Sor Almudena fabrica un “Cachito de cielo”

Son las 8 de la mañana del último domingo de verano.  El silencio y la tranquilidad del ambiente que se palpa en las calles de Madrid, donde los más madrugadores acuden a comprar el periódico o desayunan en las cafeterías más lujosas de la Milla de Oro, choca con el bullicio de la calle Monte Esquinza, tan sólo unas manzanas más allá. Allí se sitúa la obra social de Cachito de Cielo, un comedor de las Religiosas Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada que cada día ofrece más de 300 desayunos a personas sin recursos.

En las puertas del comedor aguardan más de 100 personas en fila, que esperan ordenadamente a que el centro abra su portón. Algunos son habituales, otros llegan por primera vez intentando ocultar la sensación de vergüenza y felicidad que dicen sentir quienes han vivido una situación así . En el interior, una docena de voluntarios de todas las edades sigue las instrucciones de Sor Almudena. Tiene 78 años y lleva más de la mitad de su vida dirigiendo esta obra social. Ataviada con su hábito gris y con una sonrisa constante lo mismo hace bocadillos que recibe a los asistentes o friega las mesas.

El café es lo de menos

Bocadillos de jamón de Jabugo o salmón, pasteles y bollitos de leche -todo ello donado por las pastelerías Mallorca-, yogures, fiambre y café constituyen el menú del día. Octavia, una de las voluntarias, calienta el café. Esta madrileña de 47 años trabaja como secretaria en Endesa de lunes a viernes y acude los fines de semana al comedor y explica que llegó más de un año y les dijo: “Tengo una cabeza, dos manos y muchas ganas de ayudar”, y desde entonces no ha parado.

“Yo siempre he hecho dos trabajos. Uno para ganar dinero, porque es necesario para vivir, y otro para que la vida no se me vaya sin hacer nada, para sentirme útil. Si has pasado por aquí sin hacer nada, ¿qué mérito tienes?”. Tavi es vitalista, alegre y conoce los nombres de la mayoría de los habituales del comedor. “Soy una charlatana, hablo con todos y tengo un montón de novios. Creo que aquí nadie viene solo a por un café. Vienen por una sonrisa, por conversar. Intento darles una chispilla y que vean que te preocupas por ellos”, matiza.

Cuando el reloj marca las 10 de la mañana son más de 350 las personas que aguardan a las puertas. Alberto es el encargado de abrir el portón y gestionar la entrada de los asistentes. Este joven nació con una discapacidad psíquica que le impide tener un empleo remunerado, sin embargo, su labor en el comedor es imprescindible. Él se encarga del orden y de organizar las tandas de desayunos. Sino, sería imposible dar cobijo a todos. El primero en entrar es Luis, ha sido el más madrugador. Salió a las 6 de la mañana de la Cañada Real, donde duerme cada noche para llegar pronto y poder desayunar. “Aquí nunca me han negado nada”, explica agradecido.

Un milagro diario

Carmen es periodista y acude cada domingo al comedor con Pedro, su marido desde hace 28 años.

“Esto es un milagro diario. Es la multiplicación de los panes y los peces cada día. Parece que se va a acabar, pero nunca se acaba”

Pedro explica que lo más llamativo de esta Obra son las Hermanas: “Tienen gestos de caridad tremendos. En alguna ocasión se ha acabado el pan y las Hermanas no dudan en dar el que tienen ellas para comer”. El matrimonio lo tiene claro, su principal motivación para madrugar cada fin de semana y acudir al comedor después de una dura semana de trabajo es la caridad, creen que su fe no puede quedarse en solo en palabras y que son necesarias las obras: “Dios está detrás de todas esas personas. Te das cuenta de que hay que tocar con las manos el hambre para conocer el problema de las desigualdades. Esto es realmente muy poco, a mí me da hasta vergüenza decirlo porque tenía que hacer mucho más”. Pedro asiente ante lo que su mujer cuenta a cuv3 y matiza que ” al final, lo que ves detrás de todo esto es que la bondad infunde amor“.

Sin perder la esperanza

“¿Alguien me puede dar un poco de jabón, por favor?”, pregunta Sergio. Este peruano trabajaba en la construcción y hace seis meses se quedó en la calle. “Me fui a dormir a la Plaza Mayor porque hay mucha vigilancia y es donde me siento más seguro”. Sergio cuenta que nunca se había visto en una situación así, ni tan siquiera se imaginó nunca que podría haberlo. Su familia continúa en Perú y desconocen la precaria situación en la que se encuentra. Por eso, cuando ahorra un poco de dinero lo utiliza para llamarles, como hacía antes y que no sospechen nada. Estando en la calle se ha sacado el título de carretillero de la Comunidad de Madrid y no pierde la esperanza de encontrar trabajo. “Pienso que vendrán días mejores, Dios aprieta pero no ahoga”, afirma.

Son las 11.30 de la mañana. Las puertas de Cachito de Cielo deberían cerrarse, pero la cola no cesa. Aquí, como explicaba Alberto no se le niega nada a nadie. No ha sobrado nada, y si sobra algo, se guarda. Tavi recoge mientras nos cuenta que sus amigas le están esperando para irse a tomar un brunch y hacerse la manicura en Serrano. “Hay tiempo para todo”, aclara. En los alrededores todavía quedan algunos indigentes que, con una sonrisa en los labios y el estómago lleno emprenderán su camino hacia otro comedor en el que almorzar.

El instinto de supervivencia condiciona la vida del hombre, como condicionada está también la de los voluntarios que cada mañana dejan de lado sus quehaceres para colaborar. “Esto es un Cachito de Cielo en la Tierra“, matiza Sor Almudena. Verdaderamente lo es. El “cachito de Cielo”, la gloria terrenal y la felicidad colectiva de personas con vidas muy distintas pero un denominador común: todos ellos rebosan generosidad.

About Cristina Lanzarote

Estudiante de 4º de Periodismo y EBS en el Centro Universitario Villanueva

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