Allí donde el foie gras no se unta

Situada al otro lado de los Pirineos y repleta de pequeños pueblos medievales se encuentra la provincia de Tarn, una de las provincias menos conocidas del sur de Francia, que destaca no sólo por sus encantadores pueblos sino por su gastronomía basada en el vino, el champagne, los platos de caza y sobre todo el foie.

Su capital, madre del pintor Toulouse- Lautrec y bañada por el río que da nombre a la región, fue nombrada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco en el año 2010. La estampa de Albi desde el Pont Vieux hace que cualquiera se enamore de ella. La imagen de la Catedral, el palacio de la Berbie y el río son los primeros indicios de lo que esta ciudad ofrece a quienes deciden visitarla.

Uno de sus edificios arquitectónicos más representativo es la catedral de Sainte-Cécile, el mayor edificio de ladrillo del mundo, lo que la ha convertido en una de las catedrales más visitadas de Francia. Tras dos siglos de construcción, la fortaleza sobresale y destaca entre el resto de edificios de la ciudad, convirtiéndose en protagonista indiscutible.

Pequeños pueblos, bonitos paisajes y una gastronomía excelente son las grandes ofertas de la región

Adentrándose por sus callejones del casco histórico se encuentra la Colegiata de Saint-Salvy con un campanario que se puede oír desde  casi cualquier punto de la ciudad. Entre los imprescindibles de esta ciudad se encuentran los museos de Lapérouse o el de Toulouse Lautrec, este último situado en el segundo edificio más emblemático de Albi, el Palacio de la Berbie.

Pero esta ciudad no es solo una catedral y un par de museos. Lo que al final atrapa al visitante son sus numerosas calles peatonales repletas de edificios de ladrillo naranja que con la caída del sol alcanzan un rojo intenso. El ambiente de gente paseando y cafés abiertos a todas horas. La gente entrenado y saliendo del Marché Couvert, con un aire al Mercado de San Miguel pero con la esencia de un mercado tradicional. Y sobre todo las innumerables tiendas especializadas en foie, para cocinar, para untar, en bloc, 100% de canard o mezcla son algunas de las infinitas opciones.

La Florencia francesa

La otra visita indispensable en esta región es Castres donde ninguna ruta se olvida del río Augut, que cruza la ciudad de norte a sur. Los paseos por sus orillas tienen sabor a Italia, y es que las casas de la ribera del río no tienen nada que envidiar a las del río Arno que cruza Florencia.

Chocolatería Les Chocolats de Josépha, Castres
Chocolatería Les Chocolats de Josépha, Castres

El negocio por excelencia de esta pequeña ciudad son las chocolaterías. Las hay a puñados de todos los tipos, colores y formas. Entre ellas destaca Les chocolats de Josépha, una pequeña chocolatería ubicada en pleno centro. Fundada en 1830, el olor a chocolate invita a entrar desde la calle, y una vez dentro se puede ver a los maestros del chocolate crear las pequeñas obras de arte que se venden. Muñecos, frutas, animales… nada escapa a las manos de estos chocolateros.

Pero lo que más llama la atención en esta villa francesa a los españoles en concreto, es el museo de Goya, principal institución de la ciudad y segundo museo con más obras españolas en Francia, después del Louvre. Destaca no solo por la obra del pintor español, sino que se ha convertido en un museo de arte hispánico en donde se encuentran obras de pintores como Fortuny, Murillo, Sorolla, Picasso o Zurbarán.

Lo más preciado de la región

Sin ninguna duda lo más preciado de esta región no son sus ciudades más turísticas. Lo que de verdad la diferencia de otras regiones son aquellos pueblos en los que pocos turistas se detienen. Y Lautrec es uno de ellos. Considerado uno de los “plus beaux villages de France” este pequeño pueblo medieval se sitúa sobre una colina y está rodeado por extensas praderas. A él solo se accede a través de pequeñas carreteras que los cipreses que tienen a ambos lados hacen que parezcan interminables. En el no hay grandes monumentos, pero sus calles estrechas, sus escalinatas de piedra, sus casas de madera y su característico molino coronando la colina hacen de Lautrec un lugar único.

El olor de más de una decena de quesos franceses, los colores de una innumerable variedad de verduras enmarcan el ambiente del gran mercadillo de Mazamet. Grandes iglesias hacen ver lo que industrialmente fue este pequeño pueblo. Pero lo mejor de Mazamet no está en ella sino a sus afueras, y es que está rodeada de montañas que esconden impresionantes vistas de los pirineos y lagos fascinantes, lo que la convierte en el lugar idóneo para hacer senderismo.

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