Los últimos tableteos de las máquinas de escribir

Películas como Ciudadano Kane, de Orson Welles, habrían recogido peor la esencia del periodismo de los 40 si hubiera faltado en pantalla la presencia de esa imponente herramienta que revolucionó el mundo de las letras: la máquina de escribir. Si su peculiar sonido y su tinta acompañaron a Kane en su labor, también lo hizo en la de tantos periodistas, escritores y secretarias de la época. La máquina de escribir, en todas sus versiones, modelos y tamaños, facilitó el trabajo de tantas personas que se convirtió en la auténtica estrella de las oficinas y los hogares… hasta que llegó el ordenador. Y es que estas máquinas están condenadas a sufrir el mismo final que los VHS, los rollos de fotografía o los walkman: morir aplastadas por las nuevas tecnologías.

El pasado abril la india Godrej & Boyce Manufacturing Company, una de las pocas empresas en fabricar este nostálgico artefacto, anunció que cerrará sus puertas por la falta de demanda de máquinas de escribir, y lo hará en cuanto consiga dar salida a los últimos 500 ejemplares que le quedan en el almacén; y aunque la noticia causó una gran conmoción y convirtió a la máquina en tema del día en redes sociales como Twitter, aquellos que la despedían escribían desde su más moderno teclado de ordenador, y su máquina de escribir, como mucho, descansaba en el trastero cubierta de polvo.

Su presencia en India no era aleatoria: muchos países se resistieron al silencio masivo del tableteo de las máquinas de escribir a principio de los 90 con el boom de los ordenadores, como es el caso de este país asiático; de hecho, la mayoría de las máquinas que fabricaban utilizaban caracteres árabes, y por eso fue una de las fábricas que más vendió y mejor resistió la batalla con las computadoras.

Lo cierto es que, aunque en un principio la noticia sirvió como grito para hacerse a la idea de la muerte de las máquinas de escribir, existen otras fábricas, sobre todo en China o Indonesia, que siguen produciendo este aparato, aunque poco o nada tiene que ver con la magia de las máquinas antiguas como la famosa Olivetti o las Remington. Son mecánicas y magnéticas, su precio oscila los 100 dólares y su principal público son las cárceles y los organismos de Gobierno.

Como anécdota, la más demandada en las penitenciarías de Estados Unidos es una máquina con una carcasa transparente que impide que los reclusos oculten otros objetos en su interior.

Antigüedades de Oficina es una de esas tiendas nostálgicas en las que se pueden encontrar distintos objetos de segunda mano de aire “retro”, y, cómo no, máquinas de escribir. Sus trabajadores afirman que hoy en día su principal comprador es el coleccionista, aunque la vuelta a la moda “vintage”, que eleva a la máxima potencia los objetos y las prendas de ropa viejas, ha hecho que las máquinas de escribir se utilicen como elemento de decoración tanto en bufetes de abogados como en los salones de los hogares.

La máquina de escribir, hoy en día, más que por su utilidad, es llamativa por su estética y su antigüedad, y se convierte en el objetivo de todas las cámaras de fotografía que pasan por su alrededor.

El legado de las máquinas

Si bien la máquina de escribir que mejor se recuerda es la de aspecto antiguo, con las teclas saltonas y la cinta de tinta, lo cierto es que, tras esta, aparecieron las máquinas electrónicas, que también provocaban en tableteo propio de las anteriores, pero facilitaban enormemente la tarea. Utilizaban cartuchos de tinta, y algunas de ellas incluían una banda que permitía borrar caracteres y así enmendar los errores que hoy se eliminan fácilmente a golpe de click.

Pero la máquina de escribir no sólo no está muerta todavía, sino que deja un legado permanente y menos conocido de lo que se merece. El principal y más importante, porque todo el mundo hace uso de él, es el teclado QWERTY, presente hoy en día en todos los ordenadores y aparatos electrónicos y que tiene su origen en la primera máquina de escribir comercial, creada en 1868 por Christopher Sholes.

En un principio, dispuso todas las letras en un orden alfabético, pero como los brazos mecánicos se atascaban al estar unos junto a otros, optó por desordenar las teclas. Y aunque este orden ya no es necesario, el teclado QWERTY –que recibe su nombre por las seis primeras letras del teclado- se ha hecho costumbre en cualquier trabajo. Y al igual que QWERTY, botones como el “enter”, el “espacio”, “mayúsculas” o “tab” provienen de las antiguas máquinas de escribir. También las comillas rectas, que empezaron a utilizarse para las citas textuales, siguen en rigor.

Atrás quedan los cursos de mecanografía, los dedos manchados de tinta, las cintas que se liaban, las teclas duras o los borrones en las hojas cuando se pulsaba la letra incorrecta; la máquina de escribir ha dejado paso a los ordenadores, y su final parece estar escrito, aunque no con la mítica Courier, sino con Times New Roman.