Siete años desde el 11-M, cuatro periodistas para contarlo

Los cuatro periodistas, en el monumento a las víctimas
Los cuatro periodistas, en el monumento a las víctimas

Día 10 de marzo de 2004. El Real Madrid gana en casa un partido de Champions contra el Bayern de Munich. La alegría es obvia y cuatro periodistas de La Razón lo celebran después del trabajo en un bar, sin imaginarse que, solo horas después, tendrían que cubrir la noticia del peor ataque terrorista que ha vivido nuestro país en toda su historia.

Los atentados ocurridos el 11 de marzo de ese mismo año en Madrid marcaron una antes y un después en la mentalidad de todos los españoles. Caos, desesperación y dolor son solo algunos de los adjetivos que pueden describir uno de los días más negros que ha vivido España. Hoy, siete años después, cuv3 reúne en la estación de Atocha, en la zona cero de las explosiones, a esos cuatro periodistas, Ricardo Coarasa, Enrique Fuentes, Jaime G. Treceño y Juancho Sánchez, testigos de aquel dramático acontecimiento, para que cuenten de primera mano cómo vivieron aquel terrible infierno.

La noticia llegó a cada uno de ellos de forma diferente: bien por una repentina y desafortunada llamada que los trasladaba del sueño a la pesadilla, bien a través de otros medios… El caso es que, sin pensárselo dos veces, se lanzaron a la calle sin haber sido previamente asignados a algún lugar concreto ni saber muy bien a qué se estaban enfrentando.

La información era confusa, no había datos precisos que sirviesen de base para comenzar su labor de investigación. Sólo se conocían algunas referencias sobre lo que había pasado: una bomba en un tren, heridos, algún muerto…

Debido al gran desconcierto general y a las pocas fuentes accesibles hasta el momento, comenzaron a recopilar testimonios de los allí presentes, de los primeros afectados. No fue fácil, era hurgar en la herida, una herida recién hecha. Llegaron incluso a preguntarse: “¿Qué derecho tengo yo de estar aquí?”, como reconoce Coarasa. Había que respetar el dolor de todas aquellas personas y no querían jugar con sus sentimientos, pero era necesario buscar información.

A la redacción no dejaban de llegar informes que saturaban y dificultaban la elaboración de contenidos. En un primer momento, se sacó una edición especial de cuatro páginas contando lo poco que se sabía sobre lo ocurrido. El nombre de ETA estuvo siempre presente, e incluso el presidente del Gobierno por aquel entonces, Jose María Aznar, llamó a todos los periódicos para confirmar que había sido el grupo terrorista vasco el causante. Horas después, a escasos minutos del cierre de edición, otra llamada desmentía esta información. Este es sin duda un claro ejemplo de la confusión que se produjo en torno a los acontecimientos de aquel día.

En las calles, la gente se agrupaba en diferentes lugares de la capital. Algunos se manifestaban repentinamente en la Puerta del Sol, otros donaban sangre en los camiones instalados en la Plaza de Callao o en el barrio de Valdebernardo, en Santa Eugenia.  Muchas caras anónimas se pusieron una bata blanca invisible para ayudar a los heridos por las explosiones en las estaciones.

Los periodistas de La Razón cuentan, como curiosidad, que junto al lugar de la explosión de Téllez un polideportivo en construcción sirvió como hospital para los afectados. Se tiraron muros y se instaló de forma inesperada una unidad médica gracias a la colaboración y solidaridad de los ciudadanos.

También hasta el Recinto Ferial de Ifema llegó el pánico. Allí, los pabellones servían de morgue, donde yacían los cadáveres de los cuerpos no identificados. El jefe del Samur, con un megáfono, iba llamando a los familiares de todos aquellos cuyo cuerpo era reconocido. Fue, explica Enrique Fuentes, “uno de los momentos más brutales”.

A medida que pasaban los días el caos se iba recomponiendo, pero el dolor se hacía más patente. La realidad superaba la ficción y cada vez se era más consciente de lo que había ocurrido. Mantener la templanza se presentaba complicado, sobre todo cuando se iban conociendo más datos y tan dolorosos como lo eran aquellos. Además, reinaba en el ambiente un clima de desconfianza y miedo al pensar que lo que había pasado aquel día, podía repetirse en cualquier otro momento. Llegó el temor a los espacios concentrados de gente, a los trenes, a los metros, la desconfianza en las personas, un mal gesto…  Fueron días complicados para unos profesionales que debían equilibrar la balanza entre sus emociones y su labor como informadores. Reconocen que muchos de ellos se vinieron abajo, y que fue todo un reto afrontar este terrible suceso.

Al final, y a pesar de la dificultad del trabajo (era la primera vez que se enfrentaban a algo así y no sabían muy bien cómo se debía actuar) comentan que el resultado fue bastante exitoso, aunque con algunos borrones, como la publicación de obituarios de las víctimas (imitando el modelo de algunos periódicos americanos en el 11-S) o la excesiva exhibición que se hizo del dolor de los afectados.

Tres meses después de lo ocurrido, Ricardo Coarasa, Enrique Fuentes, Jaime G. Treceño y Juancho Sánchez se embarcaron en escribir  “11 M, el día que la solidaridad plantó cara al terror”, un libro a modo de crónica con el que quisieron  hacer un homenaje a todas las víctimas y héroes anónimos, protagonistas indiscutibles de aquel horrible día. Un día que, como este viernes 11 de marzo, y aniversario tras aniversario, seguirá presente en la mente de todos los españoles que fuimos testigos de aquella terrible matanza.



About Paloma Ruiz Vicos

Estudiante de 3º de Periodismo