Hasta mañana, Sudáfrica

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“After climbing a great hill, one only finds that there are many more hills to climb” (“Despúes de escalar una gran colina, uno se da cuenta de que hay muchas más colinas que alcanzar”). Estaba de visita en el museo del Apartheid cuando encontré esta cita escrita en una pared; Madiba (Nelson Mandela) sabía, al pronunciar esta frase que a sus queridos hermanos los sudafricanos aún les quedaban muchas colinas que superar.

Fue antes de los exámenes cuando Begoña Fornés e Irene Donate, coordinadoras de Villanueva Solidaria, nos presentaron el proyecto para el verano 2011: campo de trabajo en Pretoria (Sudáfrica), en la escuela pública St Annes, de enseñanza primaria.

No sé si fue la  “llamada de África”, pero ese mismo día decidí cancelar mi viaje a Boston por una experiencia distinta y desconocida… y no tuve dudas, quería probarlo. Cuando llegamos hacía frío, mucho frío, era invierno, y en el patio daba la sombra. Sonó la campana y llegaron montones de niños corriendo descontrolados. Lo teníamos todo preparado, pero la realidad era muy distinta.

Nuestra misión era impartir clases de matemáticas, informática (nada de Photoshop y programas de maquetación que nos enseñan en Villanueva,  debían aprender lo que era un ratón, un monitor etc.), clases de lectura, deportes, huerto, cocina y manualidades.

Éramos 18 voluntarias, más de 400 alumnos, unos 10 profesores y Melanie, la directora del colegio, una amiga, un ejemplo y una de las personas más implicadas en el progreso de Sudáfrica y de sus niños que conocí.

Un huerto, deportes e informática

No queríamos que pensaran que 20 “blanquitas”  habían llegado para jugar con  los niños y volverse a su país después de unas vacaciones “diferentes”. El colegio no necesitaba eso; necesitaba que les ayudásemos a iniciar un cambio, que demostrara que esa escuela era capaz de adaptarse a las reformas educativas impuestas por el Gobierno sudafricano.

Por ello construimos un huerto (una de las tareas más duras, debido a la cantidad de basura con la que nos encontramos), preparamos un dossier de manualidades, un programa para poder introducir como asignaturas deportes e informática, que hasta entonces no impartían, reforzamos el plan de matemáticas, introdujimos técnicas de lectura para que los niños no aprendiesen tan tarde (8 años) y pudiesen comenzar desde los 6 un aprendizaje más eficaz y, por supuesto, dimos clase.

Podría contar miles de anécdotas, pero me quedo con la cara de los niños colaborando con nosotras en mejorar SU escuela.

Fue un voluntariado completo, porque además visitamos Soweto (área urbana de Johannesburgo en la cual viven cuatro millones de sudafricanos, la abrumadora mayoría de raza negra, en absoluta pobreza).  Entregamos a unas cuantas familias comida y ropa; fue algo que nunca olvidaré.

También acudimos a una residencia de ancianos para ayudar a dar de comer a los que tienen dificultades. Por último,  y en una de las experiencias más impactantes, visitamos un colegio muy pobre de Johannesburgo, Ekinoff, donde nos recibieron con danzas y canciones africanas que nos hicieron llorar a todas.

Ahora que he vuelto les echo de menos. Me explicaron que cuando te llaman sister o brother es que te consideran uno de ellos, un sudafricano. El día que les oí decir sister Belén supe que habíamos logrado nuestro objetivo. Espero que las sisters españolas les ayudáramos a superar  esa colina en la que estaban “atascados”, porque ellos nos ayudaron a ver la realidad desde otro punto de vista.

Como dijo Mandela, hay muchas más colinas que superar, y estoy dispuesta a volver y escalarlas. Finalmente, sólo me queda decir, aquello que nos repetían los niños cada día: Ke bla go bonna ta busio – Hasta mañana, Sudáfrica.

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