Viajando por los sueños de Montmartre

Dos semanas llevaba ya recorriendo las salas del Prado cuando a lo lejos, al final del pasillo de bóvedas grisáceas, antes de acercarme a la Familia de Carlos IV (Goya), vislumbraba una señal a la izquierda: RENOIR.

¿Quiénes me esperan por allí?, pensé. Eran bastantes, los suficientes para sacar provecho a la gran obra del célebre pintor… tesoros que contemplar, interpretar y comprender. Pero ella seguía dormida, como siempre la habían visto todos…

La muchacha dormida, la mujer de Montmartre, no cesaba su descanso tras las noches que ocupaba con sus amantes. Era conocida por emplear un argot singular, pero su rostro dulce despertaba curiosidad en todo humano que pasaba por su lado. Sin más que un sofá rojo y su gato en el regazo, esta mujer se había quedado dormida delante de todos, ¿y ahora quién me contaría lo que sucedía en esa sala?, me pregunté confusa.

Solo había recibido la bienvenida del magnífico, del responsable de todo este jaleo. Pierre-Auguste Renoir(1841-1919), quien se mostraba en dos de sus autorretratos justo a la entrada, como buen anfitrión.

El primero, de 1875, con la expresividad de un joven enmarcado en un fondo oscuro, la rigidez de su mirada. El ímpetu que llenaba ese lienzo. Y el segundo, de 1899 con menos intensidad, dotado de la dulzura de lo que ya era, viejo como las hojas que ahora se caen de los árboles del Paseo del Prado.

Entonces avancé, y allí estaba su cara abriendo paso a las puertas de “La pasión de Renoir. La joven, L’Ingénue, ella sabía más. Era uno de los rostros femeninos que se situaban frente a todos los expectantes, dando por sentado que había que continuar. Que no se acabaría la historia. Su cara cándida, de una chica en plena adolescencia me llevaría por una fila de rostros femeninos desde el teatro o con la costura como la de Thérèse Berad, “uno de los mejores retratos del pintor”, según  Sterling Clark. También niñas que posan con pájaros, otras con abanicos, colores vivos y vestuarios de ensueño.

Ambientémonos. Paisajes de Francia e Italia, manantiales, una puesta de sol, barcas, palacios e iglesias. Sí, una Vista de Guernsey, por ejemplo. Situemos ahora escenas en las que una caudalosa línea divisoria separa la ciudad en dos orillas, las fábricas por un lado, y por otro,  las villas. O quizás un lugar donde lavar la ropa, el Sena (La barca- lavadero de Bas-Meudon). Estábamos allí, todos y cada uno de nosotros. “Impresionante”, susurraban muchos asistentes al espectáculo impresionista.

Ya sabía algo más. Fue entonces cuando encontré lo que para Renoir sería el aliento. Una bocanada de aire cuando los desnudos, tan singulares y significativos por la pureza y el contacto en plena naturaleza de las mujeres al destape, llenasen su mente. Eran ellas, las flores. Las Peonías. Espacio rebosante del color de las flores que al pintor relajaba trabajar, dar forma, y sobre todo, vida.

Y cuando terminé mi andadura por la sala, la volví a recorrer, cuadro por cuadro, me introduje en cada historia. Intentando despertar el sueño de la muchacha de Montmartre que, sin quererlo, me había introducido en todo el mundo onírico que existió en su ser mientras un genio, Renoir, la inmortalizó espontáneamente en su sofá.

Como conclusión me quedo con las palabras del autor, “La obra de arte debe cautivar al observador, envolverle, arrastrarle”. Y así lo hizo conmigo.

About María Gómez

Alumna 5º de Periodismo @MariquiGomez