La fiebre Gaga llega a Madrid

Algunos la odian por su excentricidad. En cambio, otros muchos la adoran precisamente por ello. No lleva ni dos años en el mercado, pero ya tiene claro que ha venido para quedarse. Lady Gaga se ha convertido, por méritos propios, en la nueva diva del pop y no son pocos las artistas que se rifan una colaboración con ella.

Cuando esta americana de 24 años comenzó su andanza en el mundo música ya sabía lo que se le venía encima. La provocación es su carta de presentación  y con ella está dispuesta a comerse el mundo… y más. Sin pelos en la lengua y con frases como “la música ha caído muy bajo y yo estoy aquí para cambiarlo”, se ha ganado el cariño y el respeto de un público que, sin tapujos, se desvive por ella.

Y así lo demostraron sus fans el día en que Gaga aterrizó en Madrid por segunda vez. Las localidades de la gira “ Monster Ball Tour” se agotaron a las pocas semanas de ser puestas a la venta, siendo solo unos pocos (y rápidos) afortunados los que podrían disfrutar de su espectáculo en directo.

Los cartones sirvieron de “cama” para los que, desde el dia anterior, hacían cola en el Palacio de los Deportes de Madrid. También los más madrugadores buscaban recursos para aguantar las fatídicas horas de espera. No importaba el hambre o el frío, se combatían con bailes o canciones que animaban la fiesta no solo a los fans sino también a todo aquel que por allí pasaba. Todo un adelanto del show que esperaba dentro.

La fiebre Gaga contagia a todos. De Canarias, Galicia o incluso Alemania y Japón venían algunos de los seguidores de la cantante. Y es que tanta fidelidad tiene una gran razón de peso: pocas artistas son capaces de hacer ver que un “Bad Romance” no es tan malo, o han elevado a la categoría de famoso a todos aquellos que se llamen “Alejandro”.

“Lady Gaga no gusta, enamora”, decía uno de sus fans ataviado con una peluca blanca y una lata enroscada a modo de rulo. “Es única, jamás habrá nadie que pueda superarla”, decía otro que soportaba una gran pancarta con su nombre.

Las puertas se abrieron, por fin, a las siete de la tarde, y esa cola tan bien formada que daba la vuelta a dos manzanas de edificios se rompió.  Miles de personas, locas por ver a su diva, echaron a correr hacia el recinto, dejando atrás cartones, botellas y restos de comida. Eso sí, nadie se dejó olvidado el atuendo: pelucas, gafas y pancartas entraron con ellos. No es para menos, había que estar a la altura que la Gran Reina merece.

About Paloma Ruiz Vicos

Estudiante de 3º de Periodismo