“¿Cómo esa gorda baila y yo no?”

Son las nueve de la mañana en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Los alumnos del Instituto Superior de Danza corren por los pasillos para llegar a sus clases teóricas donde estudian desde historia hasta anatomía. Todos coinciden en que para ser un bailarín completo debes tener tanto la base práctica como la teórica.

Ana Gilabert, estudiante de tercer año, abre su tupper que contiene una ensalada de atún sin apenas sal. Tienen una hora para comer, peinarse y vestirse. Mira a ambos lados y confiesa que hay mucha competitividad, aunque hay personas increíbles que realmente valen la pena. “Yo siempre digo que no nos pagan, que no hay que pelearse por bailar, pero al final todos entramos al juego”, dice. Aunque, como en todo, hay formas de ser un buen jugador o hacer trampas.

“Lo peor que me han hecho mis compañeros es decir que cómo esa gorda hace funciones mientras ellos no”, cuenta con tono firme, ya que asegura que a pesar de que al principio duele, luego deja de afectarte porque tú eres conocedor de tu talento.

Habla de cómo el ballet te ayuda a conocer tus limitaciones y a ser disciplinado. Ana comenzó la carrera deseando hacerse maestra para formar a nuevos bailarines pero, a día de hoy, ha cambiado el rumbo. Se ha dado cuenta de que no comparte los valores que la danza promueve actualmente.

“El ballet se pierde a grandes estrellas, personas que brillan, por no ser tan altos o tan delgados o incluso por ser de color”, asegura triste, “yo quiero cambiar eso, quiero hacerlo desde dentro, quiero que la gente cumpla su sueño por ser buena y no por su físico, por eso me he decidido por la gestión cultural”.

“El ballet pierde a estrellas, por no ser tan altos o delgados o por ser de color”, asegura Ana Gilabert

Ana Gilabert, estudiante de tercer año en el Instituto Superior de Danza, preparándose la comida

Comienza la clase

Cientos de chicas y chicos corren en maillot y medias. Estiran levantando las piernas de formas imposibles mientras ríen, se colocan plastilina alrededor de los dedos para sobrellevar el dolor de las puntas y se forran los pies con esparadrapo.

Marina García, estudiante de cuarto, entra en la sala llena de espejos. Lleva un mono granate para entrar en calor antes de comenzar la clase de ballet y el pelo recogido en un moño.

Mientras calienta, explica como el ballet es algo más que un sueño; a pesar de la falta de apoyo por parte del gobierno, más de 150 personas de todas partes de Madrid están luchando por bailar.

“El ballet es muy duro, es sacrificado y duele, pero me dedico a esto porque es mi vida, no podría hacer otra cosa”, asegura. Aunque es cierto que es un poco tóxico debido a tantos cánones, “he visto a mucha gente pasarlo realmente mal y hacer tonterías”, cuenta.

A pesar de los sacrificios dice que todo termina valiendo la pena. “Perderte cumpleaños, fiestas o vacaciones se compensa por esos diez minutos en el escenario”, dice, “te das cuenta de que ese es tu sitio y de que eres feliz a pesar de todo”.  “Lo que se ve es un arte, pero lo que hay detrás es un deporte”, asegura. Le gustaría dedicarse a la pedagogía, porque “se necesitan maestros para continuar con el mundo del arte”.

“He visto a mucha gente pasarlo realmente mal y hacer tonterías”, confiesa Marina García

Marina García, estudiante de cuarto del Instituto Superior de Danza, calentando para su clase

Últimos ensayos

En el teatro junto a la universidad está Claudia López, estudiante de tercero, ensayando con vestuario la función del Cascanueces. Su papel es Clara, la niña de nueve años protagonista de la historia. La música suena a todo volumen y el escenario se apaga y enciende mientras los técnicos prueban las luces y el maestro grita dando correcciones.

Esta alumna viajó a La Habana gracias a una beca obtenida en un concurso. Estuvo tres años en la Escuela Nacional de Cuba. Allí se enamoró de la danza y se dio cuenta de que era mucho más que un hobby. “Fue muy duro para mis padres, tenían que estar separados para que uno cuidara a mis hermanos en España y el otro estuvira conmigo”,cuenta.

Al volver asegura que “estaba saturada y necesitaba hacer un descanso en mi vida, el ballet es una relación de amor-odio difícil de mantener”. Por eso realizó INEF. “Fue un palo para mis padres, pero les prometí que volvería a la danza y les rogué que no se arrepientieran porque fue la mejor experiencia de mi vida”, confiesa.

“El ballet puede ser tóxico”, dice Claudia López

Mientras se seca el sudor tras el ensayo y libera los pies -llenos de ampollas- de las puntas, habla sobre los clichés que rodean al ballet, sobre lo que realmente se siente cuando estás ahí, bajo los focos, y sobre los sueños.

“Lo peor son las exigencias físicas, a mí no me han dejado bailar con tutú de plato, porque se me veían las piernas y son demasiado musculosas”, confiesa bastante dolida. Tras este incidente habló con los profesores porque colocaban a gente que aunque cumplieran con el cánon no lograrían sacar la variación y la única respuesta que recibió fue que no podían dejar a la Cátedra en mal lugar.

Aunque asegura que lo peor son los prejuicios sobre los chicos. “Casi todos mis compañeros son heterosexuales, pero el ballet es para niñas y el fútbol para niños”, dice, “esto solo pasa en España, en otros países los chicos hacen cola para bailar”.

Cuenta con los ojos brillantes cómo la mejor sensación es conseguir emocionar al público, conectar con él y hacerle sentir lo que ella siente. “Mi sueño es combinar ambas carreras, trabajando en un gimnasio para realizar ejercicios destinados a la mejora de las aptitudes necesarias para la danza”, confiesa.

Estas alumnas demuestran que nada es imposible y todas coinciden en que, aunque te lo pongan difícil e intenten hundirte; termina valiendo la pena.

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