Vargas Llosa, “El Nobel en la otra esquina”
Tengo que reconocer que la concesión de este premio Nobel me ha emocionado, me he sentido identificada y hasta en cierto modo, protagonista.
Aunque no tengo ninguna vinculación con la Academia sueca ni con el galardonado autor, al enterarme del veredicto no he podido resistir un sentimiento de satisfacción egoísta al pensar “eso ya lo sabía yo”.
Algunas teorías sostienen que existen prejuicios y sesgos de nuestro intelecto que nos hacen pensar que somos más importantes de lo que en realidad somos, lo que se denomina el “punto ciego”, por el cual nos vemos a nosotros mismos mejor que el promedio, modificando el recuerdo de lo que opinábamos para pensar que eso “ya lo sabía yo” o creemos que nuestras creencias y valores están mucho más extendidas de lo que realmente están.
Eso explicaría que aunque yo sólo haya leído dos novelas del insigne autor, me sintiera totalmente identificada con toda su obra. Obra que después de la concesión del Nobel (“por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”, según la Academia Sueca) y gracias a la cantidad de reportajes y artículos que se han publicado en los últimos días, he visto que es de una profundidad y extensión grandísima. Y eso que yo le hubiera dado el premio sólo por las dos novelas que había leído, pero es que las dos obras son extraordinarias, por lo menos para mí.
La primera, El paraíso en la otra esquina (a la que hago referencia en el titulo del artículo, porque el Nobel debe ser algo parecido a un paraíso para un escritor) me pareció una historia bellísima, bueno más que una historia, dos, la de Flora Tristán y la de su nieto Paul Gaugin.
Hablar de la excelencia de la narrativa o de la calidad del estilo me parece pretencioso, a pesar del prejuicio antes mencionado, después de habérsele concedido el Nobel, yo sólo quiero destacar que este libro me enganchó desde el primer momento y que el saltar de una historia a otra lo que me produjo fue una sensación de hambre de espíritu por seguir con la historia que estaba viviendo en ese momento.
Todo en él me impresionó, aunque quizás destacar que lo relativo a la experiencia de Gaugin en la Polinesia, sus excesos y sus frustraciones, ha hecho que posteriormente al poder contemplar la obra de este pintor haya sentido una sensación de complicidad distinta.
Y en cuanto a la historia de Flora Tristán, lo que me viene a la cabeza es un profundo agradecimiento como mujer, por ser una de las primeras luchadores por la igualdad en este mundo tan machista y todavía más meritorio en la época en que le tocó luchar.
El unir estas dos historias, sin saber su vinculación familiar, aunque suene a raro a lo largo del relato, creo que es una muestra más si cabe del talento de Vargas Llosa.
El segundo libro, Travesuras de la niña mala, me resultó embriagante. Desde su etapa de Lima, pasando por Madrid, París, Tokio… Un recorrido por distintas edades del protagonista en las cuales he querido ver experiencias vividas, acaso por el autor, todo mezclado en un ambiente de cargado erotismo, hizo que cuando terminé de leer el libro le comentara a mi padre, gran lector también, ¡qué libro Papá, Gracias por recomendármelo!
Deseo de corazón que encontrar el paraíso, con el disfrute de este premio, sea un acicate para este insigne autor para que continúe regalándonos con obras de esta categoría. No obstante me he dado cuenta, con satisfacción, que me queda por conocer mucha de su bibliografía para mi disfrute.
Sección: Artículos, Ocio & Cultura






