Un rap a medida para cada viajero del Metro

Adán Ojeda y Pedro Aldimayo se encargan de arrancar sonrisas en el Metro
Adán Ojeda y Pedro Aldimayo se encargan de arrancar sonrisas en el Metro

Son las 19.00 horas de la tarde de un martes cualquiera. En la estación de Sol del Metro de Madrid, una de las más transitadas de todo el suburbano, el atronador ruido que puebla cada andén de la Línea 1 se va apagando paulatinamente una vez que el tren hace parada en su destino. Los transeúntes acceden, codo mediante, al interior del vagón.

Cierran las puertas.

Y suena una guitarra, que pelea insaciable por hacerse destacar ante la competencia del desconsolado llanto de un niño de apenas cinco años, mientras que el convoy surca las tripas ferroviarias. La madre, de mala gana, se afana en aplacar sus lágrimas mientras el semblante del resto de los presentes, cómodamente sentados, denota cierta amargura  al ver a dos músicos prestos a empezar un show.

“Siempre lo mismo”, masculla con ojeriza una anciana a su izquierda en un tono que al joven que porta una guitarra lo hace lucir una desafiante sonrisa. Lejos de amedrentarlo, logra aumentar sus expectativas. No es, como vaticinan, lo de cada día; es algo inusual, fresco y original. Están a punto de escuchar un rap de letra improvisada que su autor irá adaptando a lo que, de un solo vistazo, le inspire cada viajero.

La melodía fluye, y entre rima y rima la música va abrazando tus sentidos.  Son cinco minutos. Suficientes para meterse el bolsillo a los más recelosos. Poco a poco, el rígido músculo facial de la señora mayor afloja y aquel niño que gimoteaba sin cesar se olvida de sus problemas y saca a relucir su sonrisa más gigantesca. El objetivo está conseguido.

Conciencia urbana: misión fabricar sonrisas

Son una de las tantas historias que Adán Ojeda  y Pedro Aldimayo, ambos canarios, tienen en el imaginario histórico de sus largos paseos por el Metro de Madrid. Sus raíces pasan por el archipiélago canario pero no fue nada más que el destino quien los unió. Ambos eran músicos solistas que se ganaban la vida por el Metro. Se conocieron una tarde cualquiera sentados en un banco del andén de Pueblo Nuevo, una de las 32 estaciones que tiene la Línea 5 de Metro de Madrid. La ambición, los sueños y las ganas de construir un mundo mejor a través de la música se dieron la mano para no separarse. “Teníamos unas ideas comunes. Queríamos crear un movimiento a partir de la música y coincidimos”, revela Pedro Aldimayo, cantante, músico y compositor de varios singles. Se hacen llamar Conciencia Urbana y su única misión es fabricar sonrisas.

“Es un movimiento social en el que tratamos de concienciar a la gente de un cambio, de hacerte mejor persona a través de la música”, cuenta emocionado Adán Latino, nombre artístico, sin borrar de su cara una inmensa sonrisa. No es nuevo en el mundo de la música, pero nadie le ha regalado nada. Es autodidacta: con doce años comenzó a escribir sus primeras letras. Como dúo, no conocen los límites. Tienen marcado un camino: el que les dicta la conciencia. Tocan en hospitales de forma gratuita, hacen conciertos en centros de mujeres maltratadas y buscan con su música sacar de la rutina al viajero que se sube al metro de forma casi robótica hasta llegar a su destino.

Al son de la guitarra, describen al detalle la vestimenta, el gesto o los ademanes de cada viajero

El dinero no es el principal motivo por el que tanto Adán como Pedro hacen música en el suburbano. “Nuestro lema es fabricar sonrisas”, reitera Adán, que comparte una frase que un día Pedro le dijo: “No te juzga nadie más que la persona: tu tocas y si eres bueno, te dan una moneda”. “Si yo entro a un vagón y veo a una mamá con su niño pequeño durmiendo, pedimos disculpas y nos cambiamos de vagón directamente”, confiesan. La última intención con su música es la de incordiar. “Llegar al corazón e intentar hacer un mundo más feliz todo lo que podamos”, interrumpe Pedro en la explicación mientras que su amigo bromea: “Jesucristo era casi perfecto y no se llevaba bien con todos”.

Un rap improvisado para cada viajero

Trabajan entre 8 y 12 horas diarias arrancando sonrisas entre canción y canción. “Rapeo hasta que se me apaga el cerebro”, cuenta Adán, que dispara rimas rápidas y totalmente improvisadas en cada trayecto. Al son de la guitarra de Pedro, describe al detalle la vestimenta, el gesto o el comportamiento de cada viajero. “El chico va estudiando en carpeta, me coso y la chica agarrando su bolso, cuello afónico y la señora con su libro electrónico, en la puerta el señor lleva colgada la mochila y el coleguita que lo grabe que lo suba al Youtube”, apunta de un solo vistazo sobre una fila de cuatro asientos mientras que Pedro, guitarra en mano, ha calentado el ambiente al son de la música de Pablo Alborán o Efecto Pasillo.

Ensayan cada día aunque la parte de Adán siempre es improvisada. “Nunca sabes lo que va a pasar con la gente: te puede exigir que des más porque lo estén pasando muy bien y tu como artista te desvives; en otros momentos, la gente está más apagada y tú solo cumples”. Han logrado aunar con finura y acierto la música pop y rock con la velocidad que caracteriza un rap. “Cuadramos muy bien. Tenemos una muy buena fusión cuando sonamos juntos. Cuando empezamos a tocar, disfruto mil veces más”, dice Pedro. “La energía fluyó en cuanto nos conocimos”.

Destacan porque hacen algo diferente. “Y si alguien nos imita, haremos otra cosa distinta”, anticipan. “Tratamos de sacar de la monotonía a la gente. Están acostumbrados a oír tocar un acordeón. Más allá de lo económico, concienciamos que hay un cambio y que hay momentos para sonreír”, apuntan, destacando su filosofía: “Al mal tiempo, buena cara.”

Adán y Pedro pasan más de la mitad del día juntos. Cuando terminan las acciones solidarias que ejecutan, siguen dando forma a los sueños que recorren sus cabezas. Su último proyecto es el de editar un disco que los de a conocer dentro del mercado musical. “Vamos a grabar un documental que estamos llevando a cabo”, reconocen. Algo caro y difícil en un mundo que se ha derrumbado en los últimos años por la piratería y la falta de oportunidades a músicos jóvenes y/o emprendedores. No son los más ricos monetariamente dentro de su sector, pero ambos admiten que suplen esa carencia con la mejor moneda posible a pagar: “Somos millonarios de sonrisas y de alegrías”.

About Víctor Manuel Molina Pozo

Estudiante de 5º de Periodismo del Centro Universitario Villanueva. Twitter: @VictorMolina7

2 comments

Soy de Barcelona, estuve un fin de semana en Madrid y de casualidad estaban en el mismo metro que yo, nos sacaron una sonrisa a todas las personas que estábamos ahí, personalmente, casi me emociono al verlo, no quería bajarme en mi parada! Jajajaja. Estos dos chicos tienen un gran corazón y se merecen que apreciemos el trabajo que hacen cada día.

Sonreir es gratis, aun… Y si nuestras sonrisas son contadas, esta gente se merece que les guardemos una, por que son realmente increibles y por que ellos entran al vagon sin conocerte de nada regalandote una!

Deja una respuesta

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.