Plaza de San Pedro, Semana Santa, primera fila

El Papa Francisco, entre la multitud en la Plaza San Pedro (Foto: Marina Pariente)
El Papa Francisco, entre la multitud en la Plaza San Pedro (Foto: Marina Pariente)

¿Cómo se vive una Semana Santa cualquiera en Roma? ¿Y si es una Roma que está conmocionada ante un Papa recién designado, que con su ejemplo ha demostrado ser un párroco “mundial”?

Si vivir la Semana Santa en Roma tiene algo de especial, mucho más si se hace asistiendo a un Congreso Universitario Internacional (UNIV). El contexto que lo enmarcaba era “la identidad de la persona en el mundo digital” y ante todas las ponencias seleccionadas se fueron extrayendo las propias conclusiones que llenan el día a día. Y es que sin quererlo, como destacaban algunos de los asistentes, el hombre de hoy en día es cada vez menos dueño de sí mismo y más participe de las redes sociales, que se van adueñando de su proyecto de persona.

Para los jóvenes que participaron en el UNIV fue una semana muy completa,  llena de acontecimientos, de momentos guardados en la memoria y de ideas a poner en práctica. Todos los viajes dejan ese sentimiento de agradecimiento a los acompañantes, al país que recibe, a la cultura que se aprende; pero en este caso el agradecimiento era individual, a una sola persona, al Santo Padre Francisco.

Domingo de Ramos en primera línea

El Domingo de Ramos, bajo un sol que se agradeció, esta redactora y un grupo de jóvenes llegaron a la carrera a la Plaza de San Pedro tras pasar los controles de seguridad. Haciéndonos un hueco entre la gente, se colocaron junto a una valla y en frente de una familia con un bebé de poco más de tres meses.

A los gritos de “ya viene, ya le veo” ,”se ha parado y está saludando a la gente de allí!”, el público comenzó a ponerse nervioso ante la llega de Francisco. Una mujer embarazada (“encinta” que dirían los italianos), un matrimonio que llevaba dos horas esperando, y una pandilla de no más de ocho jóvenes gritaban “¡Francisco amigo los jóvenes contigo!”.

Y después de unos diez minutos de espera, ese segundo en que el Papa miró desde lo lejos con ojos agradecidos y comprensivos, con sonrisa acogedora y con unas manos saludando que daban la bienvenida a todo aquel que estuviera en aquel lugar o lejos.

Francisco se paró justo a bendecir a aquel bebé que aún no es consciente de la suerte que ha tenido de que el Pontífice le dé un beso. Fue poco más de un segundo, y sin embargo, es como hubieran sido tres horas íntimas con él.

Audiencia del Papa Francisco el miércoles santo
Llegó el miércoles santo y con él la primera audiencia del Papa Francisco. Pegados de nuevo a una valla y rodeados de personas de todo el mundo, el mismo grupo de jóvenes esperaba impaciente un nuevo segundo que permitiera ver al Santo Padre.

Gritos, banderas, regalos, himnos, emoción… Todos los detalles ayudaban a que el ambiente fuera propicio para recibir a Francisco, ese Papa que se ha ganado el título de amigo en todos los corazones de los presentes, y de los ausentes, en aquella plaza grande y solemne.

Empezó la primera audiencia rodeado de sacerdotes, jóvenes, familias, bebés bendecidos y ganas, muchas ganas de hablar y transmitir a los asistentes todo lo que tiene dentro. Al decir “ojalá nos encuentre con valentía para que Dios nos dé un rayo de su amor”, un gran aplauso inundó aquel lugar, quizá porque, para muchos, ese rayo ha venido de la mano del ejemplo del vicecristo.

La solemnidad del Viernes Santo
Y llegó por fin el Viernes Santo. Último viernes de Cuaresma, último viernes de abstinencia y ayuno, y único viernes en que entrar al Vaticano se hace casi imposible. Una fila que le queda poco para dar la vuelta al Vaticano recibe a quien entra allí. “Billetos” (entradas en italiano) verdes son los que permiten entrar a presenciar la pasión de Cristo junto a su representante aquí, en la Tierra.

Cuando por fin se llega al gran portón, a la diestra recibe esa ‘piedad’; una piedad que parece obra divina, una piedad que atrae a un mínimo de devoción. Es ahí donde el Santo Padre se reviste para celebrar aquella ceremonia.

Rodeado de cardenales, en medio va él y con un recogimiento que sobrecoge, un silencio que sólo se rompe por un estornudo, un leve llanto y algún flash despistado. Nadie le dice nada pero se nota que los allí presentes rezan por él y por sus colaboradores.

Peregrinos en Roma

En este país de la pizza y la pasta hay una cosa que llama aún más la atención, y son esas vírgenes que reciben al visitante en cualquier pared de la ciudad. Son vírgenes de todo tipo, guapas pero también menos agraciadas, con colores que alegran al entorno, con un bebé que le acompaña o con un cristal que le protege.

Pero si los medallones y cuadros de vírgenes llaman la atención, cuánto más la cantidad de peregrinos y turistas que visitan la ciudad; y ¡qué ciudad!

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