El sentido real de la felicidad

En el orfanato en Trichy junto a algunos niños
En el orfanato en Trichy junto a algunos niños

Sus ojos eran de un negro intenso que atrapaba. Brillaban ligeramente por el sol y no se apartaban del camino,  se hacían cada vez más grandes hasta que, de repente,  rompieron a llorar desconsolados. En aquel instante se acercó su hermano mayor  a explicar que aquella niña de ojos negros nunca había visto a alguien de color blanco y estaba asustada.

Viajar a la India parece un sueño, porque en la imaginación de todos existe una India de colores y suntuosos palacios. Pero rápidamente se puede entender que la India  enamora por sus gentes, por la amabilidad y la hospitalidad, por la bondad y las incesantes sonrisas que se cruzan por la calle. Y lo mejor de todo es que esa felicidad también se encuentra situada en una zona totalmente tercermundista.

La fundación Ciudad de la Alegría y la Esperanza colabora con un orfanato en Trichy, una zona tremendamente pobre y rural al sur. Se puede pensar que ese lugar es una auténtica burbuja situada en la mitad de un mundo consumista y capitalista hasta el extremo y, sin embargo, la realidad es que nuestro mundo es la burbuja y aquello en Trichy es la mínima parte de un porcentaje de pobreza mundial muy elevado.

Ser voluntaria suponen las lágrimas por la angustia de un lugar desconocido, pero también las lágrimas al tener que separarse de unos niños que dan muchísimo más de lo que otros pueden aportar en sus vidas. Hay unos 150 niños y niñas entre cuatro y trece años de edad, muchos de ellos son huérfanos pero la gran mayoría proceden de familias desestructuradas. Detrás de todas esas sonrisas permanentes se encuentran historias de dolor y tristeza que destapan el valor y la fuerza que pueden llegar a albergar corazones tan pequeños.

Pocas personas saben hablar inglés de forma que se pueda mantener una conversación amena, pero el idioma nunca supone una barrera en las relaciones humanas. El lenguaje del mundo es el amor, el cariño y las ganas de conocer al otro.

La paciencia infinita de Selvi

Al ver a Selvi por primera vez, parecía una mujer tan alegre que contagiaba sus sonrisas sin que te dieras cuenta de ello. Llevaba varios años encargándose de cocinar y cuidar a los niños del orfanato. No sabe exactamente la edad que tiene porque sus padres la abandonaron siendo tan solo un bebé. Creció en un orfanato, y quizás es por ello que tenía una conexión especial con los niños. Era lo que más se asemejaba a una figura materna para ellos, su paciencia infinita y su entrega constante eran ejemplares.

Que en el siglo XXI siga habiendo matrimonios concertados fue algo que aún cuesta entender. De este modo la casaron con un hombre que, con el tiempo, se convirtió en un marido alcohólico, y con el que tuvo dos hijos varones. Tras el nacimiento de su segundo hijo, le realizaron un ligamento de trompas, pues no está bien visto que se tengan más de dos hijos. Prueba de ello es una cicatriz horizontal en su vientre, una marca de dolor y sufrimiento, pero también es para ella un tatuaje de amor y felicidad que le aportan a su vida las dos personas por las que lucha incansable cada uno de sus días.

Selvi tiene una fuerza y una voluntad fascinantes, pero lo que más llama la atención son sus ansias por un futuro lleno de puertas abiertas para sus hijos. Es como si quisiese darles todo lo que ella no pudo tener. Pese a su mimo y dedicación en el trabajo, cobra 2.500 rupias al mes, es decir, unos 30 euros con los que alimenta y paga el colegio a sus hijos.

La religión es otro de los secretos que se destapan en viajes así. En India hay un mismo Dios, aunque unos le llaman Jesús y otros Buda, pero es el mismo que ama, el mismo que les cuida y les protege, que les acompaña en sus penas y en sus alegrías. No tienen nada, pero sin embargo tienen todo lo que muchas personas desearían, la fórmula para calmar su dolor, para amar el mundo tal y como se les ha dado.

Parece mentira que sea solo en circunstancias extremas cuando uno se da cuenta de lo que es el verdadero sentido de la vida. Es sin duda en situaciones así, cuando más se descubre el sentido real de la felicidad. Y es que la felicidad no se encuentra en las cosas, sino que sólo se es feliz plenamente estando cerca de Dios y haciendo la vida agradable a los demás y a uno mismo. Amando y queriendo con el corazón, y luchando por darle a los días un sentido sentimental y sobrenatural, que lejos se queda del sentido material y consumista que nos intenta imponer el primer mundo.

Muchos voluntarios han dejado atrás a 150 niños, a 150 sonrisas y 150 abrazos diarios, pero se llevan consigo una lección de vida, una experiencia vital que les ha hecho ser más humanos, más consciente y más felices conmigo mismos, con su vida y con los demás. Nunca es un mal momento para descubrir que lo importante en esta vida, son las cosas más insignificantes.

About Leticia Martinez Sancho

Redactora 4º Periodismo y Comunicación y Gestión de la Moda

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