“Nos queríamos comer el mundo y el mundo nos comió a nosotros”

El Centro Universitario Villanueva ha recibido este lunes la visita de Ignacio, un joven que ha cumplido una pena de dos años en un Centro para la Ejecución de Medidas Judiciales o, como lo conocemos todos, un reformatorio. Actualmente, Nacho, como prefiere que le llamen, se encuentra en libertad condicional. “Seré completamente libre dentro de un año”, afirma.

Cuando se le pregunta por el centro, Nacho sonríe. “Me cambió la vida, cuando estaba en la calle tenía una visión totalmente distinta, miraba por mí. Ahora he aprendido a que hay que tener una visión de futuro”, asegura. En cuanto al inicio de su internamiento, cuenta lo que todos piensan, que al principio “todos son tus enemigos”, pero con el tiempo los jóvenes internos acaban considerándoles parte de su familia. “Te dan la ayuda que en su día no tuviste o que no quisiste coger”, dice Nacho.

Nacho nunca está solo, y tampoco esta vez. Ha venido acompañado de Carmen Balfagón, directora de la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor (ARRMI). Balfagón se ríe cuando Nacho cuenta sus primeros días en el centro. “Tuvieron que aguantar mis faltas de respeto, mis insultos…”, afirma algo avergonzado el joven. Balfagón no sólo les ha dado la posibilidad de convertirse en personas nuevas, sino que han podido sentirse libres antes de cumplir su condena. Todo esto gracias a la creación de un grupo de teatro, La Baraka, “para pequeños milagros”, como les describe Carmen. “Nos metíamos tanto en el papel que ya no veíamos barrotes, veíamos rayos de sol”, cuenta Nacho.

Estas condenas no deben verse como una falta de libertad, sino como una segunda oportunidad. Actualmente hay alrededor de 5.000 chicos en centros de internamiento, reeducándose y a la espera de poder aprovechar la nueva vida que se les brinda. La Comunidad de Madrid destaca por su alto porcentaje de jóvenes reinsertados en la sociedad.

Pero, ¿es posible la reinserción de todos los chavales? “Si un chico no quiere cambiar, no lo va a hacer”, contesta Nacho. Él es testigo de casos de compañeros que volvieron a reincidir. “Hay que poner de tu parte”, añade.

Con lágrimas en los ojos se acuerda de dos personas muy importantes: un asistente social y su madre. Las familias son una parte muy importante de la reinserción. En muchos casos no se les permite a los jóvenes volver a su casa ya que se considera que es allí donde se desarrollan los problemas.

El epicentro.

Las amistades también pueden resultar muy “peligrosas”. Hay que considerar que estos jóvenes se mueven con gente en la misma situación: han dejado los estudios y su único entretenimiento es estar en la calle. Es el exceso de tiempo libre el que provoca los problemas. “Nos queríamos comer el mundo y el mundo nos comió a nosotros”, afirma Nacho. Este es el fallo que cometen muchos chicos, pensar que son ellos los que establecen la línea que divide el bien y el mal.

Uno de estos chicos es El Rafita, conocido por el asesinato de Sandra Palo en 2003. Nacho dice que el centro ha realizado un “trabajo impresionante” con él. “Nunca he visto a nadie tan arrepentido, por las noches se le aparecía la chica y no dormía”. Pero El Rafita volvió a la calle, y este año se le ha detenido por robo de coches. Nacho responde: “Sigue robando porque va con la misma gente, pero pongo las manos en el fuego en que no volvería a matar”.

Nacho ha cambiado, y ahora mientras trabaja de panadero sueña con ser policía. “Yo les puedo enseñar lo que he aprendido, que vean que si yo he cambiado ellos también pueden”, concluye.

About Alejandra García Daniel

Alumna de 5º de Periodismo