Sobre los desvelos del luthier y su oficio

Interior de la tienda "El luthier de Ópera" (Foto: Javier Maceira)
Interior de la tienda “El luthier de Ópera” (Foto: Javier Maceira)

En la ciudad de Madrid, frente a la Plaza de Oriente, se alza la fachada principal del Teatro Real. Este emblemático edificio, que fue construido entre 1830 y 1850, muestra su fachada posterior a la plaza de Ópera que, como un claro en el bosque, sirve como punto de referencia para orientarse en el antiguo y misterioso barrio en el que se halla inscrita. Dando la espalda al teatro, si se escapa de la plaza por la calle Independencia, se pueden apreciar los primeros indicios que hacen tan peculiar a este barrio. En la bifurcación que parte Independencia corona la cima la Guitarrería Mariano Conde, y subiendo a mano izquierda, otros tantos comercios similares atestiguan que este es un barrio de artesanos.

Ascendiendo unos 100 metros, junto a un edificio rosado de pintura desconchada,  frente a la puerta del pequeño local que ocupa el número 2 de la calle Espejo, un joven se despide satisfecho de otro hombre de mediana edad que lleva delantal de trabajo. Estrechadas las manos, desciende la calle por el suelo adoquinado empujando una enorme funda de contrabajo color blanco con señas de una empresa de transporte extranjera, y se pierde entre el nudo de la calle Espejo y la calle Independencia.

El “Luthier de Ópera” lleva casi 20 años reparando, alquilando y vendiendo instrumentos de cuerda

A su vez, el hombre empuja la puerta de madera y cristal del local y baja por los ocho escalones de baldosa granate que le separan de la cueva de madera que es su santuario. Una gruta urbana donde renacen de sus manos una y otra vez los bellos y anacrónicos instrumentos que fueran ideados hace más de 400 años en Centroeuropa. “El Luthier de Ópera” es un pequeño comercio que lleva alquilando, reparando, proveyendo a músicos de todas partes de instrumentos de cuerda artesanos desde que fuera fundado por Carlos Moreno en 1995.

Los primeros acordes

Moreno estudiaba ciencias económicas en la universidad cuando descubrió su verdadera vocación. “La carrera de económicas me resultaba muy fría. Cuando supe del oficio de luthier decidí apostar por ello”, asegura. Cuenta que la profesión de artesano es tan peculiar como inaccesible; actualmente existen repartidas por el mundo alrededor de 60 escuelas que ofrezcan este tipo  formación, y de éstas tan solo 15 imparten titulación de nivel superior. Así fue como hizo la maleta y estudió artesanía en Cremona (Italia) durante tres años.

Hoy, a sus 41 años de edad, muestra orgulloso su trabajo, aunque habla con cierta acritud del pasado porque “cuando eres aprendiz te tiras casi un lustro cargándote instrumentos hasta que adquieres verdadera experiencia”. De sus primeras obras cuenta que se deshizo lo mejor que pudo: “Una vez invité a venir a un joven músico al que antaño había vendido uno de mis primeros violines. Ofrecí cambiárselo por uno de mayor valor y antigüedad, y éste aceptó”.

Tan pronto como tuvo el instrumento en sus manos decidió “…quemarlo, porque si hay algo que puede echar por los suelos la reputación de un artesano es la baja calidad de sus primeras piezas”. Además “cuando eres joven buscas reconocimiento por tu trabajo y sueles firmar todas tus creaciones, haciéndolas fácilmente reconocibles”, “Por fortuna, está pretensión se disipa con los años, comenta Moreno con cierto alivio.

Flanqueando la estancia, apoyados en las paredes de madera, violas, violoncelos y contrabajos aguardan a ser escogidos, (probablemente como recomendación de su creador a algún joven músico), para huir de su encierro y experimentar en sus cajas las primeras e imprecisas melodías. “Los instrumentos suenan mejor cuanto más tiempo son tocados”, asegura el artesano.

No hay dos instrumentos artesanos que suenen igual

Otros tantos cuelgan de los maderos que ordenadamente escalan hasta la bóveda, aunque estos tan solo decoran, a diferencia de sus hermanos pequeños, los violines, que en grupos de alrededor de 20 reposan en perfecta simetría junto a los extremos del local, suspendidos desde el techo por unos delgados garfios metálicos que abrazan sus mástiles. Los hay de diferentes modelos, nacionalidades, colores, y formas. “No hay dos instrumentos iguales. Cada uno de ellos tiene su propia alma”, comenta el artesano.

Carlos Moreno crea modelos de diversos tamaños, modernos y barrocos, copias de famosas piezas pertenecientes a destacados músicos y maestros luthiers, o basadas en el arquetipo estándar. “Lo frustrante de ésta profesión es que la forma perfecta ya está inventada”. Por eso “la creatividad está muy limitada a la hora de fabricar los instrumentos. Aunque quizá algo sí que se puede aplicar a los mástiles de las violas de gamba”, dice refiriéndose a las cabezas de bestias quiméricas y entrelazados vegetales de aspecto nórdico con que adorna bellamente algunas piezas.

Dedicación al oficio

Otro aspecto importante en la manufacturación de instrumentos musicales son los materiales. “Antes se utilizaban tripas de ternera y oveja para las cuerdas, ahora contamos con diferentes fibras que cumplen incluso mejor su cometido. Otros materiales no han cambiado, como los barnices y la madera”.

De esto último, el artesano destaca que “la obsesión del luthier es quedarse sin madera”, y asegura que tiene “más de tres toneladas de troncos escogidos curándose en casa”. Resulta particularmente curioso el proceso de compra de la madera porque, según afirma Carlos Morales, es el propio artesano el que selecciona cada trozo “a dedo”, y no es raro que un luthier viaje al extranjero para ello. “He llegado a volar a Hungría e incluso hasta África para obtener una única pieza de madera” asegura con voz de experto.

El cuidado que tiene el maestro luthier a la hora de determinar cuál será su material de trabajo tiene sus motivos: para empezar, la calidad final del instrumento depende en gran medida de los materiales empleados, “además de la pericia del artesano”, que dedica alrededor de 200 horas a cada pieza.

En segundo lugar, es imprescindible hacer cada elemento único y original, porque “ahora los luthiers competimos con el mercado industrial” pero, todo sea dicho, “los instrumentos producidos en serie no se acercan en calidad a los confeccionados a mano”. De éstos últimos, “podría decirse que tienen alma propia, ya que no hay dos que suenen exactamente igual, y esto sigue siendo un misterio incluso para nosotros” los artesanos, que al parecer “imprimimos parte de nuestra idiosincrasia en cada uno de ellos, al igual que hace el artista con el uso reiterado”.

Aunque si se está pensando en comenzar a tocar un instrumento de cuerda, quizá la opción industrial le parezca más rentable. Un modelo de fábrica cuesta alrededor de 400 y 600 euros, mientras que los precios de los violines del luthier oscilan entre los 7.000 y 9.000 euros, una inversión a tener en cuenta por los más veteranos.

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