Urgencias “sin urgencia”

La noche en las Urgencias del Hospital de Guadalajara (en pie desde enero de 1981) comienza tranquila. La sala de espera acoge a menos de diez personas y, sin duda, los que más reclaman los servicios sanitarios “de urgencia” son los niños.

“En los 12 años que llevo trabajando he visto cosas que me gustaría no haber visto”

La “sala de triaje” (en la que se clasifican los pacientes en cuatro niveles según la gravedad) recibe embarazadas con ansiedad, jóvenes con hipertensión o un anillo atascado en el dedo anular… Pocas urgencias para ser el emplazamiento al que acude la gente cuando sus “problemas” no pueden esperar a la consulta rutinaria.

Situaciones extremas

¿Cómo se vive una noche en urgencias?  El turno nocturno cansa,  dura diez horas y el tiempo lleva velocidades dispares, a veces pasa lento, a veces las horas se convierten en segundos. En “la salita” (habitación donde el equipo médico cena y descansa) abunda el café, que será un fiel compañero durante la noche.

Este grupo de trabajadoras aguanta situaciones extremas, desde pacientes con falta de aseo hasta la agresividad de jóvenes que llegan con intoxicaciones por alcohol o drogas y que intentan agredirlas. Llegan dos casos de pelea callejera en los que los protagonistas presentan un estado de embriaguez y hablan sin respeto a las trabajadoras del Hospital.

“Estamos aquí para ayudar a la gente y muchas veces, viene gente borracha o agresiva que nos insulta o nos intenta agredir. Tenemos que aguantar muchas cosas”, explica Ana, auxiliar de enfermería.

“A mí me quiso agredir un chico en estado de embriaguez y tuvieron que agarrarle porque me pegaba”, sigue la conversación Vanesa, enfermera.  “Yo he visto cosas en los 12 años que llevo trabajando que no me gustaría haber visto”, comenta Elena.

La conversación se trunca cuando entran dos Unidades de Vigilancia Intensiva (UVI). Cinco personas del SAMUR traen a dos ancianos con problemas de corazón.

La antesala de la muerte

A pesar de que la noche está siendo “calmada”, todo se trunca cuando aparece un paciente (cuyo anonimato se preserva por respeto a su intimidad) con una enfermedad oncológica terminal.

El equipo intenta poner todos los medios para que salga adelante pero entre compañeros se miran sin esperanza: “Se va a morir…”, comenta una de las enfermeras que le está atendiendo.

“Esto es lo que vivimos, lo que sentimos, este hombre es un ejemplo de lo que es la antesala de la muerte, ver agonizar a alguien hasta que se apaga” explica Elena .

En el pasillo su mujer y su hijo con la mirada perdida esperan noticias nuevas. “Nos íbamos a ir mañana de viaje…”, comenta la mujer. Elena explica las fases del “duelo” frente a una muerte: “Primero está la tristeza, luego la negación, después viene la ira y luego la aceptación.Si cumples esas cuatro fases todo estará bien. El problema comienza cuando te quedas estancado en una de esas fases.”

El ébola, el tema más hablado

Son las 2:15 de la mañana y es la hora de la cena para este equipo de trabajadoras. En “la salita” el tema más comentado entre las empleadas es el ébola, la preocupación se palpa en el ambiente y las quejas afloran entre las compañeras del Sescam: “Dicen que nos dan cursillos de hora y media pero es que no dura ni 40 minutos y nos lo impartieron a las 8 de la mañana, después de haber estado 10 horas trabajando”, clama una enfermera.

“¡Ya hemos visto los monos (EPI), vienen al vacío!”, comenta una auxiliar. “Por lo menos los trajes ya no son una bata abierta por detrás”, bromea otra compañera.

“Vamos a probarnos el traje”, dice una del equipo. Todas salen detrás de ella hacia la habitación en la que se encuentran los monos. Mientras una se lo coloca las demás van aconsejándole: “Primero las gafas”, “¡No, la mascarilla por encima!”, “¡Abróchate bien el mono!”.

La broma se acaba en el momento en el que el equipo ve la dificultad que conlleva ponerse un EPI sin tocarse ninguna zona, “¡Es imposible no tocarse la cara!”, dice la que se lo está probando. “Si los militares necesitan cursos de meses cómo es posible que nos den cursillo de 40 min, en ese tiempo no podemos aprender”, se indigna una enfermera. Los conocimientos que tienen son tan básicos que los han adquirido de un impreso de unas 6 hojas en las que se muestra “el protocolo” del ébola.

Son las 8 de la mañana y el cansancio se nota. Los bostezos, el picor de ojos y los estiramientos forman parte de la despedida de este turno nocturno que, sin duda, deja un buen sabor de boca. “Imagínate cuando se nos muere un niño, nos vamos a casa destrozadas”, comenta Ana mientras se quita el pijama y se pone la ropa. Todas esperan ansiosas que llegue la compañera que les hace el cambio para poder irse a casa a descansar. Ya ha pasado un día más al servicio de los demás.

About Andrea Peña

Estudiante de cuarto de Periodismo en el C.U.Villanueva. Actualmente becaria en La Razón.

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