Aprender a contar cuentos con Domingo Villar

Domingo Villar entra en la sala con sus gafas de pasta y escucha cómo la profesora Mónica Carbajosa le presenta. “Es un honor tener aquí a uno de los mejores escritores españoles de novela negra”, dice, “es el creador de Leo Caldas, personaje que trasciende y te va a sobrevivir”. Domingo Villar ríe algo incómodo por los elogios. “Dentro de poco se dirá: ‘eres más gallego que Leo Caldas’”, continúa la profesora Carbajosa.

Sus libros han sido traducidos a más de nueve idiomas y su obra La palaya de los ahogados fue llevada a la gran pantalla en 2015. Aun así, él sigue diciendo con modestia que son cuentos de amor a una tierra, porque “aunque no me leyeran escribiría simplemente porque necesito hacerlo”, dice.

[Vea la entrevista con Domingo Villar]

“Escribir es estar atento a los pensamientos, pero también ordenarlos y corregir -comienza a decir- el oficio más contrario al de escritor que se me ocurre es el de orador”.

“No se me ocurre oficio más contrario al mío que el de orador”

Dos tipos de cuentos

Con él comienza el XIII Certamen de las Letras que organiza el CU Villanueva. “Habéis invitado a un escritor a un certamen de cuentos, así que me he traído algunos”, dice el ponente. Antes de comenzar la lectura de sus relatos breves, asegura que no pretende hablar del oficio porque “escribir depende de la práctica, es algo que se tiene o no se tiene”.

Para ilustrar esto, cuenta cómo, mientras hacía criticas gastronómicas en la cadena Ser, conoció a Juan Mari Arzak. El chef decía que sabía si una persona llegaría lejos solo con escucharle hablar. “Aseguraba que hay dos tipos de cocineros -cuenta Villar- los que te hablan preguntando y los que no”. Arzak le decía que él no puede explicar cuando está listo el pescado, es una intuición, una sensación que se tiene o no se tiene.

“Esto sucede también con la escritura, uno escribe un texto y hay quien tiene la sensibilidad de saber que funciona”, dice.

“No se puede enseñar a escribir, es algo que se tiene o no se tiene”

Por otro lado, asegura que un escritor se tiene que ocupar de contar una historia no de posicionarse en un lugar o dar un discurso. “El arte funciona de otra manera”, dice.

“El arte funciona de otra manera”

Lectura de cuentos

“Son cuentos de añoranza, cada vez que escribo vuelvo allí”, dice, “a oír las gaviotas y a tomarme un vino con mis amigos”. Todos sus relatos hablan sobre su tierra, pueden ser gallegos que han tenido que inmigrar o personas que por casualidades de la vida terminan allí.

“Son cuentos de añoranza a una tierra”

El primer relato se llama Don Andrés el guapo, en el que el cura de un pequeño pueblo gallego tiene a todas las feligresas completamente enamoradas. El texto posee el característico humor del autor entrelazado con unos ambientes y personajes muy bien dibujados a pesar de su brevedad. Durante la lectura se escapan varias risas. Al finalizar, la sala aplaude mientras el escritor se ruboriza. “No hace falta que aplaudáis”, dice.

“Hay una cosa importante en la escritura, la voz literaria, la originalidad”, dice, “no importa lo que vemos sino cómo lo vemos y cómo lo contamos”. Asegura que esto es lo más difícil, “encontrar esa voz para contar la historia que tienes dentro y se te escapa por los dedos”. Confiesa que lo mejor para ello es seguir la intuición.

“Pegué ciertos traspiés por permitir que mi entorno alterara mi vocación”

Admite que en la infancia se trata de no destacar, “porque los niños son crueles”, confiesa, pero con el tiempo dice que nos damos cuenta de que no hay nada menos gratificante que ser uno más. “Hay que luchar por abrirse camino y seguir la estrella en la que uno cree, yo pegue ciertos traspiés por permitir que mi entrono alterara mi vocación”, cuenta, “si se tiene la fortuna de tener un sueño, no se debe dejar de soñar, merece la pena volar”.

“No hay nada menos gratificante que ser uno más”

Continúa con la conferencia diciendo que hay dos grandes armas para ser escritor: la ambición literaria y la inseguridad y “no hay que perder ninguna”, admite.

El segundo cuento se titula Miguel chico cruz. “También empieza en un bar, se ve que mis historias empiezan en los bares”, bromea. El personaje es un artista que solo desea tocar. Es un relato melancólico y sensible. Al finalizar da otro consejo, “hay que respetar la capacidad creativa del lector”, dice, “un libro es como un ágora done se encuentran escritor y lector y es necesario que esos espacios puedan ser cubiertos”. Asegura que eso marca la diferencia. “Dejad espacio para que pueda soñar el que lee”, pide.

“Dejad espacio para que pueda soñar el que lee”

El tercer relato se llama la Marshaina y el señor Gillet. Se basa en una leyenda gallega sobre una sirena. Tras la lectura añade una nueva lección: “El mejor autor es el que no se nota, el que no saca la mano para decir aquí estoy yo y esta es mi lección”.

Antes de leer el último cuento y mientras juguetea con las gafas habla sobre el fracaso. “Todos, hasta el mejor hemos sido rechazados”, asegura. Según él, este oficio es de humildes, además de ser duro y solitario, pero te permite pararte y pensar porque “a veces nos perdemos las cosas importantes”, dice. Aun así, asegura que hay que levantarse una y otra vez porque no se le ocurre un trabajo mejor que el de escritor.

“Todos, hasta los mejores, hemos sido rechazados”

El cuarto y último cuento titulado El Santo de Bella Unión, consigue arrancar las carcajadas de los asistentes. Los vecinos del pueblo del protagonista, creen que esta bendecido y que sus bofetadas lograrán curarles todos los males.

Para finalizar da un último consejo, “este no es literario, es para la vida”, dice. “Sed inteligentes, enérgicos e íntegros”, pide, “porque, aunque la bondad está infravalorada es la mejor virtud”.

Tras la ponencia se realiza la entrega de premios del III Certamen de Relato Breve que realiza el CU. Villanueva. Domingo Villar leyó el cuento ganador, Bendito maldito escalón, de Pilar Aviñó de Pablo, alumna del grado de psicología.

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