La crisis entra en casa del patriarca de los gitanos

Frente a la riqueza de dos concesionarios de lujo en el PAU de Las Tablas vive la pobreza de la familia del “presidente” calé. La recesión económica ha paralizado hasta el mercado de la chatarra, del que viven dos adultos, dos niños y un bebé. 

La casa estaba llena de heces, jeringuillas, graffitis, colillas, botellas, cristales y un fuerte olor a orina cuando Eva y Miguel llegaron con sus hijos, hace nueve años. Después de 165 kilos de pintura y mucho sudor, ahora sí es un hogar. Se trata de una caseta de jardineros construida por el Ayuntamiento, frente a dos concesionarios de lujo de Porsche y BMW. La Administración sigue negándole agua y luz a la familia Hernández Fernández, a pesar de que aseguran que quieren pagarlos y de ganarle dos juicios por intento de desahucio.

Mientras tanto, conectan la casa a una manguera del Ayuntamiento y así pueden asearse, aunque el agua no es potable. La luz la consiguen gracias a un regenerador que encontraron en la calle; un trasto que hace un ruido atronador y que se sitúa en la parte trasera de la casa. Si se lo robaran, se darían cuenta enseguida, pues la televisión se apagaría de inmediato.

Y para cargar el regenerador, cada dos o tres días, manipulan la energía de una farola de la calle que renueva las pilas de la casa. Así sobrevive la familia del Patriarca de los Gitanos, Francisco Hernández Jiménez, el equivalente, para los gitanos de toda España, a nuestro presidente Zapatero.

La crisis económica ha paralizado hasta el mercado de la chatarra del que vive toda la familia, trabajo al que se dedica Miguel, nieto del Patriarca. Sus amigos han dejado de comprarle metales y escasea incluso la basura. En este mercado, una pila de fregadero cuesta cinco euros, igual que una televisión vieja; los árabes son quienes más compran este producto, pero únicamente las de color gris; rechazan las negras y se desconoce el por qué.

La chatarra tiene su precio en kilos y hay de buena y mala calidad. Por la buena se pagan veinte céntimos y la mejor es el acero (1,20€), el metal (2,30€) y el cobre (4,85€). Por la mala, dieciséis céntimos el kilo de chapajo: hojalata y calderas.

Últimamente, Miguel vuelve con las manos totalmente vacías a casa: además, su furgoneta, sucia y con olor a metal, ha dejado de funcionar, lo que dificulta aún más el trabajo. Cuando el mes no es realmente malo, se apañan de 500 a 600 euros: 200 mínimo para gasolina, su mayor gasto; repostan cinco o diez euros cada vez y nunca sobra para ahorros, sino todo lo contrario.

“Solicitud por necesidad”, sin respuesta

Frente a los lujosos concesionarios, además de la familia Hernández Fernández, están los “xanquis”. Los gitanos llaman así a las casas prefabricadas. En ellas viven cerca de un centenar de personas de raza gitana, negros, también rumanos y chinos, entre otras nacionalidades. Servicios Sociales les permite vivir allí de 6 a 12 meses; pasado este tiempo, a unos se les concede una vivienda y otros la rechazan hasta en dos ocasiones porque “les gusta vivir en la calle”, en una caravana destartalada, afirma la familia a cuv3.

Eva, que trabajó en el Ministerio de Vivienda limpiando, y Miguel, vendedor de chatarra, ambos españoles, llevan nueve años rellenando la “solicitud por necesidad” de un hogar digno donde vivir con sus hijos de 10 y 5 años y un bebé que acaba de cumplir cuatro meses. Miguel cedió la custodia de sus pequeños a su mujer para ganar puntos y conseguir una vivienda; pero asegura que el Ivima favorece antes a los gitanos extranjeros y que el Ministerio de Vivienda y el Ayuntamiento se desentienden.

Poco antes de Navidad, Aurora, madre de Miguel, hizo el gasto más rande de su vida: 200€ en billetes de lotería, “por si toca, sacar a la familia de la pobreza”, su mayor ilusión, afirma. Eva, angustiada por los enormes gastos que supone la Navidad, pregunta dónde puede conseguir comida para pasar estas fechas. Fue cuando escuchó hablar, por primera vez, de Villanueva Solidaria. Por un instante, su gesto fue de alivio.

Aunque poco duró. 300.000 euros habrían sido suficientes para salir de la miseria. Incluso  podría haber significado tener la vida resulta, por una vez, y la jubilación de Miguel de la chatarra. Con el ajustado ritmo de vida al que esta familia está acostumbrada a llevar, 50 millones de pesetas sería la mayor fortuna que sus mentes habrían imaginado jamás.

La ilusión de Aurora y la esperanza de sus jóvencísimos nietos se avivaban por momentos; todos los números coincidían con los cánticos de los niños de San Ildefonso. Todos menos uno. Aquella noche no ganaron ni el reintegro. Toda la ilusión y esperanza de vida, y nunca mejor dicho, puestas en un número: 75.916. Pero los afortunados fueron los propietarios del 75.913. Como reconoce un nostálgico Miguel, “unos nacen con estrella; otros, estrellados”.

About Isabel Olmos

Estudiante de 5º de Periodismo.

1 comments

Comments are closed.