“A mí no me tienen que integrar, tienen que contar conmigo”

Gonzalo tiene 28 años y una discapacidad reconocida del 84 por ciento. Para muchos, no hace falta ver más allá de su silla de ruedas. “La gente te mira, porque eres algo que no están acostumbrados a ver”, explica. Sin embargo, su parálisis cerebral espástica le define poco. Para él, es su “compañera de viaje”: “No molesta, pero te recuerda que está ahí desde el momento en que te levantas cada mañana”. Pero bastan dos minutos de conversación con él y redirigir la mirada -de las ruedas que sólo le llevan, hacia una sonrisa que le caracteriza- para darse cuenta de que vive la vida con optimismo: “A fin de cuentas, es mi reto personal”.

“El mundo te entiende, pero no te comprende, porque para comprenderlo hay que vivirlo”

Cuando recorre las calles de Madrid, no duda en meter quinta en su silla motorizada para llegar puntual a tomar una cerveza con algún amigo. Y es que tiene muy claro lo que quiere: “Cuidar de los míos y disfrutar de la vida”. Gonzalo explica que su discapacidad le ha ayudado a delimitar sus metas, a vivir más intensamente y a quitarse a “los tontos” de alrededor. “Sé lo que tengo, adónde quiero y puedo llegar y con quién quiero hacerlo. El que se quiera subir a mi tren que se suba, y el que no que le dé a la parada”, afirma.

“No me tienen que apartar, yo compito contigo”

A veces para en seco, mira un nuevo restaurante que acaban de abrir en su barrio y, después de comentar que se lo han recomendado mucho, señala los tres escalones de su entrada. Se encoge de hombros: “El mundo te entiende, pero no te comprende, porque para comprenderlo hay que vivirlo”. Entonces su mirada se endurece y empieza a escupir verdades: “No nos quieren tener el mundo. Nos quieren tener en sitios fijos, que yo considero aparcamientos: con el baberito puesto y chupando del sistema. Porque así el padre no piensa, la madre no piensa, y el hijo discapacitado dentro de lo que cabe está contento porque se lo hacen todo. Es muy sencillo ¿qué les sale más barato? ¿Hacer 150 centros para minusválidos o adaptar viviendas, autobuses, aceras, centros de trabajo…?”.

Gonzalo habla como un espíritu libre, aun siendo muy consciente de sus limitaciones. Después de haber tratado de emprender un par de veces y haber trabajado en varias empresas, sabe que no encaja en el mundo laboral. Sencillamente porque no le gusta cómo le quieren encajar: “Fíjate en el tanto por ciento de empleados con discapacidad que la ley obliga a contratar a las grandes empresas. A mí no me tienen que hacer un cupo, no me tienen que apartar. Yo tengo que competir contigo”, dice con una sonrisa desafiante.

Atardece en la capital. Gonzalo rueda por la acera como uno más entre tantos, que le dejan pasar con prisa, mientras las luces de los coches disparan destellos momentáneos. “Lo que más me cuesta es saber que por mucho que haga nunca iré por la autopista, siempre iré por la vía de servicio -se lamenta-. Los demás coches cogen 200 kilómetros por hora, yo cojo 70. Pero claro, así es una sociedad avanzada como la nuestra: todos vamos corriendo y yo tengo que amoldarme. Sé que llegaré más tarde y que me tendrán que esperar”.

Valorar su precio

Sin dejar de lado la buena intención que se presupone, Gonzalo comenta que la sociedad se llena la boca con palabras como ‘integración’. Con gesto de desilusión y casi para el cuello de su camisa repite la palabra Integración. Entonces, con cierto enfado expresa: “Oiga, yo soy español, he nacido en una familia española, vivo en este país… a mí nadie me tiene que integrar. Tienen que contar conmigo”.

Se hace tarde y Gonzalo se dirige a la parada de autobús, pensativo, como si le faltase algo importante que decir y no encontrase el momento. De repente, un amigo le abraza por detrás y se para a saludarle. “Perdona que no me levante”, le dice Gonzalo riendo. Cuando esta persona se marcha, Gonzalo, iluminado ahora, se arranca convencido: “Lo que tengo muy claro es que este camino que vivo cansa, se disfruta y me da la oportunidad de hacer a los demás felices. Si me fijo en las familias que no quieren a sus hijos discapacitados, que los dan en adopción o los quitan del medio, me doy cuenta de que yo he podido vivir mi historia. Y mi historia, pese a muchas lágrimas, también ha tenido muchas risas. Ha merecido y merece la pena”.

Llega el autobús. La rampa habilitada para discapacitados físicos se despliega hasta la acera y las miradas, con un toque de incomprensión, se vuelven hacia Gonzalo. Él guiña un ojo y se despide, en un susurro: “Sé que hay gente que piensa que nuestra misión en la vida vale menos, pero creo que simplemente no saben valorar su precio”.

About Almudena Calvo

Antigua alumna de Periodismo y EBS en la Universidad Villanueva

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