Buenos Aires: historias que dan vida al mercado de San Telmo

Se despierta un día despejado, tan soleado que abrasa la piel. El calor aprieta en la ciudad porteña, y miles de personas madrugan para acudir a la Plaza Dorrego. Desde 1897, cuando se inauguró el Mercado, cada domingo acuden personas de todas partes para deleitarse con sus maravillas. San Telmo, barrio colonial de Buenos Aires, esconde una de las ferias más grandes del mundo, comparable a la londinense ubicada en Portobello Road, o la del barrio de Lavapiés en Madrid. El bullicio, los colores, los olores y los artilugios de segunda mano hacen que la calle Defensa cobre vida en todos los rincones de sus 1.200 metros cuadrados. Gran parte del alma de la Argentina se encuentra en este lugar, permitiendo dar un recorrido por su historia.

Durante sus primeros años de vida, el barrio fue el nido de los trabajadores portuarios, ya que la calle principal (actualmente Defensa) estaba conectada a la ribera del Riachuelo. En el hueco del Alto se realizaba la parada de los carros de mercadería, por lo que fue bautizado como la plaza del Comercio. Años más tarde, tras haber sido jurada la independencia firmada en Tucumán la renombraron General Dorrego y establecieron el Mercado que se conserva hoy en día.

Edificio histórico

En el número 961 de la calle Defensa, atravesando una pequeña puerta enrejada, se encuentra el Mercado de San Telmo, construido con vigas de hierro, chapa y piezas de vidrio. El estilo adoptado por Giovanni Antonio Buschiazzo, el arquitecto que lo construyó, recuerda a la Torre Eiffel de París por su sobriedad y simpleza. En su interior conviven los locales originales de venta de frutas, verduras y carne con los recién inaugurados locales “vintage”.

“La mejor forma de homenajear a un cantante fallecido es imitarle“

En el corazón del emplazamiento se encuentra el Café del Mercado, donde las dueñas de las tiendas de ropa y bolsos intercambian historias y cigarros. Durante la visita, dos camareras comentan que lo más consumido es una botella de Quilmes.

Tango en la calle

Saliendo por la puerta que da a la calle Bolívar el ambiente se transforma. Comienzan a sonar tangos y taconeos, y los productos artesanales van tomando el lugar de las antigüedades. Sombreros panameños hechos a mano, maletas de piel, sandalias y mates compiten con raquetas de tenis, sifones, teléfonos, matrículas y lentes de los años 50.

Entre las tiendas y puestos se encuentra un “viejo argentino”, que a fuerza de cantar sus canciones trata de revivir a Gardel. Según él, “la mejor forma de homenajear a un cantante fallecido es imitarle“. Todos los domingos desde hace varios años toma su guitarra, su traje y su sombrero y se dirige a San Telmo, donde decora una esquina con fotos suyas de joven, varios letreros y deleita con los mejores tangos del cantor. Muchas personas se acercan a él para sacarse una foto, tomar un vídeo o darle unos pesos. En uno de sus carteles se puede leer “Carlitos cada vez canta mejor” haciendo alusión a la famosa frase creada por Julio Jorge Nelson, locutor de radio y fanático del Zorzal Criollo que tuvo mucha influencia en la difusión de su música.

Al son del “tango canción”, el zumo de naranja recién exprimido es lo más cotizado en las calles del mercado San Telmo en un día soleado y caluroso de verano. En la esquina de Bolívar con Carlos Calvo, una pareja de ágiles ancianos hace competencia a la representación de los más dóciles bailarines de tango. Bien vestidos y pulcros, él con chaleco y ella con tacón y falda, bailan al ritmo de una música que suena en vivo.

El negocio del cambio

Además de estas melodías, sobre los adoquines también se oyen voces regateando, pidiendo una pequeña rebaja o un descuento. Esta escena típica en las ferias es la rutina de Hugo, un vendedor de maletas y bolsas de piel, quien se muestra muy firme en sus precios. Debido a la fuerte inflación que afecta a la capital argentina y a las restricciones del gobierno, se ha creado un mercado negro de cambio de moneda.

En una casa de cambio oficial el dólar equivale a 8,5 pesos argentinos, mientras que en la calle Florida se ofrecen hasta 14 pesos. “Cuando viene un extranjero preguntando si puede pagar en dólares no le aplico el mismo cambio que en la calle, porque ya sé que me va a pedir un descuento”, explica. Las maletas de Hugo son piezas únicas, restauradas con sus propias manos y sacadas de mercadillos benéficos o parroquiales: “Mi trabajo consiste en viajar y visitar todos los mercadillos posibles, para encontrar estas piezas de segunda mano que luego trato y restauro en mi casa”.

About Susana Lahore

Estudiante de 4º de Periodismo de C.U.Villanueva

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