder el aspecto de un universitario  de ciudad. En su retrato, campo y tradición se unen con los gustos de un joven de la era de la tecnología.

El trabajo, muy duro

Tomás Postigo, el padre de este joven, es el dueño de una bodega en la provincia de Valladolid. El jugo de la vid es algo que este veinteañero conoce desde que era pequeño y lo que empezó siendo tradición familiar ahora ya es por gusto.

“Mi relación con las viñas viene dada por la familia -relata Nicolás Postigo-. No obstante, no es el principal motivo por el que la vendimia me gusta, estudio un grado superior de vitivinicultura en la Escuela Enológica de San Gabriel”.

Para este joven, que ha crecido entre las cepas viendo cómo cada año se hace el mismo trabajo y siempre con el mismo cariño y las mismas ganas, lo mejor de la vendimia es “que en unas pocas semanas, el trabajo hecho por el viticultor durante todo un año dan ya por fin sus frutos, nunca mejor dicho”. Y lo peor, como para todos, asegura que es el trabajo físico.

Son muchas horas de desgaste y de acabar el trabajo a unas horas que a poca gente le gustaría acabar de trabajar.

Un día en la viña

Nicolás relata cómo es un día en la vendimia. Jornadas de trabajo de más de 8 horas, lo que supone, en muchas casos, empezar cuando sale el sol y acabar cuando ya hace tiempo que se ha ido.

Según Nicolás, que ha crecido en las bodegas, “el trabajo en la viña no es muy complicado, ya que consiste solo en recoger la uva”, cuenta entre risas. Nicolás que explica que lo difícil comienza después al llegar a la bodega para empezar a tratar el producto recogido en la viña.

Por una semana de trabajo obtienen cerca de 300 euros, lo que supone un alivio para muchos

Cuando se sale de la viña la uva tiene que pasar los controles del Consejo Regulador de cada comarca. Después, viajará hasta la bodega donde se someterá a otros controles propios que puede realizar la bodega para garantizar la máxima calidad de la uva. Se trata de asegurar que la uva que está entrando en esa bodega es la que se ha comprado, ya que no siempre hay trabajadores de la bodega vigilando que se vendimia en la viña, lo que se ha pedido.

El trabajo de los vendimiadores termina cuando la uva llega a la bodega, pero para Nicolás Postigo, miembro de una bodega, el trabajo continua durante todo el año. Una vez pasados esos controles, la uva y el mosto que se extrae se mete en depósitos, donde fermentará y el enólogo a lo largo del año comprobará el estado del vino y se harán distintas operaciones para que el vino salga de acuerdo con las normas de la bodega.

Son muchas horas en la viña por lo que al terminar la semana de trabajo se consigue una suma de dinero en torno a los 300€ que en el caso de los universitarios, como Alejandro, supone un alivio para los padres y para ellos la oportunidad de seguir formándose en carreras que en pocos casos tienen alguna relación con las viñas y el campo.

About María Rodríguez

Estudiante de 4º de Periodismo en Villanueva C.U.

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