Mimos: los artistas que cantan con las manos

Camarero resbalándose

Tuga, el hombre invisible, el camarero o el señor Plop son algunas de las figuras humanas que decoran las calles y lugares más céntricos de las dos grandes ciudades, Madrid y Barcelona.  Son personajes que hablan mucho; pero sin palabras.

El mimo, una de las lenguas más universales, es el lenguaje entendido por cualquier idioma y que no discrimina a nadie.  A diario son miles los turistas y madrileños los que pasean por la Puerta del Sol, por la Gran Vía y no quedan indiferentes a estos hombres que cantan con las manos.

“El silencio tiene que ser escuchado y para ello tiene que ser limpio, fino, pulcro y respetuoso porque está suplantando lo que tiene que decir la palabra”. Es así como Joaquín Baldín (Sr Plop) define el poder de comunicar en silencio.

Atuendos teñidos de color, túnicas bañadas en barro o simpáticas gabardinas con efecto viento son algunas de las sutiles formas para captar nuestra atención pero también la atención de otros espectadores cuya misión no  es quedar atrapados ante estos personajes mágicos.

Estos dominadores del arte del silencio han recibido ya varias denuncias impuestas por la Policía Municipal que han borrado a muchos la sonrisa pintada en su cara ya que su actividad inofensiva es fruto de hurtos al descuido. También mimos echan lágrimas al despido de las Ramblas, ya que el Ayuntamiento de Barcelona quiere poner orden regulando este arte sólo a 15 estatuas.

Sus vidas que apenas duran unos segundos al cambio de una moneda,  representan los estados de ánimo, las pasiones, las tragedias, incluso su propia tragedia cuando su vida se detiene después de unos movimientos mecánicos y vuelven a quedarse estáticos. Sin embargo estos ojos que no pestañean pero que perciben la realidad de cada minuto son ajenos a la otra que se esconde detrás de su espectáculo, una acción malévola de quienes quieren robar la sonrisa ofrecida por el mimo al darse cuenta de que en su bolsillo ya no se encuentra la cartera con la que iban propinar al encantador.

Son pupilas que se alimentan de algo tan volátil como la compasión, el asombro y las emociones. El mimo y el hurto se han convertido en dos de los oficios callejeros que enseñan al pueblo madrileño  a diferencia entre lo santo y lo profano, y a discernir entre lo limpio y lo no limpio ya que las concentraciones alrededor de los mimos y estatuas callejeras han sido siempre el paseo de nuestra indiferencia.

 

About Laura Jiménez

Licenciada en Periodismo y Comunicación y Gestión de Moda en el Centro Universitario Villanueva @Laurissima_JR