Una mañana trasteando entre los puestos del Rastro

Si tuviéramos que escoger un lugar de Madrid que nos trasladase en el tiempo, muchos elegirían la Puerta del Sol, y tomar las doce uvas a principios del siglo XX, cuando nació esta tradición. Otros optarían por los inicios de la Plaza Mayor en el Madrid de Felipe III. O quizás otros quieran avanzar en el tiempo y elegir las cuatro torres de la Castellana, o un futuro olímpico en el estadio de la Peineta en San Blas…

Existen múltiples lugares en la capital que, al pasar por ellos, nos recuerdan a un tiempo pasado de la historia de la ciudad… o a algo que aún está por llegar. Pero sin duda alguna, uno de esos lugares que nos trasladan en el tiempo al pisar sus calles es un pequeño rincón en el corazón de la capital: El Rastro de Madrid.

Son las 9 de la mañana y el Rastro comienza como cada semana a sentir los primeros latidos de la gente que como cada domingo se acercan al barrio más castizo de Madrid.

El Rastro ha visto crecer esta ciudad desde hace más de 500 años. Los antiguamente llamados “ropavejeros” fueron los que en el siglo XIV dieron el pistoletazo de salida a la larga historia del mercadillo más conocido del país. Lo que en el 1300 comenzó siendo la calle de los mataderos, es ahora donde se sitúan los puestos que cada domingo hacen de la Ribera de Curtidores, la calle más transitada de este día.  El nombre le viene del rastro de sangre que dejaban en esta calle las reses después de ser degolladas y vendidas al por mayor en plena vía pública.

A pesar de que Isabel lleva aquí desde las 6 de la mañana, tres horas después apenas nota las primeras ventas de esta larga jornada que le espera. Y es que, según cuenta, habrá que esperar hasta las 10:30 de la mañana para que comience “el bullicio de la gente” tal y como comenta esta dueña de un puesto de la calle San Millán:Llevo aquí desde hace tres horas para montar todo el ´tinglao´” .

Avanzando damos con la Plaza de Cascorro, el pleno corazón del mercadillo, donde una estatua de Eloy Gonzalo señala al cielo de Madrid, nublado en esta mañana de noviembre, en donde todos los vendedores ambulantes miran de vez en cuando hacía arriba sin perder detalle alguno, por si cae alguna gota de agua.

Y es que como nos cuenta Fernando, “la lluvia es uno de los dos grandes obstáculos a los que nos enfrentamos los vendedores del Rastro, ya que se nota considerablemente la menor afluencia de la gente”. El otro gran obstáculo: el Ayuntamiento de Madrid. Pero esta batalla no es nueva, ya que llevan enfrentándose a los diferentes alcaldes de la capital desde hace más de 30 años. La paz parece que llegó hace 6 años, cuando el Ayuntamiento intentó llevar a cabo una reorganización y reducción de los puestos de venta, pero la movilización de los vendedores y el apoyo de los ciudadanos, impidieron que esta acción se llevara a cabo, algo que hizo apaciguar las aguas, al menos hasta el año pasado, y es que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, intentó llevar a concurso todos los puestos ambulantes de la ciudad. De nuevo, las grandes movilizaciones boicotearon el plan de la presidenta, al menos hasta el momento.

Continúa avanzando la mañana y las calles cercanas a La Latina comienzan a llenarse de viandantes de todos los tipos y colores, y es que algo que diferencia al rastro, es aquel abanico de personas que cada día lo visitan. El rastro no sabe de edades. Nos podemos encontrar a un niño cambiando un cromo de Cristiano Ronaldo, como al abuelo del niño intercambiando el cromo de Alfredo Di Stefano.

El rastro tampoco sabe de culturas, prueba de ello es la gran cantidad de extranjeros que se pueden observar en las calles aledañas a Cascorro, empapándose de la cultura española, así como las nuevas generaciones de inmigrantes llegados a la capital, que exponen los productos más típicos de sus culturas. Desde un puesto con especies turcas hasta otro de carteras de pieles marroquís.

“¡Al rico barquillo de canela para el nene y la nena!”

Esta tan conocida y popular frase instaurada en las calles de Madrid desde finales del siglo XIX, y que paulatinamente va perdiendo su presencia, también la podemos escuchar en las mañanas de domingo en el pleno corazón de Madrid. Un vendedor vestido de chulapo, como no podía ser de otra forma, nos canta “¡Al rico barquillo de canela para el nene y la nena!” o “¡Barquillos de canela y miel, que son buenos para la piel!”

Dan las 2:30 de la tarde y los visitantes comienzan a apurar sus últimas compras en una jornada dominical que acabará en media hora para los vendedores. “Ni un minuto más, ni un minuto menos” declara Inmaculada. “La policía es bastante exigente en este sentido, si te ve vender pasadas las 3, te multa”, se queja la dueña de este puesto de venta.

Las calles del Rastro madrileño comienzan a recogerse. Mientras los vendedores empiezan a desmontar sus puestos, muchos de los ciudadanos aprovechan para disfrutar de un aperitivo castizo en los bares próximos. La Cava Baja se abarrota de gente a pesar de que el tiempo no acompañe.

Aquí se pone punto y final a un largo día para comerciantes y satisfactorio para los visitantes del Rastro, que en esta mañana de domingo han decidido viajar al Madrid de ayer, en el Madrid de hoy.

About Luis Renes

Estudiante 5º de Periodismo luisrenesmoran@gmail.com @luis_renes