La emigración a Alemania es un cuento

comic
Viñeta representativa del éxodo de jóvenes cualificados (Marta Velasco)

Tienen estudios universitarios, hablan idiomas, son jóvenes, profesionales en potencia y tienen ganas de trabajar pero, pese a contar con la proporción áurea en cuanto a formación se refiere, no encuentran empleo.

Más de 960.000 jóvenes entre 16 y 25 años están en paro; 1,8 millones si contamos también  hasta los menores de 29. Esto quiere decir que por cada 100 que reúne las condiciones para estar trabajando, alrededor de 57 no lo están haciendo. Aunque el 43% restante tampoco puede cantar victoria, porque en su mayoría los contratos son temporales y con condiciones precarias.

Ante este panorama hay quienes sólo ven una salida: marcharse al extranjero. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2012 ya eran un total de 302.623 jóvenes españoles los que residían en otros países.

Con motivo de las recientes movilizaciones de jóvenes médicos y las declaraciones de la secretaria de Inmigración y Emigración que levantaron tanta polémica, un grupo de alumnos de 3º de Periodismo del Centro Universitario Villanueva ha querido plasmar la realidad de estos jóvenes a través de viñetas (como la que acompaña a esta crónica) y unos relatos cortos que tenían el éxodo de recién licenciados como tema principal.

Uno de los cuentos seleccionados ha sido el de esta redactora:

Billete de ida

Eran las 10 y media de la mañana, y mi estado de ánimo oscilaba entre intervalos nubosos y posibilidad de lluvias débiles. El vagón de metro estaba medio vacío, como cualquier día a esa hora en Madrid. Yo iba con prisas. A cada minuto miraba el reloj esperando que hubiera pasado solo medio, para encontrar que en realidad habían sido dos los que ya había perdido. 

En frente de mí, un bebé, apenas recién nacido, lo miraba todo con curiosidad. Sus ojos atrapando cada detalle como con ganas de comprender antes de tiempo el mundo. Su madre le miraba con ojos cansados y una débil sonrisa.

Vi a ese niño crecer; lo vi aprender a base de aciertos y errores, lo vi caerse y volverse a levantar. Vi a esa madre desesperar, sonreír, gritar, enfadarse, desvelarse, enorgullecerse… Vi a esa madre luchar.

Y sonreí.

Al fondo del vagón, un chico con gafas leía un enorme libro de anatomía, aunque más bien parecía que era el libro quien lo devoraba a él. Entré en su mente con cuidado y me encontré ensordecido por palabras que hablaban de miedo al fracaso y responsabilidades titánicas.

Volví a mirarle de nuevo y suspiré.

Rozando su codo con el mío, desde el asiento contiguo, se encontraba un hombre de mediana edad, pelo cano en las sienes y definitivamente, manos de fumador. La corbata le estaba haciendo pasar un mal rato desde hacía más de tres paradas, ajustándosele al cuello como si fuese una soga. Sujetaba su maletín con pulso firme y una fuerza desproporcionada que denotaban sus nudillos blanquecinos. Su vida estaba en ese maletín que tanto odiaba, dependiendo siempre de que alguien con más poder decidiera su labor prescindible y pusiera fin a sus luchas matutinas con la corbata.

Fruncí el ceño y me revolví en el asiento.

Súbitamente me di cuenta de que podía reconocer mis 25 años en parte de todo lo que había visto: la curiosidad y la esperanza del bebé, la determinación de la madre, el miedo del estudiante, el hastío del ahorcado.

El ciclo de mi vida.

El pulso se me aceleró. Sentí la falta de aire. Mi respiración se volvió más dificultosa. Y cuando llegué a mi parada me faltaron segundos para saltar del asiento y huir como si hubiera visto a la misma muerte.

Recordé al hombre. No quería terminar así.

Las puertas del metro se cerraron a mis espaldas e instintivamente miré mi mano, que había ido refugiada todo el tiempo en el bolsillo de mi abrigo, aferrada con puro pavor a un papel ahora un poco ilegible.

Mi ritmo cardiaco volvió poco a poco a la normalidad mientras desarrugaba el billete de avión. Mi salvavidas. Una oportunidad fuera, la que aquí se me resistía desde hacía ya casi dos años.

Cogí el asa de mi maleta e intenté recordar las instrucciones que había consultado la noche anterior para poder llegar al aeropuerto mientras caminaba con un paso seguro, pero totalmente fingido. Cada paso me acercaba a mi nuevo destino, y aún estaba por decidir si esto era algo bueno o malo.

Miré otra vez el reloj.

No llegaba tarde. Solamente tenía prisa, prisa por empezar de nuevo, prisa por dejar toda la angustia atrás, prisa por volver a tener esperanzas.

M. Velasco

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