Viaje a las entrañas de la mina

Frío, silencioso, húmedo. Como si el tiempo no hubiese hecho mella en su interior, da la sensación de que los trabajadores han hecho un alto en su labor para salir y estén prestos a volver. Las paredes, mojadas por el agua que se filtra bajo tierra, dando la sensación de chubascos, están tiznadas del color rojizo propio del mineral. En las maderas que sostienen las galerías, roídas y podridas por el azote de los elementos, yace un curioso ecosistema de pequeños hongos que aún a día de hoy permanecen vigías ante las corrientes de aire que circulan por túneles y en armonía con el microclima interior, del que dan fe las puntuales estalactitas, telarañas e incluso algún murciélago que por allí aún merodea.

Así se encuentran actualmente las minas de mercurio de Almadén, en Ciudad Real. Recorrer sus pasillos nos hace ser conscientes de lo ocurrido en Chile meses atrás. Pero aunque parezcan perennes, sus galerías empezaron a construirse 2000 años atrás, en la época de los fenicios, a quien se les otorga su descubrimiento. Posteriormente, romanos y árabes también hicieron uso de ella. Pero en la actualidad, tras finalizar su actividad en 2003, allí han quedado las maderas que apuntalan los túneles, los encofres circulares que aseguraban las paredes ante posibles derrumbamientos, como fieles testigos directos de la actividad y el devenir diario de la infinidad de trabajadores que, bajo tierra, se ganaban la vida.

Para llegar al puesto de trabajo, los mineros debían acceder al subterráneo a través de alguno de los pozos, cuatro en su totalidad, de diversa profundidad y creación. Éstos, distribuidos estratégicamente por la colina bajo la que se encuentra la mina, se comunican a través de galerías subterráneas kilométricas, oscuras y angostas, que recorren el subsuelo a razón de los filones de cinabrio, mineral del que se obtiene el mercurio. Las galerías, lugar de tránsito bajo la superficie, se reparten a lo largo y ancho de la mina, intercaladas con pozos de ventilación y de desagüe. Estos últimos con la misión de ser conductos de ventilación a través de los cuales se garantiza la calidad del aire interior, y, los otros, para que no hubiera lugar a inundaciones de las galerías y labores. Estos desagües iban a parar a las tierras cercanas a la explotación. Por lo tanto, estos residuos debían ser tratados previamente antes de su salida. Eulalio Simancas, ingeniero de minas y jefe de sección de laboratorio, era el encargado de analizar las muestras de los vertidos y emitir un resultado, que posteriormente sería valorado por la Junta de Medio Ambiente, para así garantizar que no existía daño ecológico alguno en las inmediaciones de la mina.

Y es que una mina, y más ésta por dedicar su actividad a la explotación de cinabrio, es un lugar de trabajo peculiar. Hay quien llega a la oficina y se sienta frente a un ordenador durante toda su jornada laboral. En el caso de los mineros, para acceder al interior había que meterse en una jaula. Un pequeño y rudimentario ascensor de metal en el que los trabajadores se embarcaban en su viaje de seis horas a las profundidades. Una vez abajo, el panorama cambiaba. Tocaba perforar, encofrar, apuntalar o trasladar el mineral de abajo a arriba. La actividad subterránea nunca cesaba, dividiendo las labores por turnos. Los mineros eran cadáveres en potencia, debido a los más que posibles riesgos laborales. Presenciaban en demasiadas ocasiones, cómo sus compañeros o ellos mismos se exponían de manera directa al mineral que, aunque era el pan de cada día, hacía mella en el interior de sus cuerpos de manera ruin y desproporcionada. Manolo, antiguo maestro perforador de las minas de Almadén, afirma a cuv3 que “si volviera a nacer no sería minero” debido a lo particularmente arduo de su trabajo y, sabedor de ello, argumentaba que todos sabían del peligro pero se resignaban a la evidencia.

En cualquier clase de química elemental advierten sobre la particular peligrosidad del mercurio. El antiguo Hospital de Mineros de San Rafael, construido en el siglo XVIII para las enfermedades derivadas del trabajo en la mina, ha sido testigo de las consecuencias que conlleva para los mineros el trato con este elemento. A la hora de perforar la roca, de ella emana un vapor perjudicial que al ser inhalado producía afecciones respiratorias, como silicosis o tuberculosis, y una curiosa enfermedad llamada hidrargirismo, que causaba temblores a los trabajadores, que se solventaban con una exposición continuada y severa a calor con el fin de sudar y expulsar el mercurio de su cuerpo.

Sea como fuere, la actividad de las minas de Almadén ha sido constante desde siglos atrás, y sus trabajadores, innumerables generaciones de mineros, han sufrido en sus carnes la peculiaridad de trabajar bajo tierra. Ahora, tras el paso del tiempo, allí está, bajo tierra, el cinabrio, que yace tranquilo sabedor de que ya no llegará a ver la luz del sol.