María de Villota, un parche y una sonrisa

Entró en el aula con una sonrisa. Sonrisa que mantuvo durante la hora que estuvo hablando con los alumnos. Contó su historia. Ya era un ejemplo de superación antes de su accidente. Mientras que las demás niñas querían ser princesas, ella quería ser piloto. Pasó de ser una niña graciosa a una joven “loca” con un sueño imposible. Pero de imposible nada. María de Villota decidió que quería ser piloto. Y así fue.

Era una mujer en un deporte de hombres. Rompió los esquemas y cuando se propuso conducir esa “máquina impresionante”, un Fórmula 1, también lo consiguió. Todos los oyentes sabían cómo terminó su historia y con los pelos de punta y las lágrimas a flor de piel, escuchaban atentos. Sin perder su sonrisa, De Villota no titubeó al contar su historia. Pero eso no es lo más importante. Su superación, sus ganas de vivir y el apoyo de los suyos la devolvieron a la vida. Hoy es un ejemplo para todos.

Un sueño por cumplir

Su casa olía a gasolina y a tinta de revistas. Una mezcla explosiva que fue fomentando el deseo de este ángel de tocar el cielo con las ruedas de su coche. El camino no sería fácil. Ni rápido. Cuando oía ruido en su casa, allí se plantaba la primera. Su padre, Emilio, estaba pilotando. Fue entonces cuando María de Villota empezó a amar ese mundo. Un mundo rodeado de hombres, donde las mujeres pintaban poco: “Cuando eres diferente, hay muchas barreras que romper”.

Ella, cabezota, insistente y constante, se adentró en la carrera más importante de su vida. El 3 de agosto de 2011 vio cumplido su gran sueño. De Villota estaba metida en un Fórmula 1. Lo había tenido difícil, y es que hasta ese momento había conducido con los pies en alto. Da igual. También pudo con eso: “Cuando sigues una pasión y lo unes a un compromiso, a una determinación, al final todo se cumple”.

La vida le fue dando oportunidades que ni ella misma hubiera imaginado. Aquella chica rubia, coqueta y sonriente empezaba a flirtear con el mundo del motor. Andado el tiempo, un acontecimiento cambiaría su vida para siempre. Un golpe duro. Una injusticia. De esas que la vida te regala cuando menos te lo esperas. Un frenazo que dio un vuelco al coche de sus esperanzas. Una pequeña pesadilla que dio a luz a un ser ejemplar. ¿Cómo es posible que se convirtiera en ese ángel? ¿Cómo es posible que nunca dejara de sonreír a partir de aquella mañana de julio? En parte “por la genética” y, en parte, porque se lo había “currado”. De Villota se convirtió en una persona “bendecida por un especial ángel”.

Acompañada por su hermana Isabel, periodista, la piloto de Fórmula 1 hizo un hueco en su interminable agenda y acudió al Centro Universitario Villanueva para compartir su experiencia personal con un modesto grupo de alumnos anonadados con su presencia. Irónica. Dulce. Elegante. Glamourosa. Fina. Perfeccionista. Fuerte. Increíblemente fuerte. Una mujer capaz de sentarse en la mesa de un aula universitaria con la mayor elegancia del mundo. El look elegido a la perfección. Todo a juego: el color de uñas con el de los labios, el tono de su blazer con el de los botines, el color del parche con los cuadros de la camisa. Las ganas de vivir de una manera divertida, dulce, original, positiva.

Sacrificio, pasión y determinación

Pero lo que de verdad se ha “currado” María de Villota ha sido el convertir una desgracia en una gracia. Se ha “currado” el llegar a ser una deportista de élite en lo que a lecciones de vida se refiere. Su buenísima relación con su hermana Isabel es una gran obviedad. Un ángel así no podría despertar rechazo en nadie. Se nota que se quieren. Ella, su hermana, su amiga, su apoyo, la mira muy atenta cuando María de Villota se dispone a contar el momento que cambió su vida. Nadie sabía de su fortaleza y cabezonería. Nadie sabía que ganaría la batalla: “Con este melón que tengo”. Viva la ironía. Viva la gente con estrella. Viva María de Villota.

¿Y si el día de mañana el sueño de ser piloto fuera el de un hijo de María?: “En un principio intentaría impedírselo, a no ser que ponga tanta pasión, tanto trabajo, tanta determinación, que entonces es su vida y tú no puedes hacer nada”. A pesar de lo “glamouroso” -dice María- que pueda parecer el mundo del motor, el sacrificio, el trabajo y la pasión son requisitos indispensables para llegar a la meta.

Ella misma se define como una payasa. Una “payasa” que no ha perdido ni la memoria, ni la dulzura, ni la sonrisa, ni la amabilidad. Un día se dio cuenta de algo: “Mi vida no era mía”. Pero sí lo era. Convirtió esa vida en el mayor ejemplo de superación de una persona: “María de Villota es una luchadura”. Su novio, Rodrigo, pasó a ser un punto clave en su carrera: “Debe estar muy enamorado de mí para que le guste todo esto”. Y cómo no le iba a gustar. En cuanto terminó su intervención, los alumnos, con los ojos como platos, rompieron en aplausos para agradecer una visita tan gratificante. Una lección inmejorable.

Con información de Alejandra García Daniel.

About Marta Candela

Estudiante de 5º de Periodismo en el Centro Universitario Villanueva (Complutense). Twitter: @MCandela_ / E-mail: mcandelam@gmail.com

5 comments

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.