Camerún: la generosidad de los que tienen poco

Un sol deslumbrante irrumpe en el hogar de adobe del pequeño Bannaby y consigue despertarle. Bannaby abre los ojos y sólo ve a su hermano pequeño dormido. Su hermano mayor está trabajando, ya tiene quince años y es su obligación. Su padre no está porque vive en otra ciudad, y de su madre no sabe nada, nunca la conoció. Deambula por su hogar, decide salir a la calle, está impaciente. Hoy se rumorea por Kikaikom que es el último día que vienen los obreros blancos a trabajar, aquellos que desde principios de este mes reparan su colegio y juegan con los niños, lo que quiere decir que es el último día que verá a Quique.

Bannaby intenta huir de la tristeza latente que asola en su corazón pero es imposible. “¿Por qué se va Quique?”, “¿por qué no me lleva con él a España?”, “yo jamás le haría eso”, se dice a sí mismo. Finalmente el pequeño

La pequeña Dersy observando el trabajo de los voluntarios (Foto: Álvaro Esteban Keogh)

interrumpe sus cábalas y decide ponerse rumbo a la escuela, a ver si con la compañía de sus amigos consigue disuadir la tristeza que enturbia su alma.

Los voluntarios y su labor

Por su parte, el primer turno de voluntarios de Villanueva Solidaria, unos diez u once, manteníamos, subidos todos a la pick-up, un silencio equiparable al que impera en un vestuario de fútbol antes del comienzo de una final. Habíamos vivido una experiencia inolvidable, que desgraciadamente ya llegaba a su fin.

Haber estado en Camerún era un privilegio del que todos extrajimos, en mayor o menor medida, unas nociones fundamentales para un correcto desarrollo de nuestra personalidad adulta, una mentalidad que requiere cualquier adolescente que en unos pocos años aspira a estar buscando trabajo, formando una familia, o ambas cosas. Volvían a nosotros todos los momentos, buenos, malos, e insustanciales (estos últimos muy escasos) que habíamos vivido desde hacía 21 días. Pero… ¿qué es lo que habíamos hecho durante ese mes?

El motivo de nuestro viaje era la reconstrucción de un colegio. La escuela se encontraba perdida en un pueblo de Kumbo, en  Kikaikom, que apenas contará con dos centenares de habitantes. La actividad de los cooperantes se resumía en picar, cavar, pintar, lijar, y otros muchos verbos finalizados en esta declinación. El resultado fue un completo éxito, ya que en dos años los aproximadamente cuarenta voluntarios que han disfrutado de la vivencia africana consiguieron finalizar la restructuración de dos edificios estudiantiles. Nada de ello hubiese podido ser posible sin la colaboración de los obreros de la zona, y sobre todo sin la incansable ayuda de Keneth, el capataz de la obra al que todos nos dirigíamos a él como “Boss” (Jefe).

Un largo camino por recorrer

Los protagonistas de esta historia, Enrique y Bannaby (sombrero amarillo), en compañía de otros chavales (Foto: Álvaro Esteban Keogh)

Si existe un rasgo, una característica definitoria de aquel viaje, es el contenido espiritual intrínseco del mismo. La felicidad pese a la pobreza, la riqueza moral (sin duda alguna mayor que la de cualquier país civilizado) pese al subdesarrollo, la LUCHA pese a las dificultades, la generosidad pese a la escasez.

El niño africano, aunque apenas se alimente, acepta la comida que le dan, mira a su alrededor, y la reparte a todos sus allegados de modo automático, como si su naturaleza tuviese una concepción de la justica a nivel global, pensando en ese concepto político-filosófico bautizado como “el bien común”. Parece que en la niñez africana no existe aquel mal que atormenta el mundo diariamente, el individualismo.

Ducharse con agua fría todos los días, comer la misma comida durante tres semanas, subirse en un taxi mugriento junto a otros seis acompañantes, ser objeto de estafa casi justificada (por parte de los comerciantes africanos), y millones de hechos similares más nunca puede ser un problema cuando tú, que vives aquella experiencia como un europeo de segunda clase, eres un africano de primerísima. Esta tesitura supone un “shock” a nivel moral muy grande.

En el largo recorrido de este camino espiritual tuvo especial relevancia la labor que realizó Don José Pedro Manglano. Este sacerdote consiguió intensificar, reafirmar, y dar sentido a todos y cada uno de los sentimientos que todos los voluntarios ahí presentes experimentaron. Aparte, “don Josepe” invirtió su tiempo durante la estancia en mantener interesantes charlas con todos y cada uno de los cooperantes.

De nuevo, vuelta a la historia

Precious, Angelo y Fernando durante el último día de trabajo de los voluntarios de Villanueva (Foto: Álvaro Esteban Keogh)

Los niños se arremolinaban  en torno a los cooperantes ahí presentes, tras un día en el que único significado de la visita al campo de trabajo era la triste despedida. Bannaby miraba a su alrededor buscando a Quique, llevaba unas horas llorando, y no podía entender cómo había algunos niños a los que les era indiferentes que se fuesen los “kimbas” (“hombres blancos”).

No entendía que siendo el último día que iban a ver a los obreros blancos, hubiese niños pidiéndoles globos o cromos. Ahí estaba Quique, “the strongest man”, como él decía. Bannaby se acerca y no puede evitarlo, se echa a llorar una vez más. “Quique llévame contigo a España”, dice entre lágrimas. “Me encantaría Bannaby, pero no puedo, te prometo que no puedo”, le dice Quique aguantando las lágrimas. Finalmente, Bannaby le da un beso y Quique, junto al resto de voluntarios, se marcha a la diócesis para preparar la maleta. Nos vamos.

La imagen era desoladora. Si en el viaje de ida había reinado un silencio llamativo, el silencio que hubo durante el regreso era completamente sepulcral. Los voluntarios miraban al horizonte, algunos con los ojos rojos por el lagrimeo. Volvíamos a Madrid.

Sensaciones posteriores

Ha pasado ya un mes y medio desde que los voluntarios de Villanueva Solidaria regresamos de Camerún. Y seguramente ninguno podemos evitar acordarnos de todos y cada uno de los días vividos en aquel país. El hombre aspira a la búsqueda de la felicidad, y este redactor –modestamente- no ha estado nunca tan cerca de alcanzar ese concepto inalcanzable.

Camerún es el caos, el desorden, el embrollo más adictivo en el que se puede ver envuelto alguien. Primero te cohíbe, luego te enamora, y finalmente te destruye con su recuerdo. Es la esencia del “mal de África”. Pero es también el camino más corto para descubrirse a sí mismo, para descubrir tu “alter ego”.

Vídeo: José María Echánove

Si quieres, puedes ver aquí la galería con las mejores fotos del proyecto

 

About Alvaro Esteban Keogh

Alumno de 4º de Periodismo en Villanueva CU. Estudiante de 2º de Gobierno de Instituciones y Organismos Públicos.

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