Lamentos en un mercadillo de barrio

Mercadillos como el de San Blas viven sobre todo de los clientes fijos (Foto: Almudena Calvo)

Mientras la ciudad de Madrid se despierta, el mercadillo de Arcos del Jalón, en el distrito de San Blas, se llena de vida desde primeras horas de la mañana. Decenas de vendedores abren sus puestos esperando que el día transcurra mejor que el anterior. Ni el frío ni la crisis impiden que Antonia y su familia trabajen, como cada martes desde hace ocho años, vendiendo ropa en el último puesto de la calle. “La cosa está muy mal –comenta-. Hace tres años podíamos vivir de esto, pero con la crisis estamos cada vez peor”. Su marido Paco sonríe, reafirmando las palabras de Antonia mientras coloca las camisas y las corbatas conjuntadas. Detrás de la mesa un niño de rizos morenos dice satisfecho: “Pues yo he conseguido diez euros”. Es Elías, uno de los gemelos, que ayuda a sus padres en el arte de vender, con la inocente ilusión del principiante.

La calle está abarrotada de gente que va y viene mirando los diferentes puestos. Madres del barrio arrastrando los carritos de sus hijos, señoras enfundadas en abrigos de visón, hombres de aspecto descuidado: un ambiente variopinto que no atiende a clases sociales.

“¡Guapa, mira las cremas, los maquillajes de ‘Lancón’!”, grita una señora incitando al público femenino a acercarse a mirar sus productos, cuidadosamente ordenados en un taburete de cartón.  El mercadillo esconde verdaderos profesionales de las técnicas de venta más tradicionales. Personas que con pocas palabras captan la atención de los transeúntes y animan a echar un vistazo a sus productos. “¡Dos piñas, dos euros! ‘Robás’, las tengo ‘robás’”, anuncia un señor de pelo canoso.

Los clientes habituales de este pequeño mercado se arriman alrededor de los distintos puestos de fruta y verdura, reclamando su turno. “Yo vengo siempre al mismo puesto” –comenta una señora- “me da más confianza comprar aquí la fruta que en un supermercado”. Alfredo, el frutero, lleva trabajando en el mercadillo desde hace veinticinco años, y confiesa que no estudió para este empleo, pero que uno tiene que seguir adelante con lo que haya. Su amabilidad en el trato revela una de las razones por las que mucha gente acude a este tipo de mercados y no a los grandes de autoservicio, más impersonales.

“Pagamos más impuestos de lo que ganamos”

Entre un delicioso olor a almendras garrapiñadas Juan pinta en una cartulina “Kilo de aceitunas: 1€” para su puesto de frutos secos. Tiene veintiséis años, una cresta de pelo rubio y explica apesadumbrado: “No tengo otro trabajo, y esto no da pa’ ná”. Los malos resultados de días enteros vendiendo en el mercadillo pasan factura por los rostros de los vendedores. Marijose, de ojos verdes y cansados, se lamenta: “Ya no sé ni porqué hacemos esto. Pagamos más impuestos en poder tener el puesto que en lo que ganamos”.

La realidad que esconde el mercadillo de San Blas no es aquello que se observa a simple vista. Se oculta entre el alegre colorido de las frutas, los gritos de los mercaderes y montones de ropa apiñada: son vidas que se cruzan en su intento por salir adelante.

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About Almudena Calvo

Estudiante de 4º de Periodismo y EBS en el Centro Universitario Villanueva