Pintura “en vivo” en el Museo del Prado

Ángel apoya su paleta en la mano izquierda mientras realiza la mezcla con el pincel. Ante sus ojos, un caballete y un lienzo con una pintura casi terminada, y a su izquierda el original: “Concepción Serrano, futura condesa de Santovenia”, de Eduardo Rosales. En la sala 61b se encuentra la hija, de tan sólo 11 años, del general Serrano, haciendo gala, con su aire altivo y buenos ropajes, de su alta posición social.

 “Me gusta mucho este retrato”, confiesa Ángel. Tan sólo le han bastado dos mañanas para tener el cuadro casi listo. A sus 80 años ni siquiera un dolor de cadera, operada hace poco tiempo, le impide seguir llevando a cabo lo que a la vez es su trabajo y su pasión: pintar. A pesar de que lo hace desde hace 30 años, durante 33 fue jefe contable en el Ministerio de Obras Públicas. Desde su jubilación, este es el único trabajo que desempeña, pues la pintura, junto con la música, es su verdadera pasión. Gracias a un permiso especial, puede copiar las pinturas de los que considera los más grandes: Goya, Velázquez, Rubens, Ribera, Rosales y Vicente López.

El Museo del Prado es una de las pinacotecas más grandes del mundo. En ella trabajan alrededor de 400 personas. En la actualidad, exhibe en su propia sede casi 1.000 obras, pero la colección está compuesta por 7.600 pinturas, 1.000 esculturas, 4.800 estampas y 8.200 dibujos, además de un gran número de objetos de artes decorativas y documentos históricos.

“Se volvió loca de amor”, explica Enrique ante el cuadro Doña Juana “la loca”. Con una precisión excelente, este compañero y amigo de Ángel ha copiado el cuadro de Francisco Pradilla y Ortiz, realizando su propia interpretación del mismo. Aunque se dedicó a la publicidad durante muchos años, hace 13 lo dejó todo por la pintura: “Lo mandé todo a freír espárragos y me dediqué a pintar”, comenta. Enrique ha enviado cuadros a todas partes del mundo: Estados Unidos, Holanda, Francia, Italia… Para cerrar el trato con él basta con pagarle la mitad por adelantado.

Velázquez, el más admirado

El cuadro de “Las Meninas” de Velázquez es el objetivo de muchos de los que van al Prado. El retrato de Mariana de Austria orante, el del Conde-duque de Olivares, el de Felipe V, el del Príncipe Baltasar Carlos a caballo y el del mismísimo Velázquez acompañan, en la misma sala, a la Infanta Margarita y sus Meninas.

“Es impresionante”, le dice una señora a su marido. Un hombre que lleva un sombrero mira detenidamente, maravillado, la forma en que cae la luz sobre la figura de la Infanta. Tres señoras, amigas de “toda la vida”, describen el cuadro como “asombroso” e “insuperable”. Son amigas del Museo del Prado y colaboran económicamente en su mantenimiento.

Frente a “Las Meninas”, en la sala 27, se encuentra otro de los cuadros más admirados de Velázquez: “La rendición de Breda”, más conocido como “Las Lanzas”. Ana, una mujer muy guapa de 40 años, lo está copiando en su lienzo. Lleva siete años pagando una cantidad “simbólica” para poder hacer copias de los cuadros que le encargan. Con naturalidad atiende a todos aquellos que quieren ver cómo hace la copia, mientras les invita a ver su web. “La medida de la copia no puede ser mayor de 1,30 metros”, explica.

Licenciada en Bellas Artes y tras haber sido durante unos años profesora de plástica en un colegio, trabajará de martes a viernes (los días permitidos por el Museo), y durante un mes y medio para tener el cuadro terminado. Pintar es algo que hace por vocación, aunque confiesa entre risas: “También porque me encanta salir de casa”.

Las escaleras desgastadas por el paso de casi tres millones de personas al año contrastan con las paredes bien cuidadas, como recién pintadas. Los cuadros, guardando un espacio prudente unos de otros, son custodiados, muchas veces, por cintas de seguridad, que les separan de los turistas.

A pesar de los sistemas de seguridad evidentes, en cada sala se encuentra un vigilante que controla que nadie se acerque más de la cuenta. Las bóvedas de cañón le dan majestuosidad al interior del museo. Los techos acristalados permiten el paso de la claridad que ofrece el sol, y en el Museo se cruzan personas de todos los rincones.

En la sala 62, Román, de 44 años, pinta el “Estanque en los jardines del Alcázar de Sevilla”, de Madrazo. Vecino de Fuenlabrada, lleva desde los 17 yendo a pintar al Museo. Su buena mano proviene de su afición, desde niño, por la pintura.

Se puede decir que Román es autodidacta. “En mi época las escuelas de arte no abundaban, fui aprendiendo solo”, comenta. El cuadro que está pintando por encargo le ha llevado 6 ó 7 días. Su pintor preferido es Rubens, pero coincide con la mayoría en que “el más grande es Velázquez”.

About Laura Sabariegos de Cea-Naharro