La cara oculta del fondo marino

Pulpos en el Oceanográfico de Vigo (Foto: María Quintana)

En Cabo Estay huele a mar y se respira aire puro. La contaminación sonora tampoco es un problema, solo se oye el eco de las olas golpeando con furia las escarpadas rocas. Situado entre ellas se alza el Centro Oceanográfico de Vigo, uno de los ocho espacios de este tipo repartidos por España, con unas vistas inmejorables: las Islas Cíes.

La entrada del Centro sumerge inmediatamente al visitante en las profundidades marinas: la preside una estantería llena de más de treinta frascos de cristal con especies en alcohol de setenta grados. Cada uno de ellos lleva su etiqueta correspondiente con nombre, procedencia y fecha de captura. Más adelante, una vitrina en la que, por un momento, al visitante le parece estar observando trece bogavantes, un cartel informativo resuelve la duda: “Sucesión de mudas de un bogavante durante los primeros ocho años de vida”.

A pesar de notables logros que han hecho famoso al centro, no es especialmente conocido por el ciudadano de a pie. El Oceanográfico de Vigo depende del Instituto Español de Oceanografía y realiza una labor de investigación y experimentación con la cría de peces para su posterior venta en el mercado por parte de diferentes empresas. “Es importante conocer que nuestro trabajo va siempre dirigido al asesoramiento de las compañías, por eso la investigación siempre seguirá unas líneas que sean beneficiosas para ellas”. Son palabras de la bióloga Blanca Álvarez-Blázquez, técnico de I+D+I en este Centro. Ella remarca que las investigaciones del Oceanográfico siempre tienen un fin y una fecha de finalización, aunque a veces consigan prórrogas: “puede haber imprevistos, trabajar con animales vivos no es fácil, puede morirse todo un stock de peces porque falle el sistema de bombeo de agua o que unos peces que ponen huevos cada año de repente no lo hagan”.

Lenguado, rodaballo, merluza e incluso pulpo son algunos de los animales con los que investigan en el Centro vigués. Este cefalópodo es, quizás, la estrella del Oceanográfico. Apostaron por él y después de años de investigación consiguieron ser los primeros en el mundo en criar pulpos en cautividad. Las fases que siguen estos animales en las instalaciones del Oceanográfico son: incubación, cultivo larvario, pre-engorde y engorde. En el caso de este cefalópodo el problema aparece en la segunda etapa, en la que se experimenta un alto índice de mortalidad debido a alguna deficiencia nutricional que hoy siguen investigando.

“El pulpo tiene un comportamiento muy especial”, señala Álvarez-Blázquez, “son muy territoriales, para que no se agrediesen tuvimos que ponerles unos cubículos”. Es precisamente ahí donde copulan  y la hembra deposita los huevos. Ésta es, sin duda, la madre coraje del mundo submarino. Se dedica por completo al cuidado de sus huevos, tanto que, cuando estos eclosionan, ella muere del esfuerzo realizado durante ese tiempo.

El beneficio de las empresas a las que asesora el Oceanográfico se basa en el número de huevos obtenidos en las puestas. “Les ponemos doce horas de luz y ocho de oscuridad, así conseguimos que se equivoquen con la época y pongan huevos cuando queremos”. Para realizar la fecundación de ciertas especies como el rodaballo, seleccionan a una hembra y a un macho siguiendo unos criterios a partir de los datos de los microchips de cada pez. Álvarez-Blázquez explica que hay que cumplir a rajatabla las normas del bienestar animal impuestas por la Comunidad Europea: “Antes los señalábamos con Nitrógeno líquido y veíamos la marca desde arriba, ahora hay que sacar al pez del agua y leer el microchip con un lector específico”.

El Oceanográfico vigués abrió sus puertas en 1917 y trabaja en la cría de peces desde hace más de dos décadas. Con grandes descubrimientos a sus espaldas, no están  lejos de conseguir muchos más. La investigación nunca cesa entre las paredes de este Centro, habrá que hacer sitio entre los botes de cristal de la entrada.

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About María Quintana

Licenciada en Periodismo