El calor reaviva el botellón

La Plaza del Dos de Mayo, cuando está tranquila

“Quién la ha visto y quién la ve”, susurra un vecino de Malasaña cuando se le pregunta por la columna vertebral de su barrio, la Plaza del Dos de Mayo.

En su currículo puede presumir de haber albergado un palacio y un parque de artillería, de haber visto luchar hasta morir a Daoiz y Velarde contra la invasión francesa, y de haber sido cuartel general de la movida madrileña. Esta plaza, que guarda en sí tanta historia y revolución, actualmente se tiene que conformar con ser conocida en Madrid por haberse convertido en el escenario más habitual entre los jóvenes para hacer “botellón”.

De los artistas, los escritores bohemios y la gente de la farándula que durante los años 80 la frecuentaban, hoy ya no se encuentra ni rastro. En su lugar sólo quedan “jóvenes borrachos” que fin de semana sí, fin de semana también, hacen que conciliar el sueño para algunos residentes de la zona sea misión imposible. Así lo reconoce a cuv3 Julio Vázquez, uno de los vecinos afectados por esta tendencia en auge.

Su casa se encuentra en la esquina donde confluye la calle La Palma con San Andrés. “Un primero con cinco balcones”, repite varias veces, de los cuales, se puede deducir por su forma de remarcarlo que lleva años arrepintiéndose.

Los ruidos nocturnos y el consumo de alcohol en la zona no han sido una excepción de la festividad del dos de mayo. En esta plaza, igual que en muchos otros lugares de la capital, las “quedadas” nocturnas se repiten casi a diario, a pesar de que una normativa municipal prohíbe expresamente el consumo de alcohol en la vía pública.

Los efectos de la ley antitabaco

La llegada de la primavera y la prohibición de fumar en el interior de los locales incitan a un cada vez mayor consumo de alcohol en la calle, en lugar de en el interior de los establecimientos, como indican algunos hosteleros y residentes de la zona.  Según explica una de las camarera del bar Pepe Botella, en la calle San Andrés, “muchos clientes sólo entran con las bebidas en los locales cuando pasa una patrulla de la Policía, pero el resto del tiempo realizan el consumo en la calle si el tiempo se lo permite”.

En cambio Julio asegura que hace demasiado que no ve policías en el barrio. “Yo antes llamaba cada noche, pero la policía no hace nada, los llamas y como mucho envían uno de esos camiones que echan agua para dispersar a los jóvenes, pero al rato vuelven”, se lamenta.

Con el aumento del mercurio la participación en este tipo de concentraciones se vuelve masiva. La cultura del alcohol y la bolsa de hielos se ha extendido como la pólvora en una generación  con escasos recursos económicos. Lucía e Inés, de 21 y 19 años, confiesan que “lo que antes era la última alternativa a tener en cuenta si no se presentaba un plan mejor, hoy es la única opción que se baraja cuando se queda con los amigos”. “Con el dinero que me gasto en la entrada y las consumiciones en un local, puedo salir varios fines de semana de botellón bebiendo el doble”, se justifica Inés.

A Vázquez estos argumentos no le son suficientes. “Mi mujer y yo temíamos que llegase el verano, porque había que elegir entre abrir las ventanas o morir de calor. Al final tuvimos que poner aire acondicionado en el piso. Pero el ruido continúa, podía decirte que se escuchan incluso las conversaciones que mantienen los chicos”, explica.

Sin embargo, detrás de las quejas también queda hueco para las anécdotas: “Tengo un teléfono inalámbrico en casa, y suelo llamarles desde la cama” comenta refiriéndose a la policía. “¡Pues no será la primera vez que me preguntan si estoy yo en el botellón!”.

Destrozos y molestas bromas, como hacer sonar los timbres de las viviendas a altas horas de la madrugada, son algunas de las consecuencias del fin de fiesta habitual del “botellón”. A la mañana siguiente, las calles amanecen plagadas de botellas, bolsas de plástico y vasos que son abandonados durante la madrugada, y que, con la llegada de mayo, ya se han convertido en el quehacer habitual de los servicios de limpieza.